San Bernardino cuenta una historia de resiliencia y dolor

P. G. OTERO CARACAS / E. LA VOZ

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Labores de rescate en el barrio de San Bernardino de Caracas.
Labores de rescate en el barrio de San Bernardino de Caracas. Pedro G. Otero

La ayuda humanitaria se desvía de este barrio a zonas de más urgencia

28 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Como muchos otros sitios de Venezuela en estos días, San Bernardino, una tranquila urbanización en el centro norte de Caracas, cuenta una historia de dolor y resiliencia. Otrora hogar de una laboriosa comunidad judía, hoy es mayoritariamente el hogar de descendientes de gallegos, portugueses e italianos; y sufrió tanto durante el terremoto del miércoles, que el viernes fue visitada por la presidenta interina, Delcy Rodríguez.

En sus empinadas y arboladas calles, los edificios muestran el castigo sufrido, en forma de rajaduras en sus paredes, y eventualmente, columnas y vigas; algunos baños y armarios ahora miran directamente a la calle. Diez edificios han sido declarados inhabitables, y tres (el Rita, el Moisés, y una casa sin nombre) directamente no sobrevivieron al doble sismo de hace cuatro días.

Su monumental iglesia, construida después del penúltimo gran sismo que asoló Caracas en 1967 (cuando Venezuela era uno de los países más prósperos del mundo), sobrevivió, pero perdió cuatro paredes, señala Numa Rivero, el párroco que, en franela, pantalones cortos y chancletas, dirige la intensa actividad que Cáritas desarrolla en el estacionamiento.

La ayuda está llegando en forma tan abrumadora que los vehículos están siendo dirigidos a otros sitios donde agua, pañales, comida y medicinas son más necesarios. Centenares de vehículos, sobre cuyos vidrios sus dueños escribieron con tinta de zapatos «Ayuda Humanitaria» circulan por la zona y por toda la ciudad, entregando comida a quienes, en los soportales de los edificios, instalaron sus tiendas de campaña, bien porque lo perdieron todo o porque tienen demasiado temor de volver a sus viviendas. Entre los sitios ocupados por tiendas de campaña está el párking de la iglesia.

«No planificamos nada. La gente comenzó a mandar cosas, y entonces Cáritas se activó. Entonces hacemos acopio para todos los sitios de La Guaira, El Junquito, Caraballeda», señala el párroco de San Bernardino. «Perdimos cuatro paredes del templo, pero bueno, Dios proveerá. Siempre provee». Los nervios, sin embargo, están a flor de piel. Cualquier alarma, de un vehículo, por ejemplo, pone a la gente a mirar al cielo y a buscar los lugares descampados, que no abundan. Las más de 400 réplicas desde el miércoles tampoco contribuyen con la tranquilidad. Frente a la Iglesia, Mariluz Morado, cuyos padres son de La Coruña, señala que, afortunadamente, su edificio no sufrió daños estructurales. En general, a los inmuebles más antiguos les fue mejor que a los más modernos, construidos cuando ya había desaparecido la memoria del último terremoto.

«Fue horrible. Primero parecía un temblor normal, pero de pronto comenzaron a agrietarse las paredes, a caer escombros por todos lados… fue tan largo, o lo pareció, que pensamos ‘aquí nos quedamos’». Las primeras dos noches tras el terremoto durmieron en el coche, en la calle frente al templo.

Momentos de incertidumbre

Al final de la misma calle quedaba el Rita, que todavía cuatro días después de la tragedia bulle de actividad, aunque ya no se esperan sobrevivientes. Allí murió Alicia Monagas, una respetada abogada y profesora universitaria. La actividad de los trabajadores se centra en este edificio y en el Moisés, frente a la maternidad Santa Ana, la segunda maternidad pública más importante de Caracas, donde medio edificio se cayó y la otra mitad quedó a la intemperie.

Al frente del Rita está el edificio La Quinta, el más moderno y coqueto de todo el barrio, declarado inhabitable. El silencio en él es sobrecogedor. Desde Vigo, el periodista venezolano Miguel Da Silva, cuya madre residía allí, señala: «Yo pasé ocho horas tras el terremoto sin saber de mi madre, mi padre y mi hermano; gracias a Dios mi madre está viviendo con mi abuela, pero la incertidumbre es tremenda». En la casa sin nombre que se derrumbó, los rescatistas trabajan sin prisa, pero intentan demolerla rápido para que no represente peligro. «Salió todo el mundo con vida, pero ahora hay un hedor. Quién sabe qué nos vamos a encontrar», señala un obrero.