Tony Blair, la mejor apuesta para el dinero árabe y el poder occidental

Pablo Medina MADRID / LA VOZ

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El ex primer ministro británico Tony Blair.
El ex primer ministro británico Tony Blair. JESSICA LEE | EFE

El ex primer ministro británico liderará la transición política de Gaza si Hamás acepta la paz de Trump

01 oct 2025 . Actualizado a las 10:40 h.

«Es como si nunca se hubiera marchado». El ex primer ministro israelí Ehud Barak recuerda muy bien a Tony Blair de los tiempos en los que este trataba de levantar a la Autoridad Nacional Palestina tras su descalabro en las elecciones del 2005 y la posterior hegemonía de Hamás en la Franja de Gaza tras expulsar a Al Fatah. El premier británico siempre quiso involucrarse en el proceso de paz entre Israel y Palestina, pero acabó siendo una decepción. Ahora, con Donald Trump en la Casa Blanca, prevé ser la figura que traiga la prosperidad a la Franja.

Blair ganó sus primeras elecciones del Reino Unido en 1997 con un eslogan mesiánico: «La mía es la primera generación capaz de contemplar la posibilidad de que podamos vivir toda nuestra vida sin ir a la guerra ni enviar a nuestros hijos a la guerra». La promesa no duró mucho, y acabó siendo el primer ministro británico involucrado en más conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial. En la década de los 90 Blair participó en bombardeos en Irak (en la guerra del Golfo) y la Yugoslavia de Slobodan Milosevic. Envió tropas a Sierra Leona en el 2000 y en el 2001 se unió a EE.UU. en la invasión de Afganistán. Dos años más tarde invadiría Irak de la mano de George W. Bush y con el apoyo de José María Aznar, protagonistas de la foto de las Azores. Pero concluida la invasión, las armas de destrucción masiva de Sadam Huseín no aparecieron y la invasión desembocó en una guerra civil entre chiíes y suníes, la consolidación del Estado Islámico y la muerte de un millón de iraquíes. La reputación de Blair empezó a diluirse.

El golpe duro se lo llevó durante la guerra entre Israel y el Líbano del 2006. Su negativa a condenar los ataques de Tel Aviv aceleraron su caída como primer ministro, ya muy lastrado por la guerra de Irak. Pero su liderazgo político no pasó desapercibido tras diez años de gobierno. Se le designó como mediador del Cuarteto de Oriente Medio (EE.UU., la UE, Rusia y la ONU) en el 2007. Yaser Arafat había muerto e Isaac Rabin había sido asesinado por un ultraortodoxo. Los Acuerdos de Oslo eran papel mojado. Su misión era para promover la solución de los dos Estados. Sin embargo, Blair se centró en acometer reformas internas con la Autoridad Palestina e incentivar proyectos de desarrollo en Cisjordania, y se le achacó falta de iniciativas políticas para lograr distender el pulso entre Ramala y Tel Aviv. Además, ignoró a las autoridades de Hamás en Gaza, que acabó bloqueada por tierra, mar y aire, y sus habitantes condenados a la miseria.

En esa misma época, fundó la asesora política Tony Blair Associated junto a otras fundaciones y llegó a ser consejero de JP Morgan y Zurich Insurance Group. Sus cargos le valieron contratos millonarios para asesorías y mentorías gubernamentales y financieras con Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos. La modernización y la atracción de inversiones de estos países se debieron en gran medida a la red de contactos y los favores del mandatario británico, que procuró acercar a las petromonarquías del golfo pérsico al dinero occidental, y viceversa. Acabó perdiendo la confianza del Cuarteto en el 2015. Para ese año, había cosechado más éxitos para sus bolsillos que para la paz entre israelíes y palestinos.

Su cercanía a Trump, Netanyahu y los reinos árabes le han dado la oportunidad de llevar a cabo una transición política en Gaza si Hamás acepta la propuesta de Washington. Trump, inmerso en una guerra comercial contra el mundo, quiere beneficios de las tierras raras saudíes, y Netanyahu y los países del golfo sacar tajada. A Tony Blair le suena a viejos tiempos.