Una mujer que buscaba a su familia en La Guaira: «Solo estábamos nosotros»
05 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El conjunto residencial Belo Horizonte, dos torres de apartamentos en el estado de La Guaira, en Venezuela, tenía 16 pisos de altura y vistas al mar Caribe. Erick Rosas, a unas semanas de graduarse en la universidad, vivía con su familia en el tercer piso, pero cuando comenzaron los temblores el miércoles estaba visitando a su tío, a unos 24 kilómetros de la costa. Era festivo nacional, la conmemoración de una batalla del siglo XIX que llevó a Venezuela a la independencia, y Rosas estaba nadando en la piscina.
En los primeros y aterradores momentos del terremoto, el más fuerte que ha registrado el país en más de un siglo, Rosas solo podía pensar en salir corriendo. Salió rápido del agua y saltó desde el borde de la piscina por encima de un muro de hormigón hacia la calle. Los edificios de apartamentos detrás de él, a su izquierda y a su derecha, se derrumbaban. Sin camiseta, en chanclas, se dispuso a buscar a su familia. Para llegar a Belo Horizonte, caminó y se subió a la parte de atrás de motos entre polvo y humo, en medio del clamor y la confusión de los atrapados y heridos, pasando por los escombros de calles que antes eran familiares para él. Tardó cinco horas en llegar a casa, solo para descubrir que gran parte de la torre se había venido abajo.
Una semana después del peor desastre natural en Latinoamérica en años, al menos 2.600 personas han muerto, unas 12.600 están heridas y muchas más están desaparecidas. La cifra de fallecidos subirá. El estado de La Guaira, uno de los más castigados, está lleno de rescatistas y ayuda humanitaria de una docena de países, incluido Estados Unidos. Las Naciones Unidas están coordinando a más de 2.000 rescatistas desde un centro de mando en un estadio.
Pero gran parte de la ayuda llegó mucho tiempo después del período más crítico, cuando los residentes de Belo Horizonte y de los cientos de edificios que también se derrumbaron trataban de buscar supervivientes en unas condiciones críticas. En esos primeros días, la gente más cercana al desastre sintió la falta de ayuda de su propio gobierno. «Solo estábamos nosotros, la familia, los vecinos», dice Zuleica Pérez, una vecina de Caracas de 66 años que buscaba a su familia en medio de los escombros de Belo Horizonte.
A lo largo de la costa venezolana, y especialmente en La Guaira, la noche de los terremotos prometía ser de fiesta. En la zona, se celebraba el San Juan. La gente canta y baila, los tambores llenan las calles. El sobrino de Pérez, Christopher Pineda, estaba trabajando en un club de la playa cercano. La mujer de Pineda, una profesora de instituto de matemáticas y física, estaba en casa con sus dos hijos, en la planta 14 de la torre A del Belo Horizonte. El partido del Mundial entre Brasil y Escocia estaba comenzando, y lo estaban viendo.
Cuando pararon los temblores, Pérez no podía comunicarse con su sobrino, ni con su mujer, por teléfono. Condujo de Caracas a la costa para saber qué había pasado. Cientos de edificios colapsaron aquella noche, los vídeos desde la playa mostraron cómo un edificio cercano se derrumbaba mientras la gente gritaba y lloraba. Pero la torre A no se derrumbó por completo; se hizo pedazos y cayó de lado. Algunos pisos de las primeras plantas resistieron. Cuando llegó Pérez, ya era de noche y no había luz. Solo escombros. No consiguió saber nada de la mujer de su sobrino ni de sus hijos.
Rosas llegó a las torres derruidas aquella noche, después de escapar de su piscina. Me contó que su madre había escogido aquel apartamento porque lo consideraba seguro. Su antigua casa había sido arrastrada por las inundaciones de La Guaira en 1999, en las que miles de personas murieron. Ahora, más de diez pisos del edificio se vinieron abajo. Su casa, en la tercera planta, estaba destruida. Pero no se derrumbó. La familia de Rosas había sobrevivido.
Se sumó en la calle a la multitud que trataba de rescatar a cualquier superviviente. «Los vecinos eran los únicos que rebuscaban entre los escombros, ellos se encargaban de las labores de rescate. Era un conocido, un vecino, un amigo, un familiar», afirmó.
Escenas similares se vivieron a lo largo de toda la costa. Esos primeros días, los residentes de Caracas y de otros lugares se acercaron rápidamente a ayudar como pudieron, llevando agua, pañales, generadores y herramientas para ayudar. Muchos se quejaron de que el Gobierno no tenía maquinaria pesada para remover los escombros. El pasado fin de semana, las autoridades restringieron el acceso a La Guaira. Esto ayudó a poner cierto orden para la búsqueda de los supervivientes, pero también restringió el flujo de ayuda para quienes lo habían perdido todo. La gente en La Guaira tuvo problemas para comunicarse con quienes vivían fuera de la zona. Daniela Ropero, de 38 años, que estaba ayudando a madres a buscar a sus hijos, no se quiso ir por si no podía volver, así que durmió en el suelo de casas de extraños. «No hay agua, hay basura por todas partes. No hay baños públicos. Entre eso y el olor a cadáveres...», dijo cuando la llamada se cortó.
El auxilio que llegó de otros países, y de otro tiempo
Este país lleva mucho tiempo en decadencia bajo el Gobierno represivo y autoritario de Nicolás Maduro, que asumió el cargo tras la muerte de Hugo Chávez en el 2013. Los venezolanos han sufrido escasez de alimentos y hambre, una inflación galopante y protestas de decenas de miles de personas, que fueron reprimidos con gas lacrimógeno, cañones de agua y otras medidas todavía peores. Después de que la Administración de Donald Trump derrocara a Maduro en enero, muchos venezolanos tenían esperanza de que vinieran días mejores. Pero aunque la economía dio signos de recuperación bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez, «Venezuela todavía está en una crisis profunda», me dijo el economista Asdrúbal Oliveros. Los terremotos «sobrepasaron la capacidad del Estado».
Los equipos de búsqueda y rescate internacionales comenzaron a llegar a La Guaira el día que sacaron a los familiares de Pérez de Belo Horizonte. Cuando Rosas los vio, con sus sensores acústicos y herramientas específicas, tuvo la sensación de que no solo venían de otro país, sino de otro tiempo. «Nosotros sacamos los cuerpos solo con nuestras manos, sin guantes, y ellos aparecieron con cámaras térmicas», me dijo. Estos equipos se desplegaron entre los escombros, a lo largo y ancho del conjunto residencial, y ahí comenzó una nueva fase de la recuperación.
Joshua Partlow es periodista en «The Atlantic». © 2026 The Atlantic. Distribuido por Tribune Content Agency. Traducido por S. P.