María Corbacho perdió 50 kilos: «Llegué a pesar 105. Me miraba al espejo y no me reconocía»
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Cuando tenía 21 años, su cabeza hizo clic y comenzó a mejorar su relación con la comida. Tardó tres años en conseguirlo: «Un endocrino me dijo que tenía los huesos anchos y que siempre iba a ser gorda»
08 may 2026 . Actualizado a las 08:38 h.María Corbacho tiene ahora 35 años y una relación sana con la comida. Pero no siempre ha sido así. Antes, comer le servía de válvula de escape. Ni siquiera era consciente de lo mal que comía hasta que llegó un momento en que se dio cuenta de que no podía seguir de esta manera. «Siempre he tenido tendencia al sobrepeso, desde niña. No comía de nada. Y en casa, si decía que no quería verduras, me daban otra cosa solo para que comiese. Con 12 y 13 años ya tenía una tendencia al sobrepeso importante», comenta esta mujer con raíces gallegas, concretamente, en Soutomaior. Intentó muchas veces hacer dieta, pero el problema era más profundo y psicológico. Tenía que cambiar su relación con la alimentación y realizar un cambio de mentalidad en su vida. La situación no mejoró con la adolescencia y los primeros años de juventud. Todo lo contrario. «La comida era mi salvavidas, porque me junté con gente que no me quería bien.
En un determinado momento me puse a comer y a comer. Intentaba resolver las cosas refugiándome en la comida», indica. Hasta que llegó un momento en que ni ella misma se reconocía: «Con 21 años llegué a pesar 105 kilos. Me miraba al espejo y no me reconocía. Estaba en una etapa complicada y comía por impulso. Bebía dos litros de refresco de cola al día, no bebía agua, me centraba en comer pasta refinada... empezaba una dieta y a los cinco o seis días ya me aburría». En ese momento, decidió ponerse en manos de profesionales, pero no le fue bien: «Tuve la malísima suerte de no encontrar una persona que realmente supiera llevarme, porque sacar una dieta de un cajón es muy sencillo, pero saber guiar a una persona que no tiene una buena relación con los alimentos no es fácil. Fui a un endocrino y me dijo que tenía los huesos anchos y que siempre iba a ser gorda. Que era mi constitución». Como era de esperar, María no se podía creer lo que le estaban diciendo: «Eso fue un shock para mí. ¡Imagínate! Vas pidiendo ayuda porque sabes que tienes un problema y te dicen eso».
No podía caminar
Ella comenzó a darse cuenta de la necesidad que tenía de adelgazar, ya no por sentirse mejor, sino por que su sobrepeso le estaba provocando problemas de salud. «Yo quería mejorar y cambiar, porque me limitaba, no podía andar ni un kilómetro, igual me tenía que sentar diez veces. Ya no podía llevar una vida normal. Era terrible», relata. Pero un par de meses después, algo le hizo clic en su cabeza y decidió tomarse su salud en serio. Aunque fuera sin ayuda. Y fue así cómo comenzó una auténtica revolución personal para ella. «Cambié el chip y me mentalicé de que el cambio tenía que ser para siempre. Lo que más me costó no fue perder 50 kilos, sino modificar los hábitos que tenía y mi relación con los alimentos. Me hubiera gustado encontrar a alguien que supiera llevarme, porque hubiera sido todo mucho más sencillo. Pero lo hice por mí misma y tardé tres años, aunque siempre con la idea de que el cambio tenía que ser para siempre», recalca.
