El cambiazo de Óscar, de mánager de recursos humanos a becario y estudiante de FP: «Vi que informática es un mercado con muchas salidas, buenas condiciones laborales y salario emocional»

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Óscar puso fin a ocho años de estabilidad laboral para reinventarse formándose en una FP superior de sistemas y un máster de ciberseguridad.
Óscar puso fin a ocho años de estabilidad laboral para reinventarse formándose en una FP superior de sistemas y un máster de ciberseguridad. Paloma Méndez

Tiene 33 años y es estudiante de una FP superior y un máster en ciberseguridad tras poner fin a una trayectoria de ocho años en el sector de consultoría de selección de personal. «Entrevistar a muchos informáticos me movió la curiosidad y me despertó el interés. Ves cómo está el mercado, las condiciones que tienen los candidatos a un empleo, hay mucha demanda de perfiles, con muchas salidas», afirma

22 ene 2026 . Actualizado a las 19:37 h.

La pasión por aprender sin desbocarse en la pista del competitivo mundo laboral de hoy mueve a Óscar, de 33 años, que ha vuelto a ser estudiante tras una trayectoria de ocho años en el sector de recursos humanos.

Hoy estudia una FP superior de Administración de Sistemas Informáticos en Red y acaba de comenzar hace un par de meses «con las prácticas obligatorias del segundo año». En el 2010, este madrileño unido a Galicia por el corazón (su pareja es de A Coruña) estudió Relaciones Laborales y Recursos Humanos en la Universidad Complutense. Esa formación le dio un buen trabajo y estabilidad profesional. Ocho años se aplicó en mantenerla: «Hasta que llegó un punto en que me cansé y decidí cambiar de profesión».

Recién salido de bachillerato, se decantó por su carrera al ver que tenía «salidas; se decía que tenida muchas salidas en el mundo profesional».

Óscar creció, como los de su generación, con la idea a fuego de que «hay que estudiar una carrera». «FP estaba peor visto que una formación universitaria», explica poniendo sobre la mesa una mirada que ha empezado a cambiar. Hoy existe una oferta de empleo variada y abundante para los alumnos de formación profesional y un estancamiento de empleo para ciertos estudios universitarios clásicos.

Su familia tiene raíces en un pueblo «muy humilde» de Sevilla, cuenta. El padre de Óscar se fue a trabajar a Madrid, la familia lo acompañó y el paso de los hijos por la universidad era una aspiración entendida como signo de progreso y prestigio en una época admirada por lo intelectual. «Nunca me dijeron que tenía que ir a la universidad, pero yo se sentí que había que estudiar una carrera —cuenta Óscar—. Uno de mis hermanos, Rubén, me dijo ‘‘haz una FP de informática’’... Él estudió una de cocina, estuvo trabajando en el Reino Unido y luego, al sufrir una lesión de hombro, se resentía cocinando y decidió hacer una carrera. Es el más inquieto y emprendedor de la familia». El de Rubén fue, así, un movimiento en sentido inverso al de Óscar, el hermano pequeño de tres chicos de temperamentos distintos, sin miedo al cambio los tres.

Relaciones Laborales fue una carrera que no «apasionó» a Óscar. Echaba un poco de más la formación en derecho, aunque la parte de recursos humanos llamaba su atención. Más de un recurso inhumano vio en su experiencia profesional Óscar. «Muchas veces te ven más como un número que como una persona», admite quien se desempeñó fundamentalmente en el ámbito de consultoría de selección, «que dentro de recursos humanos es quizá lo más inhumano que hay». «El objetivo prioritario es, muchas veces, hacer dinero. Se trabaja con la idea de que el fin justifica los medios y yo soy cero competitivo en lo laboral», dice.

El que Óscar ha dejado es un sector, el de consultoría de selección, «en el que, si te va bien, puedes ganar mucho dinero». Y, en general, encuentras «buen ambiente en el sentido de que, cuando eres joven, te lo pasas bien. Pero es muy competitivo —opone— y te quema mucho. La rueda es empezar cada mes de cero, con objetivos de cero otra y otra vez. Es una rueda de la que es difícil salir».

