Dos de los primeros guardias civiles que llegaron al accidente: «Estamos acostumbrados a ver fallecidos en la carretera pero esto es imposible de asimilar»

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Agentes de la Guardia Civil conversan con los periodistas en la zona del suceso en Adamuz (Córdoba).
Agentes de la Guardia Civil conversan con los periodistas en la zona del suceso en Adamuz (Córdoba). Francisco J. Olmo | EUROPAPRESS

Arturo Carmona y Ángel Ayala alertaron de la máxima gravedad al maquinista del Iryo y al centro de mando

23 ene 2026 . Actualizado a las 19:40 h.

La situación en los vagones del Iryo era dantesca y triste, pero para Arturo Carmona, el Alvia era directamente «el tren de los horrores». Cabo primero del equipo de Investigación de Siniestros Viales de la Guardia Civil de Peñarroya, está hecho a vivir situaciones dramáticas. Le va en el sueldo. Pero nadie está preparado para el accidente del domingo. «Estamos acostumbrados a ver fallecidos en la carretera pero esto es imposible de asimilar».

A su lado está el guardia civil Ángel Ayala, que vivió igualmente un día que jamás podrá olvidar. «Es como un vídeo que comienza y finaliza; comienza y finaliza», remarca. Ambos fueron de los primeros miembros del instituto armado en llegar a la ubicación del Iryo. Se presentaron allí a las 20.30 horas, tres cuartos de hora después del accidente. Para entonces, la Guardia Civil no era consciente de que, a más de 500 metros, había un Alvia convertido en un infierno.

Según el relato de Ayala, es él mismo quien advierte al maquinista del Iryo de que existe otro tren accidentado. Entre los dos auxiliaron a un pasajero de habla inglesa. El agente tenía una certeza empírica: «Le dije que algo gordo tenía que estar pasando más adelante porque habían pedido refuerzos. ‘Mire la cantidad de gente que viene de allí, alumbrando con las linternas de su móviles'».

Carmona habló con el maquinista que, después de parar su tren, el 2181, informó al centro de mando de que salía a inspeccionar la zona. Anduvo dos kilómetros hasta dar con el desastre del Alvia y con Carmona. «Él tenía que volver porque había dejado el tren solo y con gente. Me pasó con el centro de Atocha, que no sabían de la magnitud de lo que había sucedido». Por la tensión vivida, el cabo primero no recuerda la hora en la que se produjo esta llamada. Ayala sí que matiza que recorrieron más de medio kilómetro para llegar al Alvia a las nueve menos cuarto. Carmona aportó los datos que le requirieron en Atocha y continuó con la frenética labor de rescatar a más pasajeros.

El cabo primero dice que llegaron a las ocho y media de la tarde. La llamada con el puesto de mando de Atocha debió ocurrir necesariamente minutos después. Poco después del accidente, a las 19.49 horas y según los audios que desveló El Diario, este centro de control habla con la interventora del Alvia. En la conversación, ninguno parece apreciar la dura tragedia de los primeros vagones, aunque la interventora insiste en que está sangrando por la cabeza. Previsiblemente pasó una hora cuando Carmona cogió el teléfono del maquinista del tren 2181 y relató la cruda realidad del Alvia.

Los dos guardias civiles eran los que estaban más próximos a la ubicación del Iryo. En sus inmediaciones, según fuentes del instituto armado, no suelen patrullar al ser vías con escaso tráfico.

En la cabeza del cabo primero resuena la voz de una menor de unos seis años, afortunadamente ilesa tras el siniestro, que le dijo sin apenas agitación que sus padres habían muerto. El agente instó a una pareja de unos 60 años a que acompañaran a la niña al punto de evacuación. No sabe nada más de ella y ni siquiera recuerda con exactitud su cara. Pero sí el sentido abrazo que le dio.

Los dos guardias civiles tenían una prioridad en esos primeros minutos: encontrar camillas. Los heridos de gravedad se contaban por decenas. Según el recuento de la Junta de Andalucía, 123 de los 527 pasajeros de los dos trenes requirieron de un ingreso hospitalario. Ayala vivió el mal trago de acceder a un vagón con fallecidos. Sabía que al menos una persona había perdido la vida en ese coche, por lo que sospechaba que habría más decesos. Por desgracia, no se equivocaba. «Para ayudar a los compañeros de la Policía Judicial marqué en la carrocería del vagón el lugar donde se encontraba cada uno de los fallecidos», recuerda este miembro del instituto armado.

Cuando todo esto pase

A ambos agentes les ocurre lo mismo que a otros profesionales de cuerpos de seguridad que vivieron en primera persona este horror en las vías de Adamuz. Dan por hecho que necesitarán de ayuda psicológica, pero destacan que ahora no es el momento. Están todavía asimilando lo ocurrido y, sobre todo, aún les queda mucho por hacer en lo que concierne a esta emergencia. «Cuentas con el apoyo de la familia, pero cuando estás a solas lloras mucho», reconoce un emocionado Carmona. «En la televisión ves los lugares donde has estado. Ves el vagón volcado y te ves allí arriba...», añade Ayala.

Les queda cierto sentimiento de satisfacción. Ayudaron a muchísima gente a salir con premura de los dos trenes. Aunque prima la impotencia. «Sientes mucha rabia. Hubo un momento en el que ya no podías hacer nada más. Ya estaba entrando en juego gente atrapada en un amasijo de hierros. Sientes esa impotencia de no poder hacer nada», cuenta Carmona, que destaca la buena actitud de los pasajeros ilesos y de los vecinos de Adamuz que acudieron a ayudar.