Llueve sobre mojado

Pablo Vázquez Sande DOCTOR EN COMUNICACIÓN POLÍTICA

ACTUALIDAD

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en el mitin del cierre de campaña de la elecciones al parlamento de Castilla y León, en el pasado mes de mayo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en el mitin del cierre de campaña de la elecciones al parlamento de Castilla y León, en el pasado mes de mayo. NACHO GALLEGO | EFE

En plena ola de calor, la actualidad política española vive su propia anomalía climatológica: no deja de llover. Y lo hace, además, sobre mojado. Uno de los preceptos centrales de la comunicación y la publicidad señala que un solo impacto rara vez fija un mensaje; es la repetición la que construye percepción.

Ese mismo principio opera hoy en relación con el Gobierno central, ya que las distintas causas judiciales que acechan al Ejecutivo, a Pedro Sánchez y al PSOE se han convertido en una maraña que no funciona como una sucesión de episodios aislados, sino como una cadena de impactos que consolidan un único marco interpretativo. Cada nuevo titular riega un terreno ya empapado.

En este contexto, el problema trasciende a la esfera judicial y se adentra en el terreno de la reputación. Por una parte, los cambios reiterados de versión en el seno del Gobierno (al pasar de sostener el relato de lawfare a su posterior abandono o, al menos, suavizarlo) erosionan uno de los activos más frágiles de cualquier marca política: la credibilidad. Por la otra, la precipitación en las reacciones y la mala gestión de los tiempos, visible al estallar el caso Zapatero, transmiten una improvisación que resta capacidad de superación de la crisis. Y cuando el emisor rectifica su propio framing, el receptor deja de escuchar el mensaje y empieza a auditar a los actores protagonistas del mensaje.

Todo ello deja su huella en la realidad, con caídas en los ránkings de confianza internacionales, con gobiernos desgastados, con empresas asociadas al ruido penalizadas y, según diversos estudios, con un incremento de la desafección, lo que desalienta la participación electoral.

De este modo, emergen dos riesgos de fondo. El primero, la sensación de anestesia general: es decir, que la ciudadanía normalice el escándalo y rebaje su exigencia democrática. El segundo, su reverso: que esa sensación de que «todo va mal» ofrezca acomodo a discursos extremos que prometen demoler antes que reparar. Ambos se retroalimentan… Y ambos son igual de peligrosos para nuestra democracia.

Pese a todo ello, hay motivos para el optimismo. La política municipal muestra a diario que la cercanía, la gestión tangible y la rendición de cuentas siguen generando confianza. Por eso resulta injusto meter en el mismo saco a miles de alcaldes y concejales honestos, igual que a distintos representantes del ámbito autonómico o nacional.

Lo previsible es que el temporal continúe; la tarea, por tanto, no es negar la lluvia, sino drenar el terreno: transparencia, ejemplaridad y tiempos bien gestionados. Porque en comunicación política, como en meteorología, el problema no es que llueva. Es no tener dónde absorber el agua.

Pablo Vázquez Sande es doctor en Comunicación Política y director de Atalaya Comunicación