Valor de empezar de cero

La estabilidad no lo es todo, no para una generación que posiblemente teme menos el riesgo que el confort. «Y en el sector en el que yo estaba, cuando te van bien los números, bien; pero cuando van mal, muy mal. Y estos son resultados que no dependen de ti. Trabajas con personas que son “‘candidatos”, y al final dependes del cliente, del candidato, no de ti. Puedes hacer bien tu trabajo y que no te acompañen los resultados, y te miden por resultados, no por lo bien que has hecho el proceso», señala Óscar.

Ocho años de su vida se dedicó a ese trabajo que le curtió y le cansó. Fue ascendiendo en responsabilidades con el tiempo. Tenía estabilidad, buen salario, consideración, pero faltaba algo importante: «No me llenaba el trabajo. Muchas veces estaba agobiado, con ataques de ansiedad en ocasiones... Y dije: ‘‘Para estar así, lo dejo’’. Tampoco me salían los resultados...».

Aquel trabajo le llevó a cerrar una puerta y abrir una ventana. La experiencia en consultoría le dio a Óscar la oportunidad de entrevistar a muchos informáticos. «Eso me movió la curiosidad y me despertó el interés. Sabes cómo está el mercado, las condiciones que tienen los candidatos a un empleo, ves que es un mercado en el que hay mucha demanda de perfiles, con muchas salidas y buenas condiciones laborales», revela el trabajador que hoy se reinventa como estudiante y becario.

¿Y el salario emocional? Este también cuenta. Según informes recientes, un 40 % de los trabajadores lo valoran más que la retribución económica, a la que no desbanca en prioridad para la mayoría, pero puede acompañar como valioso complemento. «En informática suele haber salario emocional también. En ese sector, muchas veces son los candidatos los que tienen el poder, porque hay muy pocos», dice. Es la ley de la oferta y la demanda.

El gran salto de Óscar, de las alturas de un empleo estable, con buen salario, a la condición de aprendiz, no fue sencillo, pero tuvo un colchón. Llegó a un acuerdo con la empresa en la que estaba para marcharse. Sus responsables llegaron a motivarlo para estudiar. «Yo tenía muy buena relación con ellos, y me siento muy agradecido. Me dieron el empujón», asegura.

Con indemnización y paro a Óscar le salieron los cálculos para apuntarse a una FP superior de Administración de Sistemas Informáticos y con un máster de ciberseguridad. Descartó la idea de hacer otra carrera y se decantó por formarse en lo que distinguía a esos perfiles con los que se había familiarizado como consultor. Hacer el máster en ciberseguridad fue una de sus prioridades, al ser «un sector en el que hay mucha demanda», y la FP que eligió tenía relación con la materia.

Óscar volvió a ser estudiante en marzo del 2024. El 18 de marzo de ese año puso fin a su aventura profesional en la empresa en la que creció durante ocho años y en mayo ya se estrenaba como estudiante.

La formación incluía tres meses de prácticas obligatorias y a Óscar le surgió enseguida la oportunidad. Actualmente, este madrileño con gusto por visitar Galicia con regularidad compagina los estudios de FP con el máster y las prácticas, «sin cobrar un euro».

El cambio ya le ha permitido ver, eso sí, que el trabajo en el que se ocupa hoy es «totalmente distinto». «De mucho menos contacto con la gente, pero me gusta», cuenta.

Óscar hace las prácticas en una consultora tecnológica y valora el salario emocional. «A día de hoy, la gente prefiere cobrar menos y tener teletrabajo y flexibilidad horaria», piensa. ¿Se trabaja más o menos en casa o, al final, el que trabaja se emplea en casa y en la empresa más o menos igual? «En casa, si tienes trabajo lo haces, y si tienes tiempo de poner la lavadora la vas a poner... Y, en la oficina, si tienes trabajo te pones a trabajar, pero te vas a poner con el móvil si no tienes nada que hacer», plantea.

¿Arrepentimiento? Cero. «Y eso que todavía no puedo decir que haya sido un buen cambio, porque aún no lo sé. No tengo un trabajo. Salga o no salga, no me arrepiento. Me siento orgulloso de intentarlo», manifiesta Óscar, que a ese miedo común al cambio le echa un valor singular: no darse por vencido.

