«Cada diez minutos te enteras de que alguien que conoces ha muerto»

amara santos REDACCIÓN / LA VOZ

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Venezolanos en la zona 0 de los terremotos y desde Galicia narran lo vivido en las últimas horas

28 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Una sensación de desahucio y el borrado de los recuerdos de toda una vida en minutos. Esto es lo que están experimentando miles de venezolanos que hacen frente a las consecuencias inciertas de los terremotos más devastadores en la historia reciente de su país, un doblete sísmico inusual con temblores de más de 7 grados en la escala de Richter separados por apenas 40 segundos. Los fallecidos ya sobrepasan los 900 y los heridos se cuentan por miles.

Vivir en primera persona la tragedia deja sin palabras, pero seguirla a distancia sin saber nada de tus seres queridos es una pesadilla en la que aún está inmerso Juan Pablo Varela, un venezolano de 38 años que emigró hace dos décadas a Galicia. Su casa familiar de la urbanización El Caribe, en la Guaira, una de las zonas más afectadas, es ahora un conjunto de escombros a causa de que la estructura colapsó y el segundo piso cayó sobre el primero, dejando una fallecida. En su entorno las malas noticias se multiplican: a un amigo le murió un hijo que fue a visitar a un amigo, unos padres perdieron a su hija tras dejarla junto a su hermano en clases de refuerzo y el hijo de su mejor amiga está atrapado en los restos de un inmueble que se enterró cuatro plantas hacia abajo y al que aún no llegó maquinaria.

«Algunos están metidos en cápsulas de aire y sobreviven, otros están aprisionados y hay una gran cantidad de niños muy pequeños y personas mayores solos de cuyas familias no se sabe nada porque están ahí abajo en los escombros», lamenta. Destaca que los avisos por terremoto llegaron por alertas de Google pocos minutos antes y manifiesta su pesar porque «el país no estuvo ni está preparado para absolutamente nada». Ante este escenario, alaba a la gente de a pie que «tratan de rescatar a personas con vida por sus propios medios.

Define las imágenes que le llegan del lugar donde creció como «una zona de guerra»: «el esfuerzo de una vida se queda en nada, en tres minutos todo desaparece y los recuerdos y los sitios que te marcaron ya no están. Cada diez minutos te enteras de que alguien que conoces ha muerto», cuenta emocionado. Reflexiona que en anteriores terremotos graves como el de 1999, cuando tenía 11 años, las estructuras de las casas «quedaron tocadas», que unido a que la Guaira está ubicada encima del segmento de la falla que se rompió, ambos factores no contribuyeron a minimizar la desgracia. «Algún día pretendía volver a mi país y que mis hijos conocieran la casa donde crecí y rincones de mi infancia, pero ahora ese sueño está tan destrozado como mi hogar», dice con profunda resignación.

Por su parte, el venezolano Viverto Quintero reside en la ciudad de Valencia, en el estado venezolano de Carabó, una zona equidistante entre los dos epicentros de los terremotos. Cuando la tierra comenzó a temblar bajo sus pies en el Fórum de Valencia, un recinto de conciertos donde trabaja, estaba frente al escenario viendo a un amigo tocar. «El ruido del techo enmudeció el sonido de las cornetas y me di cuenta de que era un terremoto al ver la alarma sísmica en el móvil», rememora.

«Miraba hacia arriba y veía como todo se movía», subraya, y acto seguido sintió un empujón y comprobó como a su alrededor todos estaban corriendo. Él se ocultó en una cantina en este recinto cubierto porque consideró que la estructura del edificio era sólida. Define el temblor como «infinito»: Fueron pocos minutos pero no paraba de preguntarme cuando se acabaría», detalla, a la vez que le vienen a la cabeza «unas personas que se ocultaron al principio con nosotros, y luego, en algún momento, no recuerdo cuándo, desaparecieron y no les vi más». Cuando salió del Fórum llamó a su hermana que estaba en casa al ser un día festivo, pero la comunicación telefónica estaba interrumpida y tampoco había electricidad. A pesar de eso, los hermanos consiguieron comunicarse y saber mutuamente que ambos estaban bien gracias a una pequeña batería presente en algunas casas que da energía a los routers y módems en caso de emergencia.

«Mi hermana estaba sola en casa, nerviosa y llorando», especifica. En su ciudad no cayeron edificios, pero apunta que tres grandes amigos de su familia que viven en Caracas y la Guaira ya no tienen un techo. Pone en valor que la ayuda que se ve en las calles es 90 % civil. «Si no fuera por esa gente la ayuda no habría llegado aún», opina. Se ha ofrecido a ayudar en las tareas de rescate por su conocimiento sobre drones, ya que maneja habitualmente estos aparatos en el entorno agrícola y anoche llevaron comida y medicinas a los afectados. «Ayer fue el día en el que uno cae en la cuenta de todo», admite sobre cómo está procesando las últimas horas.

Manuel Fajín es presidente de la hermandad gallega de Valencia y Carabobo y cónsul honorario de España en Carabobo y Cojedes y cuando la tierra empezó a temblar estaba viendo el Mundial en su sillón. «No notamos la pausa, no se acababa nunca», asegura. Tras lo ocurrido, le vino a la cabeza el gran terremoto de 1966, a raíz del cual se promovió una legislación para construir con ingeniería antisísmica. «Es una gran lástima lo que está pasando, faltan medios de rescate», reivindica. Al margen de la Guaira, otras de las zonas que se llevaron la peor parte fueron Altamira, Los Palos Grandes o San Bernardino.

Por suerte para Lucía, una venezolana residente en Madrid, todos sus familiares se encuentran a salvo en Caracas, la capital del país, y en Los Barrios, donde hubo daños pero no pérdidas personales que lamentar. «Mi familia y amigos están bien, pero no me puedo comunicar con ellos, no tienen internet y solo logramos saber que están a salvo por un amigo de la familia», aclara. Una situación parecida es la de Vanesa, venezolana residente en A Coruña, que está medianamente tranquila al confirmar que sus allegados están a salvo, pero concreta que «toda la gente que conozco que está viviendo esto y se le murió alguien están bastante mal».