Gloria Labay, la matrona de las mujeres sin hijos: «Tuve cuatro embarazos y los perdí todos en la octava semana»
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Gloria es matrona desde que tenía 33 años. Ella siempre ha estado rodeada de vida y ha compartido con los padres los momentos más íntimos del nacimiento de un bebé. Es una profesión que no cambiaría por nada porque es vocacional, pero mientras ayudaba a las madres a traer hijos al mundo, ella también anhelaba lo mismo. «Pensé que la maternidad llegaría a mi vida de una forma natural. Creía que era fácil, no veía que fuera tan complicado ni que iba a tener abortos», comenta esta matrona de Barcelona. Porque ese fue el principal problema que tuvo para lograr su deseo de ser madre. «Me quedaba embarazada, pero los perdía sobre la octava semana. En teoría todo estaba bien, pero los perdía. Entonces, me pasé a la reproducción asistida y ahí hice uso de óvulos de donantes. Me quedé embarazada de nuevo, pero también lo volví a perder. Estuve siete años intentándolo de forma natural y por reproducción asistida, pero no hubo manera», reconoce. «Tuve cuatro pérdidas, todas ellas en el primer trimestre. La primera vez piensas que es mala suerte, porque es frecuente. Y como matrona sabía que un 15 % de los embarazos acaban en aborto. Entonces, no me afectó, aunque siempre te ilusionas», dice. «La segunda vez me quedé ya un poco extrañada, pero me hicieron un montón de pruebas y no salió nada. Y luego ya me separé de mi pareja», aclara. A partir de ese momento, Gloria continuó en solitario y fue por la vía de la inseminación artificial: «Me volví a quedar embarazada, pero me pasó lo mismo. A las ocho semanas volví a abortar. Siempre eran abortos que en ginecología se llaman diferidos, que paran de crecer. Tampoco dan señales de sangrado. Es como que se quedan congelados».
«In vitro»
Su ginecóloga le recomendó intentarlo la tercera vez por fecundación in vitro: «Entonces, ya tenía 40 años. Y me dijo: ‘‘Hacemos una fecundación in vitro, que así estimulamos los ovarios con hormonas y podemos ver la salud que tienen’’. Fue un fracaso, porque los ovarios no reaccionaban y la cosa pintaba mal. Aun así, consiguieron obtener tres óvulos, los fecundaron con semen de donante, pero no me quedé embarazada. Y ahí ya fue como que mi cabeza me hizo clic y entendí que la vía biológica ya se había terminado para mí».
Fue entonces cuando intentó la vía de la adopción, pero tampoco tuvo éxito. «Estuve cinco años esperando, pero el país que elegí, Nepal, cerró a la adopción porque hubo casos de corrupción y tuvieron que revisar la ley de adopción interna del país. Luego, lo intenté también por la vía nacional, y en el proceso de estudio me declararon no idónea», comenta. «Yo entonces iba como madre monoparental y creyeron que no entendía bien el proceso de la adopción, en el sentido de que es un derecho de los niños, no de los adultos... Es verdad que, viéndolo desde la distancia, en aquel momento yo estaba bastante quemada. También quise ir de legal y dije que tenía novio en ese momento, pero que no convivíamos juntos. Y a las personas que me hicieron la entrevista, eso les pareció muy mal», comenta esta mujer, que describe este rechazo también como otro tipo de aborto. «Después de tantos años en lista de espera, al final se truncó todo».
Mientras se encontraba en el proceso de adopción, Gloria conoció a su pareja. «Tenía como 41 o 42 años y empezamos por la vía normal. Pensaba que igual me podía quedar, pero no fue así. Pasado un año y medio, me fui a la consulta del ginecólogo, pero ya me dijo que si quería quedarme embarazada, me tenía que olvidar de mis ovarios, que tendría que hacerlo con óvulos de donante. Entonces, a los 43 me quedé embarazada a través de una ovodonación, pero otra vez me pasó lo mismo. Lo perdí. Y ahí ya me puse fatal, porque antes pensaba que el problema estaba en mis óvulos y creía que esta vez iba a ir bien. Al volver a abortar, no entendía nada, me quedé como congelada. Me di cuenta de que, aunque lo intentara por tierra, mar y aire, no iba a salir», dice.
