Gabriel Rolón: «La única pareja que vale la pena es la que forman dos personas que pueden estar muy bien solas»

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El psicólogo y psicoanalista Gabriel Rolón, autor de «La soledad».
El psicólogo y psicoanalista Gabriel Rolón, autor de «La soledad».

«Los seres humanos somos complejos. Hoy queremos una cosa y al día siguiente la contraria... Lo sabe quien ha tratado de hacer dieta, de dejar de fumar o se ha propuesto ir al gimnasio todos los días», piensa este psicólogo que llena estadios y teatros. Rolón invita a ver la soledad como una compañía inevitable, desde su propia experiencia

17 mar 2026 . Actualizado a las 08:41 h.

La felicidad, el duelo y la soledad son animales salvajes de compañía, animales salvajes con los que compartimos casa sin ser muy conscientes de ello. El «psicólogo de masas» Gabriel Rolón (La Matanza, Argentina 1 de noviembre de 1961), como algunos llaman a este psicoanalista argentino que llena teatros y estadios de fútbol, ayuda a acercarse a ellos, a perderles el miedo y a acariciarlos con tacto. A verlos con otros ojos; con el cuerpo de la experiencia y el poso de muchas vidas ajenas que se han puesto en sus manos buscando comprensión o un poco de consuelo.

La soledad. Una visita inevitable (Planeta, 2025) es un faro que ilumina de manera intermitente. La soledad puede ser una enfermedad o un refugio, un mal involuntario o una calma elegida, pero es en todo caso, apunta Rolón, una visita inevitable. Entre la soledad no deseada y la elegida hay algo más que circunstancias.

—La anécdota con que comienza «La soledad», la muerte del padre que golpea pero no te ausenta de la consulta, es sobrecogedora. 28 de octubre de 1998, 18.15 horas, ¿fue la primera punzada de soledad fuerte, el impacto de la pérdida del padre?

—Fue la primera vez que sentí una soledad tan inmensa. Era un hombre de 36 años y ya había vivido otras soledades vitales, soledades que tenían que ver con desengaños amorosos, con la adolescencia que se había ido y un montón de sueños que se habían perdido...

—Pero la primera muerte cercana marca, no hay retorno. ¿Por qué este abordar la soledad en primera persona?

—Cuando te encuentras frente a la muerte, el abismo, el sinsentido, te enfrentas a la imposibilidad de simbolizar la impotencia de saber que hay una voz que no vas a volver a escuchar nunca más, un abrazo que no vas a recibir jamás. A mí me colocaron frente a una soledad sin padre, que es eterna. Junto con mi padre se iba el espacio que yo tenía como su hijo. Yo en el libro quería, más que hacer un diagnóstico sobre la soledad, convocar a los lectores a que miraran hacia dentro y se encontraran con esta sensación solitaria. Y el modo de hacerlo más honesto me pareció contar cómo la había vivido yo. Como si les dijera: «Yo les voy a mostrar de qué hablo en mí». «Me voy a exponer en el momento más solitario de mi vida». Y espero que ustedes hagan algo parecido: que se vayan reconociendo en una de las soledades de las que el libro habla y puedan mostrarse ante ustedes mismos ante esas soledades tan desgarradoras que en algún momento tenemos que vivir. Pensé mucho si empezar hablando de mi historia y sentí que esa era la manera más genuina.

—«La soledad no es un sentimiento ni una emoción», aclaras, sino «una realidad inevitable». Es así desde el principio, desde que nacemos, pero a veces tardamos en darnos cuenta.

—Vivimos sin darnos cuenta, más cuando somos grandes, cuando somos adultos, que cuando caemos en la vida. Si miras el rostro de un niño recién nacido o escuchas su llanto, ves que él sabe que está en un mundo solo. Por eso su desesperación, su llanto. Los adultos, con nuestro calor, nuestras caricias, intentaremos que se le olvide por un rato... Pero el chico lo sabe. Mamá logra que lo olvide por un instante, pero en cuanto mamá se va, el chico empieza a llorar. El bebé se enamora de ese engaño. Cuando la madre está, vive en un mundo en el que está protegido. Cuando ella se va, el bebé vuelve a entender que está en un mundo solo, donde necesita de los otros... Piensa en todo ese trabajo que se hace por dejar a un hijo en el jardín de infantes que llaman «la adaptación». Primero va un día solo y queda un rato solo, descansa un día y va otro... ¿Por qué se hace eso? Porque hay que permitir que vaya tolerando poco a poco su soledad, agarrándose de nuevos otros.

—Esa primera soledad, la del bebé que se separa de su madre, es orgánica. Es una soledad que reflejas en otros casos reales. Como el de ese paciente que, por pánico a quedarse solo, elige vivir esclavo de alguien que no le quiere. Es una soledad que angustia, muy frecuente, y que opones a otra soledad, la elegida. ¿Lo importante en la soledad es el adjetivo?

