«Hay gente con vida en las bolsas de aire que dejan los edificios caídos», explica, y advierte sobre la importancia de la celeridad: «Transcurridas 72 horas, las probabilidades de encontrar a alguien con vida son muy bajas»
El precedente de una magnitud semejante fue el terremoto de Lisboa de 1755, pero lo que es aún más inusual es que sus epicentros estuvieran separados por tan solo cinco kilómetros
«Mi hermano y mi sobrino José Miguel, también médico, estuvieron desde las seis de la tarde, cuando se produjeron los dos terremotos, atendiendo a pacientes hasta las dos y media de la madrugada sin descanso. Me dijeron que los heridos llegaban al hospital en cascadas»
La incertidumbre ante la evaluación de daños mantiene a la población en alerta y, de hecho, muchos de los que habían decidido volver a sus casas, pese a los daños en fachadas, volvieron a las calles ante algunas réplicas menores.