Las olas de calor acortan las estancias y empujan el turismo hacia el norte

Adrián Vázquez REDACCIÓN / LA VOZ

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Alejandro García | EFE

Galicia y la cordillera cantábrica se erigen como refugios climáticos cada vez más valorados por los viajeros

31 ago 2026 . Actualizado a las 15:37 h.

El mapa turístico de España comienza a redibujarse bajo el peso inclemente del calor extremo. El cambio climático deja de ser una proyección futurista o una simple advertencia ambiental y se convierte en un vector de transformación económica y cultural. Para un país donde la actividad turística representa cerca del 15,6 % del Producto Interior Bruto, comprender la respuesta de los viajeros ante el estrés térmico es una cuestión de supervivencia económica. La noción del clima como un recurso inagotable y garantizado sobre el que se levantó el modelo histórico de sol y playa se tambalea, lo que empuja al sector hacia una reestructuración forzosa de sus dinámicas tradicionales.

Aunque el atractivo de la península e islas se mantiene sólido y los datos descartan por ahora un colapso del modelo mediterráneo, el comportamiento del visitante internacional empieza a mostrar grietas. Un riguroso análisis publicado por el Science Media Center España, elaborado a partir de registros climáticos de la Agencia Estatal de Meteorología y datos de la encuesta Frontur del Instituto Nacional de Estadística, pone cifras a este fenómeno. Al comparar el flujo de más de 6.500 turistas procedentes de Reino Unido, Francia, Alemania y Países Bajos durante dos escenarios contrapuestos —el abrasador julio del 2022 y un julio del 2023 térmicamente moderado—, la evidencia científica confirma que el calor extremo condiciona de forma directa la elección del destino y recorta la duración de las estancias.

Esta sensibilidad térmica no afecta a todos los mercados ni a todos los territorios por igual. Los viajeros procedentes del Reino Unido, por ejemplo, muestran un repliegue especialmente acusado durante los episodios de temperaturas especialmente altas, de modo que cancelan o acortan sus desplazamientos. Asimismo, los destinos insulares como las Islas Baleares sufren con mayor intensidad este impacto. La combinación de temperaturas récord con elevados índices de humedad ambiental dispara la sensación térmica, reduce drásticamente el confort urbano y playero y altera la percepción de calidad del viaje.

«Coolcations»

En este contexto de búsqueda de alivio se ha popularizado el fenómeno de las coolcations, la tendencia global para planificar las vacaciones estivales hacia latitudes con temperaturas más suaves. La franja cantábrica y Galicia aparecen inmediatamente en el imaginario como los grandes refugios climáticos. Sin embargo, la lectura académica exige alejarse del entusiasmo triunfalista. Iria Caamaño, experta en turismo de la Universidade da Coruña, precisa que no estamos ante un simple trasvase de visitantes del sur al norte: «Galicia recibe más visitantes porque presenta temperaturas más suaves que otros destinos, pero también se modifican las formas de viajar, los períodos de mayor demanda e incluso las actividades que se realizan», explica.

Es preciso pensar en la capacidad de acogida de los territorios, en la sostenibilidad de los flujos, en la presión sobre los recursos y en la necesidad de planificar bien este posible aumento de la demanda», advierte la experta. Esta saturación potencial en el norte no solo amenaza con tensión en las infraestructuras locales y el suministro de agua en los meses estivales, sino que también pone a prueba la convivencia con las comunidades residentes y la preservación de los frágiles ecosistemas cantábricos. Si la afluencia masiva no se gestiona de forma estratégica, el codiciado refugio climático corre el riesgo de reproducir a ritmo acelerado los mismos problemas de sobreexplotación que aquejan hoy al modelo mediterráneo. Como concluye el análisis del Science Media Center España, adaptar el modelo a estas nuevas exigencias térmicas no consiste solo en proteger una industria, sino en garantizar la sostenibilidad de los territorios, el bienestar de las comunidades locales y el equilibrio de unos ecosistemas cada vez más vulnerables.