Aitor Francesena, el surfista al que una ola lo dejó ciego: «Con tocarle la espalda a una persona una milésima de segundo sé si es delgada o no»
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Ha entrenado a grandes figuras del surf y ha conseguido ser campeón del mundo hasta seis veces. «El mar me ha quitado la vista, pero le doy las gracias por todas las cosas maravillosas que me ha dado y me sigue dando», confiesa
24 feb 2026 . Actualizado a las 13:24 h.Con apenas cinco minutos de conversación, Aitor Francesena es capaz de describir muy bien a quien le habla. El asombro es total porque logró adivinar hasta el peso y la edad, simplemente atendiendo al tono de voz de quien está al otro lado del teléfono. Con ello, lo único que pretende esta leyenda del surf es demostrar que hay vida más allá de la ceguera y que utilizamos tanto nuestra vista que nos perdemos muchas otras percepciones por ello. Pero Aitor pretende mucho más con su libro Surfear la vida, le gustaría ser un ejemplo para los que tiran la toalla ante las adversidades. Porque lo más sencillo para él también habría sido dejar de intentarlo y dejar la vida pasar. Un accidente surfeando le quitó la vista, pero coger olas es su pasión, y lo que le da sentido a su existencia. Así que no quiso bajarse de la tabla y su esfuerzo y tesón lo han llevado a ser seis veces campeón del mundo de surf adaptado. Aitor es un gran ejemplo por muchas cosas. Esta es su historia.
«Nací con un glaucoma congénito, que es una enfermedad que hace que tengas tensión en los ojos. El ojo es una de las partes más complejas de nuestro cuerpo y el nervio óptico es como un cable. Pero si tienes tensión ocular, ese nervio óptico se va muriendo y es el que transmite la información del ojo a tu cerebro», comenta este gran profesional del surf, al que se le detectó este problema al poco de nacer y que ha pasado por numerosas intervenciones oculares desde niño. «Con 11 o 12 años, ya no sé por cuántas había pasado. Pero con 14 años, perdí la visión del ojo derecho. Y con 42, la del izquierdo. Fue en el 2012. Me habían metido una válvula de silicona y cuando todo estaba funcionando de maravilla, me empezó a fallar la córnea. Tenía ya muchas operaciones encima», aclara. «Me hicieron dos trasplantes de córnea. El primero mi cuerpo lo rechazó, y el segundo no quedó bien, no se acababa de cerrar. Cuando estaba esperando por la tercera córnea, me caí surfeando una ola y me reventé el ojo. Ahí tuve que empezar con una nueva vida, aprender a vivir con la pantalla en negro», relata este surfista vasco.
Fueron tres meses de recuperación y de una larga travesía personal, pero lejos de venirse abajo, Aitor sacó fuerzas de donde solo él sabe y no se dio por vencido: «¿Qué iba a hacer?, ¿sentarme y ver la vida pasar? Pues no, decidí montarme en ella de otra manera. Más abajo ya no podía ir. Así que solo me quedaba subir».
«Lo primero que pensé fue hacer cosas que me hicieran sentir bien. Así que decidí maquearme nada más levantarme. Ponerme guapo para sentirme limpio. Trataba de sentirme más o menos a gusto conmigo mismo. Y luego, tomarme un café tranquilamente. Siempre me ha gustado el olor a café, así que me molía el grano y me lo hacía», cuenta. «Antes, siempre iba corriendo a todos lados. Pero cuando me quedé ciego, decidí que iba a vivir la vida a otro ritmo, de una manera más lenta», explica. «Disfruto más del momento y voy organizando lo que tengo que hacer mientras desayuno. Y si tardo una hora, pues es una hora. Y si son dos, pues dos. Desde hace 14 años es lo que hago todos los días», así de fácil y de difícil a la vez.