ADRIÁN BAÚLDE

Anxo Corbillón: «A los 48 llegué al límite, no podía seguir en el banco. Lo intenté todo y lo tenía todo, pero yo no estaba bien»

El valor del cambio no es fácil de medir. Este directivo de banca dio un giro radical tras tener un sueño revelador. «Con mis amigos de la facultad llegué a tener mi momento Escarlata O'Hara de ''a Dios pongo por testigo... ¡que si algo tengo claro es que nunca trabajaré para la banca!''... Al final, estuve 26 años trabajando en la banca», revela. Estudió Psicología y hoy ofrece terapia, yoga y meditación en Loto Pontevedra

 

La comentada despedida de Xabi Alonso del Real Madrid tiene algo que ver con Cortázar. Con esa frase del autor de Rayuela que te invita a saltar fuera del cuadro: «Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo». Y esa frase es un espejo de la decisión que tomó Anxo Corbillón (Pontevedra, 1967) a los 48 años. La experiencia es grado, y posgrado. Él tenía carrera, hijos, un buen puesto y buena consideración en el banco en el que trabajaba y probó a hacer de todo.

Anxo se vio en el centro de una vida confortable y eficientemente montada, pero sintió una punzada, tuvo un sueño y pensó que si moría mañana estaría fatal... No por morirse, sino por no haber vivido esa vida a la que no se atrevió. «Me vi en la cama de mayor, como si me hubiera jubilado en el banco, con una cara de tristeza profunda. ‘‘Sabías que no era ahí y dejaste pasar la vida’’», relata. Qué bello es vivir.

El estado del malestar es una forma de vida relativamente común. Cuesta salir, pero merece la pena elegir, si no otros eligen por ti. Así lo sintió Anxo, que dice que «la clave para los que acabamos cambiando es que tenemos la sensación de que algo no va bien y no siempre nos atrevemos a dar el paso. A veces la vida no te lo permite, hay que tener algo de suerte también». A él le «picó el bicho» de preguntarse por el sentido. Nunca son a medida los muebles de un vacío interior. «Yo he estado siempre preguntándome cómo hacer para cumplir las expectativas que había sobre mí», revela este emprendedor, hoy psicólogo, terapeuta Gestalt (tipo de terapia en que se acompaña un proceso de autodescubrimiento y crecimiento personal) y profesor de yoga en Loto Pontevedra, que de adolescente brillaba en el expediente escolar. Anxo siempre tuvo buenas calificaciones, lo que le dio la idea de hacer Medicina y Psiquiatría, «para entender y ayudar».

Esa «parte perezosa» que hay en él le borró esa idea. «A los 18, pensé en hacer algo que pudiera permitirme vivir bien. Dije: ‘‘Voy a ser honesto, a buscar algo que tenga que ver con el dinero’’» y se decidió por Económicas en Santiago. Tomó la práctica decisión de cortar por lo sano con sus deseos, de desatender lo que él consideraba «caprichos» y tomar el camino más económico. «Después haría Psicología. Tanto Económicas como Psicología son dos carreras digamos mentirosas, porque en las dos la parte científica es de aquella manera... Es difícil aplicarles el proceso científico, porque todo tiene causas y condiciones, que dicen los budistas, y hay que entenderlo desde un punto de vista holístico», considera.

¿Crisis de los 40? A los 17 años tuvo ya la primera crisis el profesional que hoy acompaña a «gente que siente que tiene la responsabilidad y la capacidad de tomar las riendas de su vida». Entre sus clientes se cuenta gente de 25 que «se ve ante la rueda del hámster». «Me emociona eso, digo: ‘‘Qué suerte, pararse a los 25, verse y decidir’’. A los 17 yo tuve la primera crisis, tenía una vinculación con el cristianismo, con la idea de que las cosas tenían que ser de una manera. Me pasó cuando me iba a confirmar y sentí un vacío muy grande al perder la fe en eso que me sostenía espiritualmente». Ese sentimiento enlazó después con el descubrimiento del yoga en el 2016 y con el budismo. «Los 20 o los 25 son clave. Ahí el sistema te va a decir: ‘‘O entras o serás un inadaptado’’», resume Anxo, que acompaña hoy como terapeuta a gente que, en su mayoría, tiene en torno a los 45. «A los treinta y pico aún crees en que te faltan retoques, que debes hacer mejor lo que haces, tienes hijos, hay que decorar el salón, poner muebles... A los 45 o 50 tus hijos ya son mayores y te dices: ‘‘¡Ostras, me queda otro tanto! ¿Qué hago del resto de mi vida?’’», despliega.

