«Cómo hablar de la muerte a los niños»: la pregunta infantil que inspiró a la filósofa rabina que oficia más funerales que bodas

ACTUALIDAD

Delphine Horvilleur, autora de «Cómo hablar a los niños de la muerte» (Asteroide).
Delphine Horvilleur, autora de «Cómo hablar a los niños de la muerte» (Asteroide).

«Ninguna familia es perfecta. He perdido la cuenta de las veces que alguien me empieza diciendo: ''¿Sabe usted? Mi familia es un poco especial?''», revela Delphine Horvilleur, que llegó a decenas de miles de lectores con «Vivir con nuestros muertos» y aborda en un ensayo en Asteroide el misterio más temido con un relato que baila entre la memoria familiar y el cuento

30 jun 2026 . Actualizado a las 17:12 h.

Hay un momento en la vida en el que uno descubre que la muerte existe, otro en el que vive aterrado por esa visita que prevé lejana, un momento en el que la ignora con pereza o una actitud desafiante... hasta que los hijos dejan de creer en el Ratón Pérez y preguntan cosas como: ¿cuando nos muramos todos los de la familia vamos a vernos en el universo? Y entramos, con suerte, en el bucle de ese relato, uniforme o ecléctico, en que se vuelve el misterio final de la vida.

Hay una opinión relativamente común entre filósofos. Y es que, al igual que se aprende a vivir, podemos aprender a morir. Delphine Horvilleur (Nancy, 1974), tercera mujer en ser ordenada rabina en Francia y autora del pequeño bestseller Vivir con nuestros muertos, disiente. Horvilleur sostiene que no, que no se puede aprender a morir. Sin embargo, consentimos con la autora en que se puede aprender a ver, leer y contar la muerte de otra manera, sin mirar a otro lado ni hacerse el sueco ante las preguntas de los pequeños curiosos de la casa.

El miedo y sus acertijos salen a flote en este peculiar manual de cien páginas que ayuda a las familias a afrontar la pregunta que siempre llega aunque le seamos escapistas, «el secreto mejor guardado en las familias»: ¿Cómo decirle a un niño que ha muerto una abuela, un padre, alguien querido? ¿Mentir, posponer, fabular, recurrir al «está durmiendo» o «se ha ido al cielo»?

El dilema lo desmiga con mano sensible, dando libertad de pensamiento, la rabina que suele bromear diciendo que oficia más funerales que boda y que ayuda a comprender el duelo en otra joya editada en español por Libros del Asteroide, traducida por Palmira Feixas y directa al lugar común y a ciertos ritos de la tribu que no siempre ayudan, como llorar en coro, o bajar la voz si se habla de la muerte con niños pululando cerca. Error. Pero nada es tan solo de una manera. No hay afirmaciones categóricas en Cómo hablar de la muerte a los niños, como no las hay en realidad, si somos desnudamente honestos, en la vida, seria e implacable y de pronto ligera.

Nos vamos escondiendo las dudas en capazones de certezas que ayudan a defenderse tanto de lo incierto como de lo inevitable. «Cuando la muerte aparece, la gente suele decir muchas estupideces», se atrevió a contar en otra entrevista en este medio Horvilleur, descendiente de una familia de supervivientes de Auschwitz en el que la muerte era el tema más tabú de todos. De niña le prohibían entrar en los cementerios, nos revela confidente, como a otros les prohíben pubs y discotecas... Ahora, de adulta, Delphine no deja de visitar cementerios por su trabajo de acompañar en el proceso duelos y despedidas oficiando ceremonias con relatos de lo más curioso para muchas familias, todas peculiares. Ella las compara con ese juego de cartas tradicional que no pasa de moda en la infancia, ese de familias de los siete países que a algunos nos descubrió a los bantús. «Trato con muchas familias, cada una tiene sus códigos: algunas no se hablan, otras se dicen demasiadas cosas [...] Ninguna familia es perfecta. De hecho, he perdido la cuenta de las veces que me he reunido con alguien en mi despacho y ha empezado diciendo: ''¿Sabe usted?... Mi familia es un poco especial?''», escribe en esta obra, rebajando esa «especialidad» sin marcar músculo.

La rebeldía risueña de la autora atraviesa el corazón de la manzana prohibida que es esa pregunta que centra el relato, apto para todos, trufado de anécdotas, juguetón como un misterio sin llave. Esa pregunta que los niños hacen, dicen los expertos y sabemos las madres, en torno a los 7 años, siempre que la muerte de un ser querido haya anticipado su visita.

«Jugamos a que hablar de la muerte nos hace más fuertes», invita Delphine Horvilleur de partida. Si entramos al trapo descubrimos, tal en una sobremesa inesperada de amigos, algunas verdades científicas, «el secreto mejor guardado del abuelo», la anomalía gramatical del comienzo «érase una vez» de los cuentos o las asombrosas posibilidades del lenguaje para cambiar la realidad, lo que somos, y ver la muerte no como algo que nos pasa una sola vez en la vida. Está siempre, en tinta invisible, en la agenda del día.