—Sí. A veces el temor al vacío que puede traer la soledad es tan profundo que nos aferramos a aquello que nos hace mal. Es como si te estás ahogando en medio del océano y te agarras al tiburón si pasa... Con la soledad pasa un poco eso. Hay personas que están en vínculos donde no son amados, donde no son bien tratados, pero les asusta más estar solos que en esa compañía que les hace daño. El paciente del que hablas era Julio y me costó muchísimo convencerlo de que no se iba a morir por no estar con su esposa. Es más, de que había una dignidad a construir que iba a ser más agradable con el tiempo... Y de que yo como psicoanalista no lo iba a dejar solo. Esa soledad es diferente a la de las personas que han aprendido a estar solas. Creo que la única pareja que vale realmente la pena es la que forman dos personas que pueden estar muy bien solas. Porque son personas que se eligen no desde el miedo a la soledad, ni desde la angustia ni desde el mandato, sino que eligen estar juntos porque la vida es más bella juntos, no porque sea imprescindible.

—¿Si es necesidad no es amor?

—Bueno, hay una cosa de querer que la persona que amamos nos necesite, ¿no? Y lo decimos... Uno para decir que ama a veces dice: «Te necesito». ¡Es espantoso! La necesidad afectiva es patológica. Una cosa es deseo y otra necesidad. Si es necesidad, «por ti me mato», «aguanto cualquier cosa». Ese es el inicio del camino de mucho sufrimiento, el de la necesidad de amor. En definitiva, cuando uno le teme tanto a la soledad, debe pensar que lo único que hay en la soledad es uno mismo. Si uno le teme tanto a la soledad es que no le gusta quién es; mayor razón para estar solo. ¿Qué pasa que cuando miro hacia dentro me siento mal y necesito taparlo? El asunto es «sufriré, habrá cosas que no me gusten, pero puedo vivir bien conmigo». A partir de ahí, puedo estirar mi mano para ver si otro solitario quiere agarrarla.

—Es habitual imitar patrones familiares, y también lo es rebelarse haciendo lo contrario. ¿Cómo lo explicas?

—De los lugares no hay que huir, hay que irse, que no es lo mismo... ¡Porque uno huye como puede! Cuando huimos emocionalmente del modelo de nuestros padres corremos el riesgo de pararnos en la vereda opuesta, solo por no parecernos. Y cuando eres lo opuesto de lo que fueron tus padres no dejas de estar presionada por el modelo. Cuando dices negro por no decir blanco, no eliges negro; es el modelo que te sigue presionando. La cultura y los modelos, como los padres, presionan... Son demasiados mandatos. Una de las preguntas que te van a hacer los psicoanalistas es «¿y usted qué quiere?». No es una pregunta menor. Porque es un esfuerzo distinguir cuáles son nuestros deseos genuinos en el contexto familiar, cultural y social en el que vivimos. A veces podemos pensar que es un deseo propio la inercia de cumplir un mandato de otros. Decía Kierkegaard que la libertad era el origen de la angustia, Sartre decía algo parecido también. Yo me permito decir algo al respecto y es que la libertad total es imposible. Nadie está libre de voces que lo recorren y le marcan un camino. Somos un conjunto de voces contradictorias que nos dicen voces opuestas. Y a veces queremos algo y al cabo de un tiempo queremos lo contrario, lo sabe alguien que ha seguido una dieta o intentado ir al gimnasio todos los días.

—¿Todos somos tan únicos como parecidos? Todos queremos que nos quieran, por eso a veces nos esforzamos en disimularnos. Para que nos quieran...

—El ser humano, si no es reconocido, difícilmente va a sobrevivir, desde el momento de nacer. Si el bebé llora y nadie lo atiende, se muere. Necesitamos el amor de los demás para vivir. Pero somos seres condenados a hablar, y la palabra introduce la dimensión de la verdad. Un perro no tiene duda de si la perra en celo que levanta la cola quiere sexo. Un hombre y una mujer dudan, dudan siempre. «Me miró». «¿Me miró con rabia o con seducción?». Estamos en duda todo el tiempo. Necesitamos todo el tiempo el reconocimiento de los demás. Por eso una persona le dice a otra a veces «te quiero», solo para que el otro le diga «yo también».

—La diferencia entre un perverso y un neurótico se aclara en «La soledad», que ofrece otra mirada sobre el sentimiento de culpa, como algo no solo negativo, sino a veces también necesario. «Todo el tiempo se nos dice que no debemos sentir culpa», escribes. Y matizas: «Insisto, a veces la culpa es necesaria».

—Los impulsos deben tener un límite, un coto. Es el «no es no» del feminismo. Porque las pulsiones a veces son destructivas. La culpa que uno siente si traspasa el límite es fundamental para poder vivir en una cultura. Lo que es patológico es sentirse culpable por motivos equivocados (por no poder amar por tener que hacerse cargo sin respiro de una madre, por ejemplo). Sentirse culpable por abusar de otro marca la diferencia entre el perverso y el neurótico. Al perverso no le importa saber que algo está mal, lo hace igual. Los demás nos abstenemos de hacer cosas por culpa, o pudor... Es lo que Cynthia Wila [pareja de Rolón] llama en La crueldad «los diques neuróticos». Los que ponen límites a esos impulsos que podrían dañar mucho.