EL EJERCICIO DE LA PIRÁMIDE 

Cambiar por cambiar no es su filosofía. Sí el escucharse, prestar atención, si lo sientes, al malestar enquistado, al día a día bajo el chaparrón de la queja y a ese enfado con el mundo que él mismo vivió. «No hay una forma de estar bien única —advierte—. Uno puede estar bien siendo ebanista y llegar el siguiente cliente y decirte que no es feliz de ebanista. El problema es ceder soberanía emocional a cambio de seguridad. Porque quedamos enganchados a la necesidad de una seguridad subcontratada, que es falsa. Si estuviéramos seguros, no tendríamos ansiedad. Nuestro sistema nervioso está completamente alterado si vivimos en precario».

¿La salida? Atención. «Atender a ese adolescente que tenía una ilusión». Él, en consulta, hace el ejercicio de la pirámide invertida: «Exploramos primero la fantasía, después la ilusión, para llegar al deseo y poder ponerlo en marcha. La materia del deseo es la fantasía, y tiene que ser una fantasía propia (ojo, no de otros)».

Tocar fondo es una manera de volver a empezar, sopesa. «A veces lo es, porque da la oportunidad de decirse: ‘‘No quiero vivir así más’’», manifiesta. Difícil distinguir entre una suerte grande y las suertes pequeñas. En ese inicio de su vida de adultez en la facultad de Económicas Anxo tuvo «la buena o mala suerte» de ver un anuncio «de que una caja de ahorros iba a iniciar una expansión grande». «Llegué a tener mi momento Escarlata O’Hara de ‘‘a Dios pongo por testigo... ¡que si algo tengo claro es que nunca trabajaré para la banca!’’». Las palabras cayeron a plomo sobre la realidad: «¡Al final, estuve 26 años trabajando en la banca, 26 años de traición emocional! No era un banco, era una caja de ahorros. Y pagaban genial nada más empezar». Empezó de cine, en la caja, a los 22, antes incluso de acabar la carrera de Económicas. Comenzó a tener un dinero y se iba «tempranito a Vigo cada mañana para no pagar la autopista». Madrugón a las 6.00 con la radio-despertador y el programa El primero de la mañana de Antonio Herrero. «Lo recuerdo, verme sentado en la cama como un niño al que los pies le colgaban sin llegarle al suelo. Un día pensé: ‘‘¿Toda la vida de adulto va a ser así?’’, y me eché a llorar. Y lloré y lloré y lloré... Y me fui a trabajar», cuenta. No acabó ahí.

«Al principio me dio vergüenza contar en Facebook que ese hombre dedicado teóricamente a ‘cosas serias’ se había pasado al yoga y a la meditación»

En cuanto le hicieron un contrato fijo pidió una excedencia, «pensando en que nunca iba a volver al banco». En ese período se convirtió en agente de la propiedad inmobiliaria. La excedencia expiró y le dejaron volver «relativamente cerca». Tenía entonces un bebé y decidió replegarse, volver al banco.

A su regreso a la caja de ahorros hizo «de todo», lo intentó «todo» para quedarse. Desde directivo de oficina, subdirector y director, a formador en un «proyecto increíble» de recursos humanos, fue presidente del comité de empresa... «Intenté hacer todo lo que se podía hacer para no irme. Y llegué al límite», comparte. Hacía números al tiempo que se dedicaba al balonmano. «Cuando mejor estaba en el banco, es decir, más cómodo..., no pude seguir. No fue culpa de nadie. Estoy muy agradecido al banco y a mi familia. El asunto era mi propia insatisfacción». Marcharse fue costoso. De valor.

Llegó a un acuerdo con la empresa y empezó con el yoga para «estar en paz». «No tenía trabajo y no sabía qué iba a hacer...», abunda. El yoga tibetano y su maestro lo ayudaron a enfilar un camino propio. Hoy, como psicólogo y terapeuta experto en meditación, Anxo trata de ayudar a otros a superar el miedo y el pudor. «Me dio vergüenza salir del armario, ese primer mensaje en Facebook diciendo que ese hombre al que todo el mundo había conocido haciendo cosas teóricamente serias ahora se había convertido en un tipo raro, dedicado a cosas medio esotéricas. Ahora que lo pienso, que recuerdo, me parece que fue otra vida».

Hay días malos, crece cansancio («¡me jubilaría ahora en un sitio de calor!), y la vida contemplativa, más suave, está en su lista de propósitos para hacer espacioso el Año Nuevo.

El show de Truman terminó. La vida buena es otra película.