La Generación Z toma la Puerta del Sol para poder vivir: «Con tres sueldos entre dos es imposible independizarnos»

P. Medina MADRID / LA VOZ

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Acampada en la Puerta del Sol de Madrid por la vivienda digna.
Acampada en la Puerta del Sol de Madrid por la vivienda digna. P. Medina

La acampada en la capital aglutina a cientos de personas que reclaman al Ejecutivo y a la oposición un pacto de Estado para solventar la crisis habitacional

28 sep 2026 . Actualizado a las 21:50 h.

La Puerta del Sol de Madrid amaneció este lunes como cada día. Los niños y turistas se sacaban fotos con el oso y el madroño, el ajetreo del centro de la capital dejaba alguna cara nerviosa... pero la estampa añadió un campamento improvisado de jóvenes, adultos y ancianos que pernoctaron tras la convocatoria masiva del domingo a la plaza madrileña para demandar una vivienda digna y justa tras la explosión social del desahucio de Maricarmen. Los allí presentes, en su mayoría millenials y jóvenes de la Generación Z, tienen muy interiorizado que no levantarán las tiendas hasta que el Gobierno solvente el problema de la vivienda de una forma u otra. 

A sus 23 años y con trabajo de esteticista, Celia no consigue que salgan las cuentas de hacer vida en Madrid. «Hace seis meses mi casera nos echó con la excusa de que quería utilizar la vivienda ella y a la semana apareció en Idealista a 2.000 euros cuando nosotros pagábamos 1.200. Que ya es importante. Y ahora en una de protección pública estamos pagando 1.500 euros mi pareja y yo. Es imposible independizarnos», relata. Su pareja tiene dos sueldos, y con el suyo, el tercero, es imposible acceder a una vivienda digna. Ambos tienen una vida ajustada aun con esfuerzo. «Es que incluso gastando 10 euros por ir a cenar al Taco Bell te sientes culpable», añade. Su amiga Paula, de 24 años y que trabaja en una joyería, vive con sus padres porque no puede acceder a ningún tipo de domicilio. «Soy consciente de que con 24 años si fuera con amigos a vivir me dejaría más de la mitad del sueldo en alquiler. Hay muchas formas de hacer negocio y de enriquecerse pero no creo que sea ético hacerlo especulando», resume.

Como ellas, cientos de jóvenes tienen pensado, pese a los pronósticos de lluvia, pasar los días que haga falta para que su voz, la de una generación denostada, llegue a los oídos del Gobierno, con el que la mayoría se sienten defraudados. El último CIS apuntó que la vivienda, que pasó por primera vez a ser la principal preocupación de los españoles en el 2024, aún se mantiene en lo alto del podio de las pesadillas nacionales. Y la acampada es un «se acabó» de una generación que ha cambiado gobiernos en África y el sudeste asiático y que, en España, solo quiere un techo digno.

Paula y Celia.
Paula y Celia. P. Medina

Para Sara, gallega de 28 años, la cuestión tiene un gran fondo de clase, más que ideológico. «Es un tema de quién tiene dinero para poder pagar la entrada de un piso y quién solo se puede pagar un alquiler hasta que el casero sube el precio y te tienes que ir de ahí». Y transversal, porque entre los acampados y Maricarmen, hay toda una ciudadanía afectada. «Tu puedes ser una persona de 50 años que se enfrenta a un divorcio y de pronto se enfrenta al negocio inmobiliario y lo difícil que es buscar piso», recuerda.

Las protestas de los jóvenes vienen avaladas por los datos. El último barómetro del Mercado Residencial de Capitales de Provincia arrojó que el crecimiento interanual de la vivienda se situaba en un 12,1 %. Los universitarios no pueden acceder a un mercado infame. Como dice en solidaridad José, del Movimiento Pensionista de Madrid, que se acercó a la acampada para apoyar a los jóvenes, «si mi hijo está pagando por una simple habitación de 25 metros cuadrados 700 euros mensuales, tenemos un problema».