Presión social
«Darte cuenta de que no puedes ser madre es una pérdida, porque te habías imaginado una vida con tu hijo. Y también vives esa presión social de tener que ser madre, de darle nietos a tus padres o hijos a tu pareja. Todo ello está muy ligado a lo que la sociedad espera de ti como mujer. En eso, todavía estamos en la época medieval. Aunque, afortunadamente, dentro de mi familia yo no viví esa presión que sí sienten otras mujeres», comenta. Gloria habla de la necesidad de tener que pasar por ese duelo. «Yo lo viví muy mal, porque cuando lo dejas de intentar, no hay ningún recurso dentro de la sociedad y nadie te pregunta ni se vuelve a hablar del tema. Tú te sientes mal porque estás en duelo. Pero te conviertes en la reina del disimulo. Tratas de concienciarte de que ser madre no es para ti y que ya está».
Gloria tenía todos estos sentimientos, pero no sabía muy bien cómo canalizarlos. Durante una jornada profesional, pudo conectar con todo ese dolor acumulado. «Empecé a hablar de mis abortos y a llorar. Entonces, me di cuenta de que ese dolor seguía ahí, a pesar de que había pasado el tiempo. Y que había estado muchos años haciendo como que no había pasado nada, hasta que ya no pude más. A partir de ahí empecé a investigar sobre el tema. Me di cuenta de que en castellano ni siquiera había un término para nombrar este tipo de pérdidas. Mientras que en inglés sí, se llama childlessness —carencia de hijos—», señala. Y se convirtió en terapeuta de duelo, con un posgrado en la universidad.
Para muchas mujeres, que han pasado por lo mismo que Gloria y que ni siquiera pueden expresar cómo se sienten se convierte en un tema tabú para ellas: «Es un duelo desautorizado. La sociedad no te autoriza a estar triste por eso, y tú sientes dolor, pero te avergüenza sentirlo. Ya nadie te pregunta cómo estás. Es la cara b de la maternidad, pero el duelo está ahí dentro. Cuando decides ser madre, tienes dos caminos, conseguirlo y no conseguirlo. Si lo consigues, tienes apoyo de un profesional, pero si no lo consigues, te quedas en un limbo».
En el caso de Gloria, lo que la ayudó fue contarlo, sacar todo lo que estaba dentro de ella. «Me fui a hacer un taller a Londres sobre el duelo de la no maternidad. Cuando regresé encontré a mujeres como yo, encontré a mi tribu y creé un grupo de ayuda mutua presencial en Barcelona. Empecé a convocar una vez al mes a mujeres que se ponían en contacto conmigo porque ya tenía la página web, www.lavidasinhijos.com. Quedábamos en un local que me dejó mi psicólogo, nos reuníamos allí. Éramos como máximo ocho, porque los grupos reducidos es lo que mejor funcionan», comenta esta mujer que puede decir que ya ha superado su pérdida y que ayuda a otras mujeres a conseguirlo.
La no maternidad
Aunque no fue sencillo, porque el hecho de tener que asistir en su trabajo a mujeres en el posparto le provocaba un mayor sufrimiento. «Cuando yo estaba tan mal, atender a las mamás con sus bebés era como echar sal en la herida. Entonces, hablé con mis jefas. Siempre he tenido jefas con una gran empatía y les pedí que me quitaran de hacer eso. Aunque mi profesión me encanta y soy matrona ante todo, y siempre lo seré, ahora también soy la matrona de las mujeres sin hijos. Llevo además el duelo perinatal en un centro de salud, que eso también es importante, porque esta parte estaba olvidada».
Su nivel de implicación con este asunto la ha llevado a escribir el libro Ser sin ser madre, mapa de la no maternidad, en el que Gloria cuenta su vivencia y muestra todo el conocimiento que ha ido adquiriendo con los años sobre este tipo de duelo: «Es un mapa para que si te encuentras en esa situación, sepas que la vida no solo es la maternidad. Puede haber muchas otras cosas muy satisfactorias y también puede haber otros finales felices». Como es su caso. «Yo ahora estoy muy contenta. He aprendido a relativizar la maternidad con los años. No ser madre no es sinónimo de infelicidad. Y como matrona también veo que la maternidad es un vínculo muy exigente y se vende una idea de maternidad que no es real. Está muy idealizada y romantizada», señala.