Navidad en guerra: Palestina, Ucrania y Nigeria celebran las fiestas bajo peligro de muerte

Z. Aldama, A. Blanco, M. Ayestaran MADRID, ESTAMBUL / COLPISA

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Militares en un desfile navideño en la ciudad ucraniana de Leópolis.
Militares en un desfile navideño en la ciudad ucraniana de Leópolis. MYKOLA TYS | EFE

No para todos los 2.500 millones de cristianos, estas fechas son sinónimo de reuniones familiares, paz y armonía

24 dic 2025 . Actualizado a las 17:48 h.

No importa cómo de fuerte sea la fe: los cristianos y la mayoría de quienes hunden sus raíces culturales en esa religión consideran estas fechas como algo especial. Es un momento para disfrutar de la familia y celebrar la paz. Desafortunadamente, en multitud de lugares no es posible hacerlo. Lo impiden conflictos bélicos de diferente índole: desde la invasión rusa de Ucrania, hasta los ataques sectarios contra cristianos en varios países africanos, pasando por la violencia que desangra lentamente diferentes países de Latinoamérica.

La tensión geopolítica marca la vida de decenas de millones de personas. En el Dombás, por ejemplo, la mayoría de quienes habitan la región ucraniana que quiere anexionarse Vladimir Putin están obligados a compaginar las celebraciones con el estruendo de las bombas y el zumbido de los drones. En la zona controlada por Ucrania, gran parte de los residentes son ya uniformados; en la zona ocupada por Rusia, la normalidad trata de abrirse paso en una nueva coyuntura sin libertad.

En Belén, lugar de nacimiento de Jesucristo, la luz ha regresado para iluminar la Navidad, pero los controles de los militares israelíes y la cercana guerra en Gaza han espantado a los turistas, principal fuente de ingresos. Por su parte, en África, enfrentamientos tribales, étnicos y religiosos están convirtiendo el cinturón del Sahel en un auténtico infierno. El auge del integrismo islámico se ceba con la población en general, pero también con quienes profesan otra fe en particular. Así que muchos conmemorarán el nacimiento de Jesús de la forma más discreta para intentar mantenerse con vida.

Ucrania

Un rayo de esperanza se cuela entre el frío y la lluvia diaria de misiles. Las conversaciones de paz copan las noticias en Ucrania, donde la población se resigna a la cuarta Navidad con bombas La cuarta Navidad que Ucrania va a pasar en guerra puede que sea también la más oscura. No tanto por las dificultades que está pasando para defender el Dombás como por los continuos ataques que está sufriendo su infraestructura energética. En pleno invierno, las centrales térmicas son el blanco de drones y misiles, y los apagones, hasta ahora programados para que todos los barrios puedan contar con algunas horas de electricidad, se han convertido en una constante imprevisible. «Podemos suplir la falta de electricidad con baterías externas, y algunos tienen generadores, pero la calefacción no funciona. Estamos pasando frío», relata Bogdan desde Járkov. Cuando la luz se va, lo único que ilumina la estancia son las luces de colores de su árbol de Navidad, que se alimentan con una pila.

No obstante, parece que los ucranianos han adoptado en su refranero lo de 'al mal tiempo, buena cara', y, cuando la infraestructura lo permite, las calles adquieren destellos festivos. Son las luces de los abetos, los gnomos de colores chillones, y los mercados de artesanía. No obstante, la invasión está presente en cada rincón, con campañas para recaudar dinero para los soldados amputados, dibujos de niños que retratan la muerte que llega del cielo cada noche y despedidas entre hombres uniformados y mujeres llorosas en las estaciones de tren: ellos van al frente, ellas rezan para que regresen con vida.

En el campo de batalla, sin embargo, como mucho se ve algún soldado que sustituye el casco por un gorro de Papá Noel para recordar que son fechas señaladas. Y de nostalgia. «Echo de menos a mis hijos y a mis padres», lamenta Oleg desde Sloviansk, en Donetsk. «Aquí la situación es difícil, pero creo que, sobre todo con los drones, podemos quedarnos dando pequeños pasos adelante y atrás durante años», señala por Telegram, donde abundan los emoticonos navideños a falta de algo mejor.