Primero, frutas
Fue así como dio sus primeros pasos en este desafío. «Al principio lo que hice fue analizar cómo comía. Me di cuenta de que me alimentaba a base de fritos, refrescos y pasta... Lo de eliminar los refrescos fue lo que más me costó. Entonces, empecé a incorporar primero frutas a mi dieta y, luego, las verduras que me gustaban o que, al menos, podía tolerar. Y proteínas más limpias. Yo, en ese momento, comía carne. También incorporé legumbres y poquito a poco fui integrando estos alimentos en mi día a día», explica. Otro de los aspectos que le ayudó es que empezó a hacer deporte: «En esa época, solo hacía el que podía gestionar. Porque tenía mucho dolor de rodillas. Era terrible. Pero fue pasando el tiempo y ya me animé a hacer fitness. También buscaba recetas y las adaptaba un poco a lo que me gustaba. Así me iba motivando». Y pone algún ejemplo sobre cómo consiguió reeducar su paladar: «Odiaba la coliflor con todo mi corazón. Y lo que hice fue empezar a comerla con bechamel y queso. Luego, le quité el queso. Y más adelante, la bechamel. Fui haciendo una reeducación del paladar, que también se puede hacer de mayor, pero me costó mucho tiempo».
María intentaba marcarse metas a corto plazo, porque al principio le obsesionaba el peso que marcaba la báscula y temía que la desmotivación jugara en su contra: «Obviamente, la primera meta era perder 50 kilos, pero eso no se consigue en dos semanas. Y si te marcas metas a largo plazo, lo normal es que termines dejándolas. Entonces, opté por ponerlas a corto». Y así logró pequeñas recompensas que la animaban a seguir: «Hay una que recuerdo con mucho cariño. Mi hermana trabajaba en ese momento en una tienda de ropa y me había propuesto comprar algo en su tienda que me sirviera. Y lo conseguí. Fue una camisa oversize, que aún conservo. Le tengo mucho cariño. Porque era la constatación de que estaba logrando mi objetivo».
Ese cambio de mentalidad no solo ayudó a María a mejorar su salud y su aspecto físico. También su autoestima: «Unos meses antes de iniciar mi cambio, conocí a una chica a la que le estaba contando mis cosas. Un día le pregunté si podía salir con ella, porque no tenía muchas amigas, y ella me contestó que le daba vergüenza que la vieran por la calle conmigo. Ese rechazo tan grande me inquietó mucho. Pero cuando adelgacé, esa misma persona me ofreció salir a tomar algo con ella, entonces le respondí que ahora era yo la que no quería. Aún ahora, sigo viendo a gente que desplaza a otra por el simple hecho de que está gorda. Es terrible».
Escritora y dietista
Este cambio de mentalidad y de actitud también le abrió las puertas profesionales. Primero con la publicación del primer libro ¡Haz clic y vive sano!, donde relata todo el proceso por el que pasó: «Lo escribí porque en ese momento no había muchos libros que te contaran que puedes cambiar tus hábitos, que te explicaran cómo reeducarte y reconciliarte con el deporte y contigo misma. Si hubiera leído en esa etapa un libro así, me habría sentido más acompañada. Así que pensé que mi experiencia podía ayudar a otras personas». Luego llegó el segundo libro, ¡Haz clic y cocina sano! y el tercero, ¡Vida sana! Desde la infancia y para siempre. Todos ellos de la editorial gallega Hércules. «Cuando terminé el primer libro, estaba en casa abriendo la caja de los ejemplares y le dije a mi padre, que qué fuerte era todo esto. Él me respondió: “¡Qué fuerte es lo que has conseguido! Porque si me lo dicen hace tres años, no me lo creo”. Y para mí fue un orgullo».
Ahora María es dietista y ayuda a otras personas a reconciliarse con la comida. «Podría haber tomado un camino fácil, porque fui muy activa en redes sociales y muchas marcas me contactaron y era dinero fácil. Pero pensé que lo que de verdad quería es ayudar a la gente siendo una profesional y sabiendo de lo que estoy hablando, no vendiendo cualquier cosa». «Entonces, me formé y aquí estoy. Trabajo de dietista y colaboro mucho con psicólogos en psiconutrición, que es un pilar fundamental para la gente que tiene una mala relación con la comida. La verdad es que el clic que hice en ese momento me cambió la vida por completo. Fue una auténtica revolución», concluye.