Los vecinos de La Guaira buscan a los suyos excavando con las manos: «No tengo dinero, no tengo familia, lo único que necesito son máquinas»
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La mayoría son jóvenes menores de 30 años que se juegan la vida metiéndose por intrincados agujeros y túneles
08 jul 2026 . Actualizado a las 22:02 h.Bajo el sol abrasador de La Guaira ( Venezuela) trabajan desde hace ocho días sin descanso Reison López y un grupo de familiares de las víctimas de un edificio de 12 pisos que se derrumbó tras el doble terremoto. La mayoría son jóvenes menores de 30 años. Excavan con sus manos desnudas y utilizan también picos y palas donados por ferreterías locales. En ocasiones caen también temporalmente pequeños taladros y radiales que no han sido diseñados para atajar de forma veloz este tipo de catástrofes.
Se juegan la vida metiéndose por intrincados agujeros y túneles excavados de forma rudimentaria entre los escombros sabiendo que las posibilidades de que los suyos permanezcan con vida son remotas. No están dispuestos a rendirse hasta no dar con los suyos: «Todas las familias que excavan aquí lo hacen confiando en Dios de que a sus seres queridos lo van a hallar con vida. La expectativa se reduce cada vez que pasa el tiempo pero nosotros confiamos en que Dios puede hacer milagros», dice Reison.
Bajo los escombros están su hermana y el novio de ella. «Hemos hecho un estimado de que aquí vivían 2.300 personas y se han rescatado personas, muchas sin vida y algunas con vida, pero nosotros necesitamos una grúa que nos ayude a desplazar las placas de hormigón», dice mientras saca frenéticamente escombros de uno de los agujeros en lo que antes eran los edificios de la OPD en la popular zona Caribe de Caraballeda, una de las zonas más afectadas por los sismos.
En uno de los agujeros está escarbando Luis Zambrano, otro de los familiares voluntarios. Muestra dos fotografías de víctimas que acaba de encontrar entre los escombros. Son las credenciales de los trabajos donde las víctimas se desempeñaban. «Estos documentos de personas extraviadas se van colocando ahí fuera en el porche y van preguntando por estas víctimas y nosotros vamos sabiendo en qué piso estamos trabajando», señala el joven. Han conseguido con sus escasos medios llegar hasta la planta baja de la edificación de doce pisos.
Cuando encuentran un indicio de vida llaman a los rescatistas profesionales para que metan en la zona un sonar y hagan sus comprobaciones. Aseguran los jóvenes que lo que les trasladan es que es muy peligroso meterse en esos agujeros y que no van a entrar los profesionales hasta tener constancia de que hay personas vivas.
«Necesitamos más herramientas. Más taladros, más radiales y más grandes. Llevamos siete días aquí», reclama Nelson Morales mientras uno de sus compañeros cava una hendidura en la pared a fuerza, con la ayuda de un pico.
Sacando piedras en las inmediaciones de forma frenética está Wilson Cruz, un muchacho enjuto, de mirada penetrante, con varios crucifijos al cuello. Se nota que está a punto de estallar y estalla: «Con estas manos trabajamos, las tengo destrozadas. Estas son las herramientas que nos da el Gobierno», dice, levantando sus brazos. «Lo único que quiero es enterrar a mi familia, verlos por última vez», clama. «Tengo demasiado odio porque aquí tienen que ayudarnos y no nos han ayudado», añade, criticando la asistencia gubernamental.
«No tengo dinero, no tengo familia, lo único que necesito es lo que estoy pidiendo, máquinas», dice, clamando por grúas y otro tipo de gran maquinaria que ayude a sacar a los suyos bajo los escombros. Ha pasado ya más de una semana de búsqueda pero La Guaira no está dispuesta a rendirse a pesar de todas las dificultades.