Celebración infantil de la Navidad en Leópolis, el oasis de paz en Ucrania.
Celebración infantil de la Navidad en Leópolis, el oasis de paz en Ucrania. Roman Baluk | REUTERS

Casi 200 kilómetros al norte, en el frente de Járkov está el colombiano Juan Diego Bonilla, alias Barak. Combate desde hace diez meses con la brigada Jartia, a la que se destinan los voluntarios internacionales, muchos compatriotas suyos. Reconoce que pasar estas fechas con la amenaza siempre latente de morir a miles de kilómetros de la familia y con un frío que le congela los pies, «da igual cuántos pares de calcetines te pongas», es duro. Pero está acostumbrado. «Era militar en Colombia y allí ya hubo muchas fechas especiales en las que no pude estar. Las pasé cumpliendo mi deber. Es un sacrificio que hay que hacer, pero claro que afecta». Barak echa de menos a la familia. «Hay momentos en los que estoy en la trinchera y siento la soledad. Hay que ser fuerte mentalmente», sentencia, recordando que no estará solo. Tendrá a sus compañeros. «La guerra te enseña que cada minuto de vida compartido con alguien cuenta, porque hoy estás pero mañana igual tienes una misión de la que no vuelves». No obstante, todos los entrevistados por este periódico reconocen que este año hay un pequeño rayo de esperanza, el que ha encendido la propuesta de paz del presidente de EE.UU., Donal Trump, y que se mantiene con las negociaciones en las que participa Europa. »No me fío, pero tampoco podemos olvidar que las negociaciones para acabar con las guerras duran mucho tiempo«, señala Anastasia.

Palestina

Belén espera un milagro en forma de visitantes. Después de dos años de guerra en Gaza, el lugar en el que nació Jesucristo vuelve a encender las luces navideñas La luz de la Navidad regresa al lugar en el que nació Jesús. Después de dos años de apagón debido a la guerra en Gaza, que supera los 70.000 muertos, y la escalada de violencia de los colonos extremistas en Cisjordania, con más de mil muertos, un gran árbol navideño vuelve a iluminar en la plaza del Pesebre. El alcalde de Belén, Maher Canawati, declaró a los medios que decidieron restaurar las luces de la ciudad «tras un largo período de oscuridad y silencio». Canawati recordó que «han sido dos años malos; sin Navidad, sin empleos, sin trabajo. Aquí todos vivimos del turismo y el turismo cayó a cero». La comunidad belenita espera un milagro en forma de visitas que salve la Navidad. En Belén esperan el regreso de turistas y peregrinos y la Cámara de Comercio local ha organizado viajes en autobús para palestinos procedentes de ciudades dentro de Israel con el fin de fomentar el turismo local. Para los palestinos de Cisjordania el viaje resulta siempre complicado por la cantidad de puestos de control y a los de Gaza no se les espera porque Israel no concederá permisos de salida.

Los ingresos del turismo suponían el 80 % de la actividad económica, pero desde el 7 de octubre del 2023, fecha del ataque de Hamás contra las comunidades vecinas a la Franja, han tocado fondo. Hoteles y restaurantes cerraron sus puertas, las largas colas de fieles esperando para orar en la Iglesia de la Natividad desaparecieron y las figuras de madera de olivo talladas por los artesanos de la parte vieja se acumulan en los estantes. Todos añoran años como el 2019, cuando la ciudad recibió 3,5 millones de visitantes. «La celebración de este año es un acto de resiliencia y desafío. Sabemos que en Gaza la guerra y la muerte no han terminado y que en toda Cisjordania sufrimos fuertes restricciones de movimiento. Por todo ello, la celebración es un mensaje para decir al mundo que seguimos aquí, que amamos la vida después de dos años tan difíciles», explica el pastor luterano Munther Isaac, natural de Beit Sahour, al sur de Belén.

Exterior de la basílica de la Natividad en la ciudad palestina de Belén.
Exterior de la basílica de la Natividad en la ciudad palestina de Belén. Mussa Qawasma | REUTERS

Además del árbol, otra de las atracciones que ofrece esta ciudad bíblica es la calle de la Estrella, que junto a la Basílica de la Natividad forma parte del conjunto declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Esta calle ha sido restaurada por tercera vez en veinte años y alberga un mercadillo navideño. Quien decida viajar a Belén se encontrará una Basílica libre de andamios exteriores e interiores después de casi una década de intensos trabajos de restauración. El templo, que data del siglo IV después de Cristo y que fue levantado por orden del emperador romano Constantino I, alberga en su interior la gruta en la que, según la tradición, nació Jesús. Un lugar mágico marcado por una estrella al que antes se necesitaba una espera de horas para acceder. Desde el Ayuntamiento envían un mensaje de esperanza y recuerdan que «a pesar del dolor y la herida abierta en Gaza, y las crisis que el mundo está experimentando, Belén sigue siendo una luz para recordarnos que el amor es más fuerte que toda oscuridad, y que el mensaje de paz que vino de esta tierra sigue vivo en los corazones». Un mensaje silenciado por la brutalidad de una ocupación que asfixia a los palestinos en Cisjordania.