Al poco de quedarse ciego, uno de sus alumnos le presentó a una chica invidente. Su intención era que ella le mostrara el camino a seguir y que se diera cuenta de que iba a desarrollar otros sentidos de una manera asombrosa: «Me explicó cómo llevar un bastón a toda velocidad y sin ningún peligro. Qué es lo que iba a sentir, que incluso sentiría hasta por la piel de la cara o que notaría la textura del suelo aun llevando zapatillas. En ese momento no la creí, pero poco a poco vi que tenía toda la razón. Ahora soy capaz de sentir la rugosidad del suelo yendo calzado. O que se acaba la pared porque percibo una mínima brisilla... Hay que quedarse ciego para darse cuenta de cómo se despiertan los otros sentidos. Sé, por ejemplo, con solo tocarle la espalda a una persona una milésima de segundo si es delgada o no», confiesa.
Sin culpas
El mar le quitó la vista, pero no las ganas de volver a él: «Me he quedado ciego en el mejor sitio donde podía haberlo hecho. El lugar donde siempre quiero estar: el mar. Si me hubiera pasado en un quirófano, igual más de un médico se habría quedado hecho polvo por ello. Con lo cual, eso tampoco me hubiera gustado. No tengo que culpar a nadie», apunta. «Tampoco estoy enfadado con el mar. Me ha quitado la vista, pero le doy las gracias por todas las cosas maravillosas que me ha dado y que me sigue dando. Lo es todo para mí. Lo sientes y es brutal, y hay que cuidarlo, porque no se están haciendo bien las cosas», indica.
«Después del accidente estuve tres meses en el hospital. Y en tiempo, solo pensaba en organizarme para que la vida con la pantalla en negro no fuera tan dura. Ahí me planteé la posibilidad de volver a surfear. Al principio no lo veía, porque tenía miedo a marearme, pero en cuanto comprobé que no, me di cuenta de que con ayuda lo podía lograr». Y ya no hubo quien lo parase. Tenía una meta muy clara: volver a subirse sobre una tabla. Y lo consiguió. «Desde ese día hasta que fui campeón del mundo pasaron tres años. Primero empecé con olas muy pequeñas y tablas muy grandes. Luego ya fui con olas más grandes y tablas más pequeñas, me fui adaptando a cada cosa y a cada situación y a la información que me daba el mar. Así es como conseguí ser campeón del mundo en tres años», cuenta. «Después otras cinco veces más, aunque se me ha escapado algún campeonato por no tomar buenas decisiones», aclara. Pero él ya era una leyenda del surf antes de todo esto. Fue el fundador de la primera escuela de surf de España y entre sus alumnos se encuentran grandes figuras de este deporte. «Uno de mis chicos ha llegado a ganar a Kelly Slater —?vencedor 11 veces del campeonato del mundo—. Y cuando logré mi primer campeonato me dijo: “¡Qué cabrón mi entrenador, que ha estado toda la vida entrenándome para ser campeón del mundo... Yo no lo he conseguido y va él y lo consigue”», se ríe.
Lo dio todo
Si tuviera que quedarse con un momento profesional elegiría sin duda esa primera vez: «Lo di tanto durante ese año, que si no lo hubiera logrado, hubiera sido muy frustrante para mí. Hay que meter 100.000 horas para alcanzarlo. Pasas momentos muy duros, hasta te da ansiedad. Porque ¿quién es el mejor del mundo? Pues aquel que surfea todo tipo de olas y en todo tipo de condiciones. Entonces, ese era el reto. Y había que conseguirlo». «Cuando lo logré fue uno de los momentos más felices de mi vida deportiva. Pero por encima de ello está mi hija Uxúe. Ella es el compromiso más grande que he adquirido», confiesa.
Aitor se encuentra en pleno proceso de rehabilitación de una lesión en el hombro y de una operación de cadera. Lejos de darse por vencido, él se ve compitiendo en un futuro no muy lejano. «Llevo 14 años ciego y me he llevado sustos en el mar en estos años. De perderme o desorientarme y agobiarme. Durante los primeros años, no me daba miedo nada. Iba a saco. Pero, a medida que me fui llevando sustos, ahora soy más precavido. Ser valiente tampoco me lleva a nada. Al contrario, me puede conducir a una silla de ruedas o a no contarlo», aclara. Eso sí, él sigue con la misma filosofía que le ha salvado la vida. Y la que muchos deberíamos seguir: «A tope y adelante».