Marina ha sido madre después de perder a su primera hija: «Sigo teniendo a Marina muy presente, y por momentos he sentido culpa»

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Después del duelo por su primogénita, Marina ha tenido a Elena, hoy de 20 meses, y a Manu, de seis. Dos niños sanos con los que ha podido sentir lo que es ser una «madre normal». «Es una gozada, hasta lo más pequeño para mí es enorme», asegura

28 abr 2026 . Actualizado a las 12:05 h.

Soñaba con sentirse una madre normal media hora al día, y ahora que lo está viviendo, confiesa que «no somos conscientes de la suerte que tenemos las madres normales», las que no tienen ninguna enfermedad en casa. Hace tan solo seis meses dio a luz a su tercer bebé, Manu, un niño que vino a completar, de momento, la familia que siempre soñaron Marina y Manu, que además son padres de una niña, Elena, de 20 meses. En tres años su vida ha girado 180 grados. «Ahora tenemos una vida normal», confiesa Marina, que añade: «Esto es una gozada, hasta lo más pequeño para mí es enorme. Y eso que Marina tampoco estuvo mucho tiempo con nosotros».

 Marina Bazarra se tuvo que despedir hace casi tres años de su hija Marina de tan solo 16 meses. El año y pico de vida de su hija no fue una maternidad soñada. Marinita, como la llaman cariñosamente, «nació medio muerta, era como un trapo, no se movía, la tuvieron que reanimar, se la llevaron a la uci. A raíz de ahí, se vio que la niña tenía muchas cositas raras, y todas en conjunto llamaban la atención, por eso le hicieron las pruebas genéticas, que arrojaron un diagnóstico: una mutación del gen NALCN, lo que origina el síndrome Clifahdd». Los 16 meses de vida los pasaron de médico en médico, intentando que la pequeña estuviera lo mejor posible dentro de la situación. No es la paternidad ni la maternidad que se imaginaron cuando se enteraron de que iban a ser padres en su luna de miel, pero intentaron no pensar mucho en la situación que les había tocado vivir y llevar una vida lo más normal posible. «Yo se lo digo muchas veces a Manu —nos contó hace tres años Marina—, no ganamos nada preguntándonos por qué a mí, nunca vas a saber por qué ha pasado esto, solo tienes una opción que puedes cambiar, que es la manera en la que decides vivir esto. Yo es a lo que me agarro, no puedo cambiar la vida que tengo a día de hoy, aunque me gustaría, pero puedo cambiar cómo enfrentarlo». Marina siempre se permitió vivirlo con naturalidad, y si tenía que caer y desahogarse, porque la situación estaba al límite, lo hacía, incluso a través de las redes sociales. Siempre fue partidaria de visibilizar lo que estaban viviendo, y esa cercanía tuvo sus frutos, porque sus seguidores estuvieron pendientes de la niña hasta el final. «Fue una luchadora hasta el último minuto, que ya estábamos todos deseando un poco el desenlace, era como “por favor, que acabe ya”, y ella estuvo ahí venga a luchar. Gente que no conozco de nada me lo ha dicho, su vida ha tocado muchísimo corazones, y es una vida aparentemente inútil, de mierda, pero ha tocado corazones que ni una persona sana».

Los dos últimos meses fueron duros. A raíz de un viaje que hicieron a Roma, donde la niña sufrió una parada cardiorrespiratoria, ella empezó a pensar que en cualquier momento se podía ir. «La niña estaba muy malita, había adelgazado mucho... Yo siempre he preferido prepararme, aunque sea dos meses. Pero nada te quita el dolor. Mucha gente para consolarte, te dice: “Ya está descansando”, sí, pero eso no te quita el dolor grandísimo. Y aunque me alegro de que ese sufrimiento terminara, tanto el suyo como el nuestro, no te quita que ya no la tengo entre mis brazos. A lo mejor veo algo de ropa suya, o de cosas que ella usaba... Y se me viene el mundo encima», revela Marina, que durante más de un año, tras el fallecimiento de su hija, tuvo que dormir en el sofá con la tele puesta. No podía estar en la cama porque la única imagen que se le venía era la del momento de su muerte. 

INCERTIDUMBRE Y MIEDO

A Marina no le cuesta hablar de su primera hija, aunque a la gente de su alrededor le da miedo sacarle el tema. Al contrario. «Para mí hablar de ella es honrar su memoria, su corta vida. Estoy deseando hacerlo, aunque llore, es normal. Sé que la gente lo hace con buena intención para no meter el dedo en la llaga, pero para mí es honrar su vida y quiero hacerlo hasta el día que me muera». Y aunque son muy pequeñitos, Elena y Manu escuchan hablar de su hermana. «Tengo de fondo de pantalla en el móvil una foto suya, y Elena la mira y le da besitos. Y hay fotos en casa. Quiero que sepan que tuvieron una hermana que luchó hasta el final».

Siempre tuvieron claro, incluso cuando vivía Marina, que querían tener más hijos, pero por los cuidados y la atención que requería la pequeña no tenían espacio para atender más vidas. Cuando falleció Marina, en julio del 23, estuvieron unos meses teniendo cierto cuidado para no ser padres porque consideraban que no era el momento. Tenían que acostumbrarse a que no estuviera en casa, a vivir donde ella había estado. Pero pasado ese tiempo, pensaron: «Si viene, pues viene, y si no, pues no pasa nada». Y ese mismo mes se quedó embarazada de Elena, y cuando la pequeña tenía cinco meses, se quedó de Manu. «Han venido un poco de sorpresa, sin buscarlo», apunta.

