Jalidiya enfrenta un invierno solitario entre fosas y proyectiles del régimen
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El barrio más castigado de Homs durante la guerra sigue destruido y vacío
09 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El viento sopla con fuerza. Hace frío, llueve, el suelo es un barrizal donde no cubre el asfalto. El temporal empujaría a refugiarse, pero en las calles de Jalidiya no hay apenas gente. Ni en las casas. Ni en los comercios. Y en realidad, tampoco hay un lugar en el que resguardarse. Un año después de la caída del régimen de Bachar al Asad, el barrio más destruido de Homs es un cúmulo de escombros en los que se encuentran más explosivos y cadáveres que personas disfrutando de las mieles de la victoria. A sus 80 años, Abu Mahmud contempla la escena de destrucción: «Este es el precio que tuvimos que pagar por nuestra libertad. Nos levantamos junto a Daraa al comienzo de las protestas que desencadenaron la guerra, pero hoy nadie se acuerda de nosotros».
La guerra dejó al país inmerso en una crisis de la que esperaba salir con el levantamiento de las sanciones internacionales. Sin embargo, las inversiones no han llegado, y la desaparición de la economía sumergida de la guerra ?tráfico de armas y drogas mayormente? ha hecho que la gente se empobrezca aún más. «Mi casa había ardido entera. Pensábamos que el Gobierno nos iba a ayudar, pero no fue así. Tuvimos que empezar a reformarla nosotros. Pero es muy caro hacerlo», cuenta en un descanso Abdul Kadr al Masri, taxista de 52 años, que se afana en adecentar el primer piso de su casa. Dado el nivel de destrucción del edificio, se ve obligado a compartir un domicilio de apenas tres habitaciones con otra familia. Nueve personas para pocos metros cuadrados.
Pasear por las calles de Jalidiya es pasear por la violencia del régimen y de los aviones rusos. Este barrio se podría llamar el barrio de las mayorías. Mayormente suní, contaba con la mayor red de túneles entre barrios rebeldes de la guerra civil, la mayoría del barrio ?un 70 %? está destruido, la mayoría de sus habitantes no ha vuelto del exilio, y la mayor parte de ellos no espera hacerlo salvo que ocurra un milagro debido al alto coste de las reformas.
Mientras vuelve de haber recorrido cientos de metros para comprar unas hogazas de pan con su hija, Abu Ahmed señala lo difícil que ha sido su retorno. «Hace un año volvimos del Líbano y empezamos a rehabilitar la casa. Invertimos 3.000 dólares solo para hacerla habitable. El resto nos costará unos 20.000».
A duras penas
Los salarios de los pocos vecinos de la zona justifican su desesperanza. 100, 150 y 200 dólares al mes son lo habitual. Algunos afortunados como Al Masri llegan a los 600, pero él mismo indica que «de ahí hay que descontar la comida, ropa y lo mucho que gastamos en combustible para calentarnos. El invierno está siendo espantoso».
Ese espanto no es difícil de identificar. El barrio es una jungla de edificios de hormigón repletos de agujeros y con faldas de escombros. La colada se tiende en cuerdas improvisadas en muros desnudos, los grafitis han pasado de ser lemas revolucionarios a anuncios de fontanería y los niños se esfuerzan por transportar madera de antiguos muebles para poder tener unas horas de calor o venderla para sacar algunas libras sirias. Cada uno hace lo que puede. Pero incluso los que tienen la suerte de poder pasar esta estación entre cuatro paredes, tienen que convivir con peligros.
«Nuestro mayor desafío son los explosivos sin detonar»
Cuando Bachar al Asad huyó a Rusia, las fosas comunes de represaliados comenzaron a aflorar. En esta parte de Homs, Abu Mahmud perdió dos hermanos. Fueron ejecutados por el régimen tras protestar contra el dictador alauita en el 2011. No sabe dónde están todavía. «Allí, a 200 metros, está el jardín de Beit al Alu. Las pocas personas que se quedaron avisaron de que Al Asad enterró allí a mucha gente. Estoy esperando a que me digan si están allí», cuenta.
En la República Árabe quedan aún por localizar e identificar a 300.000 personas, según el Comité Internacional de Desaparecidos. Muchas de estas están enterradas en las calles que estuvieron bajo control del régimen, otras fueron transportadas al desierto y cambiadas de fosa en el mismo y es más difícil dar con ellas. Los Cascos Blancos, parte de la Defensa Civil, han localizado desde el año 90 ubicaciones con restos de represaliados, pero el trabajo que queda es inmenso.
También lo es la limpieza de la zona de explosivos. Baibars, el director del cuerpo para la provincia de Homs, asegura que «el desafío más grande que tenemos son los explosivos». Ya son 120 familias las que han llamado a las puertas de su oficina con motivo de la localización de un misil, una mina terrestre u otros explosivos en sus casas. «La cosa ha mejorado desde el año pasado. Ahora tenemos una unidad de artificieros en el Ejército, pero suelen estar en Idlib, Rif Damasco y Alepo, donde hay más artefactos», asegura. El país, según la ONU, es el segundo más minado del mundo tras Ucrania, y todos los días muere alguien por la detonación de estos explosivos. Especialmente en las zonas rurales.
«Estamos intentando limpiar esto lo más rápido posible, pero nos falta maquinaria pesada y que vengan a quitar un proyectil de mortero que hay en la puerta», cuenta un vecino que trata de adecentar uno de los colegios del barrio. La prioridad en la reconstrucción empieza con mezquitas y escuelas. Los residentes de Jalidiya miran al futuro. Pero sin el retorno de sus vecinos, no habrá ninguno. Y los ausentes se cuentan en cientos de miles.