Carmen, y Pepa, 52 y 46 años: «Para las dos es nuestra primera relación con una mujer, y llevamos 18 años»

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Pepa y Carmen, en una imagen reciente en A Coruña
Pepa y Carmen, en una imagen reciente en A Coruña Ángel Manso

Con motivo del Día del Orgullo, que se celebra mañana, dos parejas de mujeres comparten sus historias de amor y ponen voz a una realidad que combina avances con muchos retos pendientes. «Dos hombres del ganchete son gais, pero dos mujeres son íntimas amigas», recalca Carmen

27 jun 2026 . Actualizado a las 09:54 h.

A veces las historias más importantes empiezan sin imaginárselo. Hace 18 años, Carmen (Cádiz, 1973) y Pepa (San Cibrao, Lugo, 1979) se encontraron cuando ninguna de las dos sabía que estaba a punto de vivir su primera relación con otra mujer. Lo que comenzó como un descubrimiento mutuo acabó convirtiéndose en una vida entera compartida. Desde entonces, no solo han crecido juntas como pareja, también han abierto las puertas de su hogar y de su corazón para convertirse en una familia de acogida.

 «Nos conocimos a través de un foro que había de lesbianas, donde contaban sus cosas y sus experiencias. Y sus dudas también. Porque hace 18 años no había tantos referentes como ahora. No tenías, por lo menos en mi caso, amigas a las que preguntarles. Y entre muchas personas conocí a Carmen. Y con ella surgió algo que no surgió con las demás», cuenta Pepa, que en ese momento estaba en Senegal con una beca del Instituto de Comercio Español, y quizás por estar fuera de casa y no conocer a tantas personas, se aferró más a ese foro, donde se fue cociendo algo más que una amistad a miles de kilómetros de distancia. Pasaron muchos meses, casi un año, hasta que se vieron cara a cara. A la vuelta de Senegal, Pepa le dijo que iba a ir a Málaga a ver a una amiga. Obviamente, era una excusa. «En realidad fui a ver a mi otra amiga, a la de Cádiz», apunta. Por aquel entonces ya se habían empezado a hacer las encontradizas en las conversaciones grupales, y a entablar otras de manera privada.

Ellas pensaban que al estar tan lejos «no había peligro», ¡pero vaya si lo hubo! Al mes y pico de estar Pepa en Cádiz, Carmen vino a Galicia. Y así estuvieron un tiempo hasta que Carmen se plantó. «Si quieres que me vaya contigo, ven y recógeme», le espetó. Pepa no dejó escapar la oportunidad, y recogió el guante. Viajó sola a Andalucía, pero regresó acompañada. «Una persona que hace 12 horas de coche, que se cuela en tu casa para hacerte la maleta... pues merece la pena probar», asegura Carmen. A esas alturas ya sabían que las unía algo más que una amistad. Se habrían visto media docena de veces, pero los minutos de teléfono se contaban por miles. Confiesan que fueron muy sinceras desde el principio, «y salió bien». Se instalaron en Galicia, y bajaban a Cádiz a pasar las Navidades con los padres de Carmen, hasta que hace siete años ellos también se mudaron para estar cerca de su hija.

«Nos fue bastante bien, con altibajos al principio por las diferencias culturales. Hay comentarios, frases, que no se entienden igual en una tierra que en otra. Que yo le dijera “lo que tú digas”, que para mí era una cosa normal, a ella le sentaba... Parecía que le había dicho algo a su madre. Y tonterías así. Que ella dijese “gilipollas”, a mí me parecía un insulto enorme», cuenta Carmen, que, aunque resalta que lo dejó todo por amor, en la soledad, lejos de casa, encontró «a su mejor amiga, además de a su pareja».

No se imaginaban ellas que ese cruce de mensajes acabaría siete años después en boda. «Es que desde el principio dijimos que éramos amigas. Ninguna buscábamos una relación», afirma Carmen, que durante 15 años fue pareja de hecho de un hombre. «A mí me pilló en una época, principios de los noventa, en la que decir que eras bisexual o lesbiana era buscarte un problemón con la familia y con todo —recuerda—. Entonces, lo más fácil fue un hombre, pero la relación no fue positiva. Durante todo ese tiempo yo oculté mi bisexualidad para no tener problemas. Yo veía que me atraían más las mujeres que los hombres, que tenía más afinidad con algunas amigas, y no sabía por qué de repente todas mis amigas eran lesbianas... Yo estaba con un chico porque había que hacerse un futuro. Y el futuro que se esperaba de mí era ese. Me imaginaba que a lo mejor al final salía bien, porque cariño le tenía, y del cariño al amor, en teoría, hay poco camino. Pero no surgió. No llegamos nunca a lo que tengo ahora». 

LO VERBALIZÓ A LOS 35 AÑOS

Nunca se plantearon tener hijos, porque ambos eran conscientes de que la relación tenía fecha de caducidad. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiende por qué tenía muchas amigas especiales, y que lo que le gustaba no era cómo vestían o se peinaban. No fue hasta que dejó a ese chico cuando le puso palabras a lo que llevaba tiempo sintiendo: «Me lo reconocí a mí misma cuando dejé a ese hombre». Tenía 35 años.

Se tuvo que pillar una borrachera muy grande para contárselo a sus amigas. Después se sinceró con sus hermanos, y, por último, con sus padres, aunque una hermana se le adelantó. «Me sacó ella del armario, y se lo agradecí, porque me resultaba difícil. Mis hermanos se lo tomaron de maravilla. No tuve una mala cara ni ninguno me dijo absolutamente nada», indica.

