Las víctimas del terremoto: «Mi hermana, una vecina y yo nos quedamos rezando, abrazadas, sin salir»

Pablo Medina MADRID / LA VOZ

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Una mujer sobre las ruinas de un edificio residencial en La Guaira.
Una mujer sobre las ruinas de un edificio residencial en La Guaira. Gaby Oraa | REUTERS

Alazne Solabarrieta, prima política del ex del PNV Anasagasti, muere en el sismo

26 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Duraron un minuto, pero los dos terremotos de ayer se le hicieron eternos a Jesús Alejandro. «Los cristales se rompían, los cuadros se caían, el televisor, también. Todo se caía. Las lámparas, cualquier cosa hecha de cristal, incluso las columnas y las vigas hacían ruido», explicó a Al Yazira este trabajador venezolano, de 38 años, que vivió el terremoto desde Caracas. Como en todo seísmo, las conexiones con la zona cero son difíciles, y más en un país con una infraestructura de comunicaciones deficitaria. El caos precedió a un clima de tensión que el ingeniero recuerda nítidamente: «Todo el mundo estaba en las calles, en las plazas, frente a sus casas. La gente parecía alerta, nerviosa. Había muchos heridos. Los bomberos y los paramédicos sacaban a la gente de entre los escombros». Y lo que espera ahora es el nervio por los desaparecidos y los muertos.

En la memoria de algunos venezolanos persiste el recuerdo de los seísmos de los años 60 y 90. Para muchos, el miedo fue el mismo. «Fue subiendo de intensidad. Empecé a ver cómo las ventanas empezaron a moverse y luego se sacudió todo. Mi hermana, una vecina y yo nos quedamos rezando, abrazaditas ahí. No podíamos salir», recuerda Carmen, de 69 años, que acompañaba en el momento de la sacudida a una hermana enferma y se quedó en el interior de su vivienda para no dejarla sola.

Muchos venezolanos pasaron la noche en la calle, temerosos de que las continuas réplicas del terremoto pudieran echar sus casas abajo. Porque la escena general es esa. Barrio a barrio, se ven junglas de edificios totalmente derrumbados. Algunos han pasado el examen del seísmo con tan solo unos desconchones, otros domicilios sufrieron daños estructurales serios. La Guaira se llevó la peor parte. Odalis puede narrarlo con claridad después de pasar una noche difícil: «Se desprendieron las escaleras, se rajó toda la pared. Cayeron cosas del techo. Fue horrible».

Muchas familias salieron con lo puesto de sus casas. Otras, como la de Ruiz, fueron más cautas. «Esperamos unos diez minutos y luego volvimos a subir para recoger documentos y algo de ropa antes de marcharnos de nuevo», detalla el joven. «Hay personas muy tristes, impotentes porque no pudieron sacar a sus mascotas. Otras trataron de sacar de los sótanos de los edificios sus carros, por temor a que haya una réplica y sea peor», dijo otra víctima a la cadena BBC.

Los temblores, por su violencia, se viven de forma traumática. Pero no son lo único malo. Cuando los edificios que servían de casas, bancos, tiendas y bares caen derrumbados, se convierten en tumbas para decenas de miles de personas. Y la angustia de familias enteras se dispara. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estima una probabilidad del 40 % de que las víctimas mortales se cifren entre un mínimo de 10.000 y un máximo de 100.000.

Buscar a miles de desaparecidos

En el complejo residencial Petunia, en el lujoso barrio de Los Palos Grandes de la capital, trataban de rescatar a una mujer, Tania, de debajo de los escombros de un edificio de 22 pisos. «Antonio, soy tu mamá, estoy aquí mismo», se escuchaba desde el interior. Un vecino lloraba en la calle mientras los rescatistas trataban de localizar a la mujer. Para estas labores, se necesita maquinaria pesada y equipos humanitarios que, en ocasiones, deben engrosar voluntarios de forma improvisada para poder atender a todas las necesidades posibles.

Mientras, las iniciativas populares cobran también peso. Páginas web y redes sociales sirven de corcho digital para que familiares y amigos busquen a los suyos. Como el portal desaparecidosterremotovenezuela.com, que recoge casi 30.000 perfiles de extraviados, de los cuales solo 1.485 habían sido encontrados al cierre de esta edición. Nelson, de 55 años; Miguel, de 14; Paulina, de 23; Yurbis, de 65... Y así incontables nombres e incontables historias. «Si no logras comunicarte con alguien, repórtalo aquí. Y si ya lo encontraste, avísanos, para que su nombre dé tranquilidad, no angustia», indica el sitio.

La primera víctima española y la más conocida es Alazne Solabarrieta Lezea, de 65 años, nacida en Caracas, pero de origen vizcaíno. Era prima de María Esther Solabarrieta, exdiputada de Medio Ambiente y Acción Territorial de la Diputación Foral de Vizcaya, que estaba casada con el que fuera diputado y senador del PNV Iñaki Anasagasti, por lo que su fallecimiento resonó en los círculos de la política vasca. Era también nieta de José María Solabarrieta, el alcalde de Ondarroa durante la Segunda República que se exilió.