María y Beni, padres de cinco hijos: «Fuimos a por el tercero, y nos vinieron tres a la vez»
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Después de dos embarazos únicos, Beni y María se quedaron en «shock» cuando la ginecóloga les dijo que venían tres. «Como ella no solía llevar embarazos, yo pensé que se estaba equivocando», dice esta madrileña de 37 años
30 mar 2026 . Actualizado a las 08:46 h.La relación de Beni y María siempre ha ido a buen ritmo. Tanto que cuando se han puesto a buscar su tercer bebé, han llegado tres de golpe. Y de ser cuatro han pasado a ser siete en casa. Algo que nunca se imaginaron.
Se conocieron el 7 de enero del 2017. Beni siempre dice que María fue su mejor regalo de Reyes. Sus vidas se cruzaron gracias a una red social, Adopta un Tío, en la que la mujer era quien tenía «el poder» de decidir si iniciaba el chat con el chico o no. El hashtag #ponuncanarioentuvida llegó a todos los rincones gracias a la televisión, y María no se pudo resistir. Hablaron previamente y en enero de hace nueve años se vieron las caras por primera vez. «La verdad, fuimos un poco intensos, porque María justo acababa de regresar de trabajar en el extranjero, estaba en proceso de buscar casa, yo ya llevaba varios años trabajando en Madrid, y a los dos meses le dije: “¿Y si te vienes a vivir conmigo?”. Aceleramos el proceso para saber si esto iba a salir bien o no, y dejarnos de tonterías. Ella me dijo que no tenía nada que perder, y a las pruebas me remito que salió bien», cuenta Beni, mientras le da de comer a uno de los trillizos. En el 2019 se convirtieron en padres por primera vez de Naira, y dos años más tarde de Felipe. En cuatro años ya eran una familia de cuatro, pero no estaba cerrada. Porque si hay una frase que define su relación es «Vamos a tener tantos hijos como nos podamos permitir», apunta Beni, que inmediatamente añade: «Pero nunca esperamos esta situación de tener cinco».
Nunca sospecharon, ya habían pasado por dos embarazos únicos, tampoco había antecedentes de familiares que estuvieran vivos por ninguna de las dos partes, de que podrían convertirse en padres de varios niños a la vez. Ahora, visto lo visto, entienden que «los habrá, pero serán lejanos». Ni lo esperaban ni lo pensaban cuando se pusieron, «como toda pareja», a buscar el tercero, de que iba a venir con sorpresa. Al mes y medio de saber que estaba embarazada, María decidió ir al médico para comprobar que todo estuviera en orden. Beni se quedó con los niños, y María fue sola al ginecólogo pensando que sería una visita rutinaria. «Al ser el tercero tampoco teníamos gran prisa, sabíamos que el proceso es lento, y que era cuestión de esperar, que ya tendríamos tiempo de ver ecografías. Simplemente para tener una foto que enseñarles a los mayores fui a la ginecóloga, la primera que vi disponible, porque por la Seguridad Social me daban para el mes siguiente», cuenta María. Al llegar a la consulta, la médica le dijo que no llevaba embarazos, algo que no le importó demasiado, ya que el objetivo era básicamente llevarse una ecografía que enseñar. «Vio el primero, y me dijo que estaba todo correcto y que íbamos a comprobar que el resto estuviera todo bien. Se puso a mover el palito y me dice: “María, tengo una noticia para ti. ¡Que no es uno, son dos!”. Y yo le dije: “¿Dos qué?”. “Son dos bebés, hay dos latidos”. Yo pensé para mí: “Esta mujer que no hace normalmente embarazos no debe de estar apuntando bien”».
Pero la cosa no acabó ahí y la ginecóloga le pidió permiso para avisar a una compañera. Y cuando las dos comprobaron que todo estaba correcto, le soltaron: «¡Que no son dos, que hay un tercero!». Su primera reacción fue pensar que «estaban de coña», pero el monólogo de la doctora no apuntaba en esa dirección. «¡Esto es la primera vez que me pasa en toda mi carrera! ¡Esto es una maravilla! ¡Es un milagro!». «No sé, el milagro igual lo veo mañana, hoy estoy viendo como todo muy negro», pensó en ese momento ella, que con los nervios se dejó los papeles y la tarjeta en la consulta.
CONTÁRSELO A BENI
Salió de allí un poco en shock, pensando en cómo decirle a Beni lo que les venía encima. No sabía si decírselo en persona o darle un anticipo por teléfono, porque le había costado convencerle de ir a por el tercero, y que llegaran tres iba a ser un golpe grande. Decidió llamarlo para que tuviera margen de reaccionar de la mejor manera cuando se encontrasen. «Le dije que si podía alejarse de los niños, y estar solo. Él pensaba que había pasado algo con el embarazo, y me soltó: “No te preocupes, no pasa nada”, y le dije: “No, que no es uno, que son tres”. Y me respondió: “Ya lo sé, que es el tercero”. E insistí: “Que hay tres”, y enseguida me dijo si estaba de coña”». María se fue a hacer la compra porque él le pidió unos momentos para pensar, y ella se imaginó que al volver estaría «con un humor de perros». Sin embargo se encontró con que había resuelto la logística de los próximos meses. «Somos un equipo, de aquí solo vamos para arriba, mientras estemos juntos todo lo demás está bien, que los problemas sean estos», fueron las palabras con las que la recibió, además de detallarle punto por punto cómo resolverían la situación: «Lo único que hay que cambiar es el coche».
