Roberto Pérez, campeón internacional de oratoria en español: «Para dar un buen discurso tienes que ser esclavo de tus ideas, no de las palabras»

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XOAN CARLOS GIL

Con un discurso de siete minutos explicando que todo en la vida son procesos, y en el que concluyó que tender la ropa tiene su ciencia, Roberto, afincado en Vigo, se impuso a personas que llevaban años preparando su intervención. «Tuve la suerte de conectar con el público», dice

06 abr 2026 . Actualizado a las 19:57 h.

Nació en Alemania, creció en Burgos, y echó raíces en Galicia. Roberto Pérez Marijuán (Alemania, 1967) lleva más de 30 años viviendo en Vigo, desde donde ha conquistado al mundo con su voz, ya que en mayo del año pasado se convirtió en campeón internacional de oratoria en español, con un discurso que acabó ejemplificando la ciencia que tiene tender la ropa. «En la primera fase quedé muy insatisfecho. Quedé de segundo, —había dos plazas para la siguiente ronda—. En Madrid, ya fue jugar en primera división, pero tuve la suerte de que conecté con el público, y conseguí la única plaza que había para el internacional. En la final, en Rabat, me encontré con personas que llevan años preparando su intervención. Yo estaba alucinando. De nuevo, conectar con la gente a nivel emocional fue lo que me dio el campeonato. Recordaré toda mi vida que cuando bajé del escenario se me acercó una chica marroquí, y me dijo en inglés: “No he entendido nada de lo que has dicho, porque no hablo español, pero tu intervención respiraba verdad”. En el momento que tú conectas, las palabras dan casi igual», asegura. 

—¿Cómo planteas un discurso ganador? ¿Qué no puede faltar?

—No puede faltar un inicio que enganche. La única manera de tener un discurso ganador es conectar con el público. Si no, no tienes absolutamente nada que hacer. La conexión muchas veces se hace a través de la emoción. Porque pensamos en un discurso como una forma racional de transmitir una información. Y la emoción es la puerta de acceso a la memoria. 

—¿Se nota cuando conectas?

—Para eso tienes que tener cierto nivel. Normalmente, la mayor parte de la gente, cuando habla delante de un público, se pone como una especie de velo negro por delante. Se meten hacia dentro, están tan pendientes de lo que quieren decir que no son capaces de observar la reacción de la gente, y esto te lo dice todo. Cuando está conectada, están inclinados hacia delante, ves que sus rostros denotan interés, se ríen si haces una broma, o se ponen serios cuando haces una pregunta. A través del lenguaje no verbal se puede saber qué piensa.

 —Si hay una desconexión, ¿se puede rectificar? ¿O están perdidos?

—No, siempre se puede. De hecho, es muy difícil que más allá de 20 minutos, la gente esté pendiente de todo lo que dices. Se producen microviajes. Tú hablas de comprar y alguien dice: “Es verdad que tengo que hacer la lista de la compra”. Puede llegar un momento en el que tengas un auditorio presente de cuerpo, pero completamente ausente de mente. Para rectificar se puede levantar la voz en un momento determinado, o todo lo contrario, hablar bajito, y todo el mundo de repente se conecta. También utilizar, si tienes, imágenes, para apoyar tu presentación. Hay un montón de técnicas para conectar otra vez con ellos.

 —¿Pesa más la emoción o la estructura?

—Las dos son importantes, pero si me tengo que quedar con una, es con la emoción. Solamente aquellas cosas que nos provocan una emoción son susceptibles de quedar en nosotros, de que las recordemos. Lo demás nos deja indiferentes, y no lo vamos a recordar.

 —¿No somos capaces de estar concentrados más de 20 minutos?

—Sí, y mucho menos. El proceso de atención es superexigente. Nuestro cerebro, que es el 2 % de nuestro cuerpo, consume el 20 % de la energía. Nuestro cerebro está constantemente buscando estrategias para ahorrar esa energía. Tenemos que ofrecer algo de mucho interés para que los cerebros de las personas que nos están atendiendo estén dispuestos a gastarla para quedarse con lo que estamos compartiendo.

 —Me imagino una clase... ¿Sería interesante que cada 20 minutos hubiera un cambio?

—Eso, para los que somos de generaciones anteriores. Para los de ahora, cada 10 minutos tienes que hacer cosas distintas.

 —¿Se ha reducido a la mitad?

—Ahora mismo la atención de las generaciones jóvenes es mucho menor que la que teníamos antes. Porque están sometidos desde niños a multitud de estímulos. Es muy difícil concentrarse. De hecho, nos pasa ya a nosotros, a los que venimos de generaciones anteriores. Leer 20 páginas de un libro seguidas, sin distraernos, es casi, casi una heroicidad. Tienes que hacer como con la música, una especie de baile con la mente de quienes tienes enfrente, de tal manera que la emoción suba y baje. Que les lleves de la mano por ese camino, a través de tus palabras, desde donde están hasta donde les quieres llevar.

 —¿Escribes palabra a palabra o trabajas sobre ideas clave?

—Mi socio Santiago Martínez tiene una frase maravillosa que lo define perfectamente: «Nunca puedes ser esclavo de las palabras, tienes que ser esclavo de las ideas». Y cuando te pones delante de un público, tienes un montón de sustancias circulando por tu torrente sanguíneo: serotonina, dopamina, cortisol... que tienen un efecto sobre ti. Cuando tienes un discurso supuestamente memorizado, esas sustancias hacen su trabajo y como se te olvide una palabra, estás muerto. Tu cerebro te dice: «Ya sabía yo que te ibas a quedar parado». Empieza un discurso interno, que hace que te quedes bloqueado. Sin embargo, cuando eres esclavo de las ideas, lo que vas a hacer es transmitir, en algunos casos, una idea.

