Víctor Ballesteros, profesor de filosofía: «Que llegues a la universidad sin haber leído a Platón es grave»

Sara Fernández Varela
SARA FERNÁNDEZ REDACCIÓN / LA VOZ

ACTUALIDAD

Víctor Ballesteros, profesor de filosofía
Víctor Ballesteros, profesor de filosofía

«Nadie lee a Aristóteles buscando un psicólogo, pero acaba encontrando soluciones del día a día», asegura el autor de «La vida pensada», que también es creador de un pódcast de pensamiento que se escucha en más de 80 países

02 mar 2026 . Actualizado a las 17:21 h.

Que Aristóteles te eche un cable para gestionar los mensajes a deshora de tu jefe, o que Séneca te ayude a entender que sí, que hay vida más allá de la jubilación. En esta era de la inmediatez y en la que todavía se cuestiona la utilidad de la filosofía, Víctor Ballesteros (Puertollano, 1997) nos invita a pararnos y adentrarnos en La vida pensada, un libro en el que los grandes filósofos clásicos, como Platón o Sócrates, actúan como si fueran nuestro «pepito grillo» de confianza para ayudarnos a sortear los baches, grandes y pequeños, que nos encontramos a lo largo de nuestra vida. «Nadie pregunta para qué sirve la física, se estudia y punto. En cambio, la filosofía siempre parece estar pidiendo disculpas», recalca Ballesteros, profesor y creador de un pódcast de filosofía que se encuentra entre los más compartidos de Spotify a nivel mundial, con escuchas en más de 80 países.

—¿Seguimos teniendo las mismas inquietudes que los antiguos griegos? ¿En qué medida los clásicos nos ayudan a resolver cuestiones del presente?

— Me gusta ver la filosofía como el que hace pan, como algo artesano y enxebre. Al final, las necesidades del mundo, en este caso las del siglo XXI, han cambiado muchísimo. Hace 50 años nadie tenía la necesidad de usar un teléfono móvil o de pagar con una aplicación del banco. Sin embargo, sí que tenemos la necesidad constante de alimentarnos del pan nuestro de cada día. Y en la fabricación de este pan, hay un cierto poso filosófico porque usamos harina nueva, pero los ingredientes son los de toda la vida. Los clásicos son nuestra masa madre y si no usamos esa filosofía antigua, esa sabiduría de quienes nos han precedido, corremos el riesgo de que nuestra realidad se quede plana y sosa. No queremos una realidad plana, sino una con sabor y enjundia. La cuestión está en si estamos nosotros dispuestos a revisar también la tradición, algo que a veces consideramos como peyorativo. Pero asomarse a Platón o Aristóteles tiene mucho de instructivo y de pedagógico.

—¿Qué aporta la filosofía frente al auge de la autoayuda?

—La autoayuda para mí es como el que se está ahogando y se tira de la coleta para arriba para poder salir. El esfuerzo está bien, pero no está bien conducido. La filosofía tiene una parte terapéutica accidental. Uno no lee a Aristóteles buscando a un psicólogo, pero encuentra soluciones para su día a día. Umberto Eco decía que su biblioteca era un gran botiquín que consultamos según nuestra necesidad. Pero no es autoayuda porque, cuando el problema no es solo personal, sino social —la justicia, el bien o la corrupción—, la autoayuda no es lo lógico. Para esas cuestiones, lo propio es la filosofía.

—En la era de la inmediatez, ¿llevar una vida «pensada» es un acto de rebeldía?

—Sí, indudablemente. El problema no es solo de hoy. Uno se asoma a la apología que hace Sócrates delante de quienes le quieren condenar y está diciendo algo muy similar: «Atenienses, de la forma que vivís, en la ciudad más rica y más noble, ¿no os dais cuenta de que tenéis más en cuenta aquello que es menos valioso?». Y lo dijo tal cual, que en una situación de defensa de juicio también es echarle valor. Ciertamente, vivimos muy apegados a lo inmediato, a lo que nos urge, y olvidamos la distinción entre lo urgente y lo importante. La sociedad nos demanda respuestas inmediatas y corremos mucho, pero es necesario hacer un poco de poso, parar y contemplar.

—¿Educamos a los niños para seguir el orden establecido o para el pensamiento crítico?

—Kant decía que no debemos educar pensando en cómo somos, sino en qué clase de personas queremos ser. Una educación que solo responde a las demandas inmediatas del mundo está bien, pero no responde a los grandes desafíos. El reto es mirar más allá y decidir qué clase de personas queremos dejar para el siglo XXII.

—Sobre el castigo y la disciplina, ¿qué nos dicen los clásicos?

—Soy deudor del carisma salesiano en el que me he educado y veo que el sistema preventivo es mucho más eficaz, aunque más costoso, que el represivo. El castigo debe existir porque las normas se violan y deben tener consecuencias, pero la clave está en cuánto trabajamos la prevención. Esto también es algo muy socrático: aquel que conoce el bien no querría obrar mal. Si conoces cómo se actúa bien, ¿qué necesidad tienes de hacer las cosas regular?