El embarazo transcurrió sin miedos ni preocupaciones. Se cuidó especialmente por los riesgos que implicaba que fueran tres, y en las revisiones solo recibían buenas noticias. Hizo ejercicio hasta el último momento, y aunque era una barriga grande, asegura que «podría haber sido más». Dalia, Gara y Aday, dos niñas y un niño, que llegaron al mundo en la semana 34, seis días antes del máximo permitido para un embarazo triple, porque una de las niñas estaba creciendo un pelín menos. El parto también lo vivieron con tranquilidad. Vivir al lado de La Paz, «que cuenta con una de las mejores profesionales para estos casos», ayudó mucho. Se sintieron en todo momento muy arropados y en muy buenas manos, y con la mentalidad de que nada podía salir mal, porque lo tenían «todo bajo control». Y no pudo ser de otra manera. Salió todo de maravilla, pero eso no evitó que los bebés tuvieran que quedarse ingresados.
«El primer cambio con respecto a tener un solo hijo es que con trillizos no te llevas a nadie a casa, esa parte es muy dura, probablemente la que más, a pesar de que lo sabíamos de antemano. No estamos hablando de unos días, sino de semanas. Salir solos del hospital fue devastador. Sabías que estaban en buenísimas manos, pero creo que no he llorado tan intensamente como en ese momento. Qué difícil es llegar a casa después de un embarazo sin bebé».
MALABARES CON LOS CINCO
Pasado este duro trance, la salida de los bebés fue escalonada por lo que se hicieron a la situación poco a poco. Estuvieron tres semanas yendo a diario al hospital, tiempo para manejarse con todos los cuidados que necesitaban. Cuando a los 21 días les dieron el alta a las niñas, estaban preparadísimos para coordinarse, porque, además de atender a los dos mayores, «que afortunadamente estaban en el cole», y los dos recién nacidos, uno de los dos tenía que seguir yendo a visitar a Aday. «Ha sido una época de padres separados, porque durante el día uno se quedaba con los dos, el otro se iba a ver a Aday. Cada día ibas haciendo malabares. “¿Tú qué prefieres? ¿La tranquilidad de estar solo con Aday, aunque estar en el hospital implica no comer a la hora normal, no tener tu baño o ducha... o quedarse en casa, con todo lo que se necesite del exterior, si hay que ir a la farmacia, compra o cualquier recado, te toca a ti?”».
Las primeras semanas siendo siete dice que han sido un poco trampa, porque las niñas «son más nerviosas» que Aday, y apenas han notado cambio cuando el niño abandonó el hospital. «Ahora que estamos dos para tres es difícil, dormimos muy poco, pero... ha habido un respirito respecto de estar uno con dos», explica María, que aun así asegura que las rutinas requieren de una organización «militar» y unos hábitos muy cerrados para que todo funcione bien. No oculta que la ayuda de los abuelos, que por las tardes les echan una mano, facilita mucho la situación. «El momento de la noche es el único en el que todo está permitido y nos dejamos llevar un poco. Si hay mal rollo, se olvida por la mañana. Esa es la regla número uno: para que esto funcione, tenemos que estar los dos bien, y en el mismo equipo. Solamente por la noche permitimos separar equipos», dice María.
Lo que peor llevaba ella era escucharlos llorar y no tener manos para calmarlos. Ahora, su cuerpo se ha ido acostumbrando y entiende que no pasa nada porque «están en un ambiente seguro». Además, confiesa que están desarrollando habilidades que desconocían. Ya han encontrado la manera de calmarlos a los tres a la vez. «Somos capaces de mover dos moisés con ruedas con los pies mientras estás dando de comer al otro, con lo cual tienes a los tres callados», indica María, que aunque se imaginaban que iba a resultar una catástrofe y que los mayores lo gestionarían fatal, la realidad es que «lo están llevando muy, muy bien», y que incluso están cumpliendo con las medidas preventivas que están implantando para evitar contagiar a los trillizos.
María tiene claro que la sociedad no está preparada para tener varios hijos a la vez. Solo hay que escuchar la odisea que han vivido para conseguir la tarjeta de familia numerosa, o todos los papeles que hay que rellenar, «que están pensados para tener máximo dos hijos». Quien sí lo tiene presente, y menos mal, son sus respectivas empresas, donde cuentan con puestos de responsabilidad, y tienen bastante flexibilidad para conciliar, aunque a veces también implique trabajar fuera del horario habitual.