 —No más.

—Máximo, tres. Odio a las personas que dicen: «Os voy a contar las diez claves...». Si me cuentas las diez, estoy seguro de que al salir, si haces un examen, me acuerde de una o dos. Si tú eres esclavo de tus ideas, en algunos casos las dirás de una manera y en otros de otra, pero las transmitirás. Cuando eres esclavo de las palabras, las posibilidades de bloquearte crecen de una manera exponencial.

 —¿Qué debe tener un buen orador?

—Un mensaje que transmitir, y después una necesidad enorme de transmitirlo. Tengo una referencia que me parece brutal, Iago Pérez Santalla, un gallego con parálisis cerebral. La primera vez que vi una intervención suya acabé llorando. Cada palabra que salía de su boca parecía que iba a ser la última. Se notaba una necesidad tan enorme de sacar eso que tenía dentro, que ese esfuerzo lograba hacer que se entendiese. Cuando una conversación con él es difícil, porque hay esa desconexión entre el cerebro y los músculos. Para que alguien sea un gran comunicador tiene que tener todo el foco puesto en el mensaje que quiere transmitir y en las personas que tiene delante. Cuando te olvidas de ti y te centras en eso, la comunicación fluye y aparece la magia.

 —¿Qué diferencia a un buen orador de uno inolvidable?

—El impacto que tiene el mensaje en ti. Hay oradores correctos, que tienen técnica, pero la diferencia es la emoción. Si son capaces de llegar a tu corazón, son capaces de hacer, fíjate, la oratoria persuasiva, que consigue cuatro cosas fundamentales: podemos conseguir que la gente piense algo que no pensaba antes, que deje de pensar algo que estaba pensando, que haga algo que no estaba haciendo, o que deje de hacer algo que estaba haciendo.

 —¿Es más complicado hablar ante un público reducido o numeroso?

—Para mí es más fácil hablar delante de un gran auditorio. Cuantas más personas, más fácil es imbuir en ellos una emoción. Esto no es científico, pero es una sensación que he tenido siempre. Yo cuando doy una charla agrupo a la gente, si dejas que se coloque sola, dejan espacio entre ellos. La única manera de conectar emocionalmente con una audiencia es sentir tú la emoción: indignación, ansiedad, felicidad, miedo... Cualquier cosa que tú puedas sentir en ti, eres capaz de comunicárselo sobre todas las personas que tienes cerca. Si tú conectas con esa primera fila, la primera fila se conecta con la segunda, con la tercera. Pasa mucho en los mítines. Los políticos intentan traer a mucha gente, porque es más fácil que un gran número de personas haga algo, se pongan en un estado emocional, que hacerlo con una persona. Lo que pasa es que a mucha gente le entra miedo al tener delante una gran audiencia.

 —¿Cómo se gestionan esos nervios?

—Gestionándolos. A nuestras clases en Elocuencia viene gente a que le quitemos el miedo de hablar el público. Y yo les digo: «Abandonad toda esperanza». No se quita nunca. Lo entendí hace muchos años cuando leí una entrevista a Pavarotti. Había cantado en los mejores auditorios del mundo, más de 500 veces La Traviata, y antes de salir al escenario había veces en las que vomitaba. Lo que tienes que hacer es resignificarlo. Muchas veces en la vida todo consiste en engañarse. Nos podemos engañar de manera negativa diciendo tengo miedo a hablar en público y seguro que me voy a quedar en blanco. Y entras dentro del síndrome de la profecía autocumplida. O puedes decir: estoy superemocionado por tener la oportunidad de que esta gente reciba esto que tengo que darles. El nivel de engaño es el mismo. La diferencia está en el efecto que tiene sobre lo que vas a hacer después.

 —¿Hay relación entre la velocidad del habla y la inteligencia?

—Hay un montón de inteligencias. Pero en el caso de las personas que tienen más desarrollada la verbal son capaces de hablar más rápido y son, además, capaces de utilizar un lenguaje más preciso. Estamos hablando de algo supercomplicado que es codificar el pensamiento.

 —¿Un discurso ganador tiene que ser universal y no personal, o al revés?

—Tiene que ser personal, pero universal. Gané el concurso con una idea muy simple, la de que todo en la vida son procesos. Cuando no obtienes los resultados esperados, no te tienes que fijar en la meta, sino en qué parte del proceso no está funcionando. Y para ejemplificarlo lo conecté con una discusión típica de casa sobre «si tú haces más que yo, si yo hago más que tú». Mi mujer me había dicho que yo no tenía ni idea de tender la ropa, y yo le dije: «Hombre, habrá que tener una carrera» y me contestó: «Sí». Me demostró que efectivamente tiene una ciencia. Entendí que era una parte de un proceso más grande que empieza cuando nos desvestimos, echamos la ropa en el cubo y termina cuando la tienes planchada en el armario. Contaba esa anécdota para transmitir una idea que tiene una cierta complejidad y que tiene una capacidad de que la gente mejore en cualquier aspecto de su vida. A través de lo personal conecté con lo universal.

 —¿Quién destaca ahora mismo por ser un buen orador?

—Me fascina el doctor Mario Alonso Puig. Para mí reúne algunas de las grandes características de un orador excepcional. Primero, por el mensaje. Y segundo, porque hace algo que me parece fundamental: transmite su conocimiento de diferentes maneras. Es esclavo de sus ideas, pero no de sus palabras. No sé cuántas conferencias puede haber de él en internet, pero no encontrarás dos iguales. Hay ideas similares, se pueden repetir anécdotas, pero son diferentes. Porque adapta su comunicación a la audiencia que tiene. No hace la misma conferencia delante de ingenieros que de médicos. Habla de manera pausada, calmada, pero cambiando la modulación de la voz.