—Vivimos también entre padres «helicóptero» y la ausencia de límites, ¿cómo se encuentra el equilibrio?

— Evidentemente los límites deben estar. Toda persona tiene que aprender a lidiar con el «no» y a tolerar la frustración. Sobre los padres «helicóptero», quiero romper una lanza a favor de la supervisión: que un padre se interese es positivo, siempre que trabaje en coordinación con el docente. El problema surge cuando se desautoriza al profesor por norma; eso crea una tensión perjudicial entre la casa y la escuela. La clave es encontrar la armonía, que la supervisión sea equilibrada y una puesta de límites clara.

—¿Estamos limitando la curiosidad al obligar a elegir a los jóvenes a los 15 años entre ciencias o letras?

—Me sorprende que en Europa se elija incluso antes, a los 11 o 12 años, y no sé hasta qué punto es positivo. Más que la división, me preocupa la visión que tienen uno del otro. Asumimos que las humanidades son para quienes no se les da bien estudiar o que son estudios que te condenan al fracaso laboral. En el fondo, ciencias y letras no son más que el producto de una curiosidad previa. Y que cuando tienes un médico que además es un gran aficionado por la literatura o cuando tienes un humanista que domina muy bien la historia de la ciencia, yo creo que la cosa va muy bien.

«Nadie pregunta para qué sirve la física, se estudia y punto. En cambio, la filosofía siempre parece estar pidiendo disculpas»

—Como profesor, ¿ves muchos prejuicios que rodean a la filosofía?

—Muchísimos, por desgracia, y en parte es culpa nuestra. En parte, hemos hecho del ejercicio de la filosofía algo para iniciados. Yo creo que la filosofía, evidentemente, es una cosa difícil porque usa una jerga muy propia, pero también creo que esa debe ser accesible. Ese era un poco también el propósito al escribir el libro: hacer la filosofía accesible, pero siendo rigurosos. No hace falta rebajar el contenido, sino abrir la puerta.

—¿Hay que justificar constantemente la presencia de la filosofía en las aulas?

—Sí, y creo que también habla muy bien de nuestra doctrina. Nadie pregunta para qué sirve la física, se estudia y punto. En cambio, la filosofía siempre parece estar pidiendo disculpas. Estaría bien que empezáramos a plantear esto con el resto de materias. Sin embargo, en España ganamos respecto a Europa. En el resto de Europa hay gente que va a la universidad y no ha tomado nunca una clase de filosofía. Que un estudiante llegue a la universidad sin haber leído nada mínimamente de Platón, a mí me parece que es un empobrecimiento intelectual grave.

—¿Es el veto digital a los menores una medida de protección necesaria?

—Entiendo la medida cuando la situación se descontrola, pero el veto por sí solo puede ser perjudicial. Si no hay una pedagogía del uso responsable, generamos el «morbo de la prohibición». Es como el alcohol o las bebidas energéticas. Más que prohibir, hay que justificar por qué no deben consumirse a ciertas edades. Sin formación en valores, solo estamos postergándolo, alargando el problema un par de años.

—¿En qué momento hemos aceptado que un jefe nos escriba un wasap a deshora?

—Lo hemos aceptado por necesidad. Necesitamos ese trabajo porque la situación laboral es precaria y no nos queda otra que «tragar» y aguantar. Por eso es necesaria la ley de desconexión digital. Aristóteles decía que donde todos son amigos no hace falta la ley, pero, como no es el caso, hay que legislar el problema cuando hay alguien que le esté incomodando.

—¿Cómo nos enseñan los clásicos a decir «no» sin sentirnos culpables por no estar disponibles las 24 horas?

—Es un ejercicio de autocuidado. La clave no es solo cómo no sentirse culpable, sino cómo hacer que el jefe entienda ese «no». A veces nos sentimos culpables en función de la reacción del otro, pero la gente tiene derecho a su desconexión: la jornada acaba y se acabó. El trabajo también es del jefe; debe entender que no tiene que interrumpir el descanso ganado del trabajador. Es incluso una cuestión de eficacia: si el trabajador rinde y se va a su hora, producirá mucho más que si está trabajando a medio gas muchas más horas..

—En la otra cara de la moneda, encontramos personas que están tan comprometidas con su trabajo que el retiro supone perder parte de su identidad, ¿cómo nos ayuda Séneca a entender que vida más allá de la jubilación?

— En esta sociedad nos definimos por lo que producimos. Si te preguntan quién eres, dices: «Periodista». Marx analizó muy bien cómo el hombre se siente alienado cuando no produce. Séneca nos invita a valorar la vida más allá del rendimiento laboral. Para mí, la clave está en dejar tiempo para las aficiones y valorar qué cosas pueden ser productivas en el ámbito personal.