Un terremoto en el limbo

Miguel Murado
Miguel Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Todos los venezolanos conocen la historia. Cuando se produjo el terremoto de Caracas de 1812, el más grave en Venezuela hasta los registrados esta semana, se acababa de proclamar la independencia del país. Era jueves santo y la gente empezó a decir que aquel temblor de tierra era un castigo divino, a lo que Simón Bolívar respondió con una frase probablemente apócrifa: «Si la naturaleza se opone, también lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». Lo cierto es que la catástrofe debilitó a los independentistas y dio temporalmente la iniciativa a los partidarios de la Corona española. En 1997, el terremoto de Cariaco se produjo pocos meses antes de la campaña que llevó a Chávez al poder, pero no tuvo ninguna influencia. Sí la tuvo, sin embargo, dos años más tarde la llamada tragedia de Vargas. En este caso no fue un seísmo, sino un corrimiento de tierras que causó numerosas víctimas. La respuesta del chavismo entonces, relativamente eficaz, fue un hito importante en su consolidación en el poder. También en el camino a la militarización y en su vínculo con Cuba, que se comprometió entonces con un gran despliegue de ayuda médica. Qué consecuencias tendrá esta última catástrofe en la situación política no es fácil de prever, entre otras cosas porque ni siquiera está clara cuál es la situación política. De hecho, ese limbo de ambigüedad en el que se encuentra Venezuela, con un régimen que sigue siendo chavista en esencia, pero que a la vez está bajo la tutela de Estados Unidos, es un factor agravante de la crisis.

Pocos países sísmicos están realmente bien preparados para afrontar un terremoto catastrófico —Japón, Nueva Zelanda, quizá Chile—, pero el caso de Venezuela es desesperante. Durante el chavismo, sobre todo en la fase de Maduro, el Estado abandonó la inversión en infraestructuras. Decisiones arbitrarias tomadas entonces, como la desafortunada nacionalización de la industria del cemento, que la llevó al colapso, harán aún más difícil ahora la reconstrucción. El deterioro de la economía y la corrupción a lo largo de todos estos años han empeorado el problema histórico de un parque de viviendas particularmente inseguro. Pero la ironía es que el único elemento del anterior régimen que podría resultar de alguna utilidad en una situación de emergencia como esta, la centralización del poder, también falta ahora a causa de la provisionalidad que rodea el Gobierno de Delcy Rodríguez. El estado bolivariano, después de haberse convertido en una presencia obsesiva en la vida de los venezolanos durante tantos años, ha sido reducido por la intervención norteamericana a un cascarón vacío, capaz únicamente de funciones básicas de represión y representación.

Si la geología ha jugado una mala pasada a Venezuela al castigarla con la rareza de un doblete de terremotos, la política la ha encontrado en el peor de los mundos posibles, a medio camino entre un sistema fallido y un futuro indefinido. Lo urgente ahora es la ayuda internacional, y en esto el semiprotectorado que ha propiciado Estados Unidos lo obliga moralmente a acudir en auxilio de Venezuela. Pero una vez que se haya podido estabilizar la situación, lo que ha ocurrido debería convencer por fin a Washington de que no puede seguir manteniendo a Venezuela en ese limbo y debe dejar que se reconstruya políticamente mediante un proceso democrático.