Sus años de silencio obligado le han servido para no replicar el ejemplo. Carmen y Pepa son familia de acogida, y durante siete años tuvieron a una niña que, en cuanto pasó la pubertad, «les dijo que era no binaria sin problema ninguno». Otra de las niñas que se ha criado en su casa, que ahora tiene 16, su primer novio «fue un niño transexual, en realidad era su amiga y luego su novia». «Eran cosas de niños, pero las estaban viviendo desde la naturalidad de descubrirse. Algo que nosotras nunca hemos tenido. Siempre los hemos educado para que sean lo que sientan. Si te sientes hetero, si te sientes homosexual, selo. Lo que sea, pero sé feliz», dice Carmen, que reconoce que con el tiempo se ha dado cuenta de que si no hubiese tenido miedo a la reacción de los demás, especialmente de sus padres, su vida habría sido «más libre y mucho más feliz». «Ahora estoy resarciéndome de todo aquello», indica, ya que desde que conoció a Pepa ha hecho un montón de cosas que antes no hacía porque estaba «reprimida».

Cuando Pepa entró en ese foro, en el que se conocieron, lo hizo para encontrar amigos, y también para encontrarse a sí misma. Con 28 años, no le daba mucha importancia a las relaciones de pareja, no le interesaban, y tenía muy claro que tampoco le interesaban los hombres. Pero si le hacían la típica pregunta de quién te gusta y quién no, los interrogantes se amontonaban en su mente introspectiva. «Yo creo que la primera vez que me planteé la posibilidad de que me gustaran las mujeres fue porque mis compañeras de piso me dijeron: “A ti te gusta fulanitooo”. Y yo contesté: “No, a mí no me gusta ningún chico”. Y me soltaron: “¿Entonces te gustan las chicas?”. Me quedé callada, no se lo negué. Y a partir de ahí empecé a preguntármelo muy poco a poco», dice Pepa. Durante su erasmus en Lisboa hizo varios amigos homosexuales, justo coincidió que en España se acababa de aprobar la ley de matrimonio homosexual, y lo celebraron por todo lo alto. Era un ambiente mucho más diverso al que estaba acostumbrada y se le «fue abriendo la mente poco a poco».

Entró en el foro para terminar de descubrirse a sí misma y preguntarle a la gente que se definía como lesbiana qué habían sentido para ver si se identificaba, y poder encontrar respuestas. Y encontró a Carmen. «Siempre estaba intentando ayudar a los demás, animar a quien se estaba sintiendo mal. Me despertaba muchísimo cariño. Y así nos fuimos conociendo. Ella es mi primera pareja. Yo antes de ella, iba a decir que no había ligado nunca, pero no es verdad. Nunca me había enterado de que había ligado. Porque soy un poco inocente».

Los padres de ambas nunca les habían conocido pareja de su mismo sexo, y aunque ahora viven todos en Galicia, y la unión es máxima, recuerdan que no siempre fue así. «Mis padres me dijeron: “Haz lo que tú quieras, es tu vida, pero no queremos conocerla”. Y yo les dije: “Que sepáis que el lunes me voy con ella”, y fueron a la fiesta de despedida. Y ahora es su nuera favorita», cuenta Carmen. La reacción de los padres de Pepa fue parecida. «Fui a pasar un fin de semana con ellos, y mi madre notó algo en mi actitud porque me preguntó si me gustaba alguien. Le dije que no. Pero me conoce tan bien, que no sé si por el tono, o por cómo se lo dije... que me soltó: “¿Qué es, novia?”. Yo no sé mentir. Le di la razón. Se escandalizó bastante. En un primer momento se puso en lo peor, se imaginaba que Carmen sería una loca, que me había pervertido... Cuando se lo conté a mi padre me dio por llorar. Me dijo: “¿Pero te obligaron?”, y me entró la risa. Fue muy bonito. Les costó un poco hacerse a la idea. Durante unos años nos presentaron como amigas, pero a Carmen la quisieron desde el primer momento. Es verdad que yo tardé un poco más que si hubiera sido un hombre en llevarla a casa. Las primeras Navidades las pasó sola —«con tus amigas, que me apoyaron», interrumpe Carmen»—, porque mis padres no la invitaron, y eso me pesa un poco, no haber hecho oposición».

Señalan que a día de hoy las parejas de mujeres necesitan todavía mucha visibilidad. «A nosotras siempre nos confunden con hermanas, madre-hija.... La gente se inventa todo tipo de películas a que seas una pareja. Una vez en el médico le dije: “Mi mujer....”. Y me contestó: “¿Tu marido?...», explica Pepa, mientras Carmen apunta: «Ven a dos hombres de la mano del ganchete por la calle, y se les presupone gais. Pero si van dos mujeres son íntimas amigas, pero no son pareja». «En una fiesta —recuerda Carmen— rodeadas de personas, que igual nos habían visto ya, pero debían de pensar que éramos amigas, hermanas o madre-hija, de repente nos dimos un pico y notamos las caras de sorpresa. “Ay, no era lo que había pensado”», señalan Carmen y Pepa, que a través de ALAS A Coruña siguen reivindicando los derechos del colectivo y viven felices en Curtis, en una casa llena de animales y de niños de acogida, aunque están ya en trámites para adoptar a uno de ellos.