Nigeria

Unas fiestas en libertad para más 250 niños tras un mes de secuestro. Los estudiantes de la escuela cristiana Santa María retenidos por grupos terroristas han podido volver a casa con sus familias Cerca de 50 hombres armados asaltaron el pasado 21 de noviembre la escuela cristiana de Santa María en Papiri, en el centro-occidental de Nigeria. Estudiantes, familiares y profesores fueron sorprendidos en mitad de la noche por el rugido del medio centenar de motos que asediaron el centro. Stephen Samuel, de 18 años, escuchó «voces y golpes» en el interior de su dormitorio, abrió los ojos y vio que un hombre armado caminaba hacia él. Trató de esconderse bajo la cama, pero el asaltante lo sacó a rastras. Frente al edificio estaban tirados en el suelo su hermana, sus tres mejores amigos y cientos de niños del centro. Los pequeños no tenían más de cuatro años, muchos solo llevaban ropa interior y a los más mayores los habían maniatado. En total, 303 menores fueron secuestrados a medianoche por el grupo islamista Boko Haram, que los sacaron del recinto como si fueran ganado, a pie y rodeados por los terroristas a dos ruedas, según relata el periódico The New York Times.

Cincuenta menores lograron escapar por sus propios medios durante los primeros días del mayor secuestro en Nigeria desde que los extremistas raptaron a 276 niñas de la aldea de Chibok en el 2014. Tras el ataque masivo, el Gobierno nigeriano ordenó el cierre temporal de 41 escuelas en la región central del territorio, por los frecuentes asaltos de las bandas criminales que luego solicitan un rescate.

El 8 de diciembre, tras más de dos semanas en cautiverio, los terroristas liberaron a 100 estudiantes. Y el pasado domingo las autoridades nigerianas aseguraron que otros 130 fueron rescatados. «Ya no quedaba nadie en cautiverio», anunciaron. A principios de esta semana, con el inicio de las festividades cristianas, los niños regresaron a sus casas y pudieron reunirse con sus padres para celebrar la Navidad, una fecha que los más pequeños de los hogares en todo el mundo aguardan con especial ilusión.

Los niños rescatados de la escuela de Santa María en Nigeria.
Los niños rescatados de la escuela de Santa María en Nigeria. Marvellous Durowaiye | REUTERS

El final feliz de este secuestro masivo, sin embargo, ni es un final ni es feliz. A pesar de la magnitud de lo acontecido y del enorme impacto en la vida de cada uno de los 303 niños secuestrados, no será el último peligro al que se enfrenten los pequeños nigerianos. La guerra golpea el país africano desde 2009, aunque fue a partir de 2014 cuando Boko Haram comenzó a extenderse por las fronteras con Camerún, Chad y Níger. La violencia se concentra ahora en el nordeste, donde los asesinatos y secuestros se han vuelto cada vez más comunes.

Amnistía Internacional y otras muchas organizaciones advierten de la crudeza de la situación en la que vive la población nigeriana. El conflicto es devastador; los que no son asesinados, son secuestrados; y los que no son secuestrados, son desplazados a campos habilitados que se encuentran igualmente en circunstancias extremas. Cerca de 3 millones de personas tratan de encontrar refugio en estas zonas alternativas al terror, donde las enfermedades se propagan rápidamente y escasean los productos que hacen posible la vida. No les llega agua, ni alimentos, ni atención médica suficiente.

«Las autoridades han fallado una y otra vez a su pueblo. Los ataques generalizados dejan regiones al borde de la catástrofe», aseguran las oenegés. Son muchos los nigerianos molestos por la falta de respuesta de su Gobierno, pero al menos 303 niños podrán sentarse hoy a la mesa con su familia, aunque sea ante un plato casi vacío.