El embarazo de Elena, reconoce, lo vivió con pánico. «Antes de saber que lo estaba, ya tenía superasumido que el miedo me iba a acompañar constantemente, y no solo en el embarazo, sino ya toda la vida. Llegué a la conclusión de que luchar contra ese miedo era un poco absurdo, porque creo que se pierde mucha energía, ya que va a estar por mucho que haga lo que sea. Entonces dejé que se convirtiera en compañero». Sabían, porque así lo confirmaron las pruebas genéticas, que lo de Marina había sido una mutación, que era raro que se volviera a repetir, y aunque en cada revisión le confirmaban que todo estaba perfectamente, ella hasta que tuvo a la niña en brazos no estuvo tranquila. «Puede venir otra enfermedad, que pierda al bebé... Pueden pasar muchas cosas», dice Marina, que por su profesión de enfermera sabía perfectamente los riesgos a los que se enfrentaba.

Toda su familia prefería la llegada de un niño, pensaban que de ser otra niña, las comparaciones iban a estar siempre presentes, pero ella quería quitarse la espinita de ser madre de niña, aunque lo importante para todos «es que viniera sano». Y el verano del 2024 llegó Elena. Una gran ilusión que ayudó a recolocar en cierta manera todo el dolor. «Al tener una niña sana, fui más consciente de lo mal que estaba Marina, que no lo era tanto cuando vivía. Pero al ver cómo va creciendo, cómo se va comportando... inevitablemente vas comparando sin querer», cuenta Marina, que confiesa que la sigue teniendo presente todos los días, aunque tenga la ilusión de cuidar a otra hija. «Por momentos sentí que la estaba traicionando, que sé que no es así, pero he tenido que lidiar un poco con ello».

Apenas hacía cinco meses del nacimiento de Elena, cuando se empezó a notar el pecho «raro», y enseguida se hizo una prueba, que confirmó su intuición. El segundo embarazo lo vivió algo más tranquila, pero el miedo, su nuevo compañero de vida, estaba ahí, aunque más pequeñito. «Pero nada que ver con el de Elena, mucho más tranquila. Además, me han seguido viendo en medicina fetal, hay muchos más controles, y eso a mí me da paz».

Ella, que quería ser madre normal, se ha juntado con dos bebés en casa que apenas se llevan 14 meses. «A día de hoy, no es muy normal, entonces no sé si sigo siendo una madre normal —bromea—. Tiene sus cosas buenas y malas, por así decirlo. Son muy pequeños, se llevan muy poco, y dan mucho trabajo. Pero también me gusta. Creo que va a ser bonito cuando sean un poquito mayores. Además, tampoco tengo tiempo para enredarme con pensamientos tristes. Ha pasado tiempo, pero todavía sigo con mi duelo. Ahora estoy yendo a unos talleres. Tener la cabeza ocupada, el no aburrirse, también hace que piense: “¿Oye, no me puedo dejar llevar un poco?”, seguir con la vida y ya está, aunque me acuerde de ella. Es una maternidad muy distraída, pero es divertida y bonita», explica Marina, que no cierra la puerta a una nueva incorporación. «Con un poco de responsabilidad, obviamente, pero dejamos que la vida fluya un poco. Si viene un regalo, nos viene... Estamos en ese momento ahora, igual en tres meses cambio de opinión».

Ser madre de nuevo, y cumplir ese sueño, nunca le va a borrar lo que vivió con Marina, aunque tenga que escuchar ciertos comentarios inoportunos. «Uno de los médicos que vino a certificar la muerte de Marina, con la niña de cuerpo presente, me dijo: “No te preocupes, que eres muy joven”, me molestó mucho y era una mujer. Me quedé planchada. Ningún hijo sustituye a ningún hijo. Ese hueco que ha dejado Marina no lo va a cubrir ni Elena ni Manu. Cuando nos encerramos en el dolor y en el miedo, podemos perdernos muchas cosas buenas de la vida. Manu y yo decidimos que íbamos a afrontar lo que viniera. Pero es decisión de cada uno. Igual hay quien piensa que no quiere arriesgarse a sufrir más. Yo lo respeto muchísimo, pero mi planteamiento ha sido el contrario. Si la vida me trae algo bueno, no me lo quiero perder. Si tengo que aprender a vivir con miedo, creo que es mucho más sano eso».

Elena empezó en la escuela infantil en septiembre, una etapa que Marina está descubriendo y que le parece «maravillosa». «Te paras a pensar y dices: “Esto es lo que estaba deseando”. Ahora valoro cada detalle, lo valoro muchísimo más, a lo mejor le digo a alguien: “Mira lo que ha hecho mi hija”, y es como: “Bueno, ya...”. Pero para mí es superguay. En Navidad, hicieron un Belén viviente, ella iba de burrito. Yo la veía con otro niño, y dije: “Es que esto es maravilloso”. No nos damos cuenta de la suerte: una niña que hace de todo, que se ríe, que me llama “mamá”... Tenemos un buen follón, la casa manga por hombro, pero estamos felices».

Una felicidad más que merecida.