Derechas y fondos buitre

En el emplazamiento, que capta la atención de turistas extranjeros, televisiones y curiosos, se mantienen diálogos muy activos para trazar el diagnóstico de un problema que, a todas luces, achacan al choque generacional, pero también al negocio.

Sara, gallega de 28 años, en la acampada por la vivienda digna.
Sara, gallega de 28 años, en la acampada por la vivienda digna. P. Medina

«El caso de Maricarmen ha puesto de manifiesto que esto afecta a pensionistas, obreros y estudiantes de izquierdas y de derechas», dijo José, hablando de que la vivienda es inaccesible para todos los espectros. Pero los más jóvenes también recuerdan algunos discursos de generaciones anteriores como los boomers, que trataron de restar dramatismo a la cuestión habitacional. «Con el SMI no te da ni para pagar el alquiler para comer o tener ocio. Es que nos sentimos culpables por ir al Taco Bell y gastarnos 10 euros por ir a cenar porque parece que nos estamos gastando la entrada de una casa. Es muy recurrente de la generación de nuestros padres. Pero es que los sueldos no dan para pagar todo», recoge Celia.

Gonzalo, de 25 años, también ha tenido que escuchar reprimendas por reclamar su derecho a una vivienda digna. «Siempre nos sacan el tema de que a nuestra edad ellos tenían una casa y que también pasaban dificultades, pero la capacidad adquisitiva era mucho mayor por aquel entonces», se cuestiona. Detrás de él, un cartel invita a la okupación si no se pone remedio a las subidas de los precios.

Muchos de los presentes cuestionan, como Gonzalo, que se hable de «prioridad nacional» desde ciertos sectores de la oposición y se permita que haya capital extranjero que destierre de los barrios a familias oriundas de estos. O en palabras de Sara: «Deberíamos de hablar de fondos buitre de fuera de España, ciudades vendidas al turismo extranjero que nos echa de nuestras casas. Al margen de afinidades políticas, la gente está de acuerdo con topar los precios. Incluso hay un porcentaje nada desdeñable de personas de PP y Vox que entienden esto».

Enzo, de Sevilla, en su tienda.
Enzo, de Sevilla, en su tienda. P. Medina

Con los ojos en La Moncloa

Las charlas y talleres, que recuperan el espíritu del 15M que algunas personas evocan, transcurren entre pasadas de voluntarios que recorren los ramales de carpas recogiendo basura y guardando correctamente las formas, como en la acampada de la Universidad Complutense para poner fin a las relaciones con los centros israelíes. Esa organización le maravilla a Enzo, que ha subido de Sevilla para «aprovechar los días de vacaciones» que tenía reservados. «Es complicado porque desde arriba no quieren dar el brazo a torcer. Tenemos que aprender del 15M hay que seguir y exigir. Entonces fue una explosión del pueblo que estaba harto, gente de todo tipo aunque nos llamaran a todos perroflautas. Hay muchos intereses y es muy difícil. De momento se está presionando, pero hay que exigir ir hasta el fin», recuerda.

La división más evidente es la establecida entre la clase política y la ciudadanía. Las críticas le caen tanto al Ejecutivo como a la oposición. «La vergüenza la provocan quienes se lucran de ello y quienes no legislan para remediarlo», dice Sara en vista del decreto que puede aprobarse en el Consejo de Ministros de este martes o que, por otro lado, puede fracasar. Pero pase lo que pase, los presentes en la Puerta del Sol no tienen intención de moverse. «Como no haya cambios me tiro aquí un mes o dos. Estamos cansadas. Si esta es la forma que tiene nuestra generación de luchar, seguiremos», ensalza Paula.

Asistentes a la acampada tratan de expulsar al agitador ultra Bertrand Ndongo.
Asistentes a la acampada tratan de expulsar al agitador ultra Bertrand Ndongo. P. Medina

Milagros, una señora interesada por los allí concentrados, coge del brazo a otra joven acampada para decirle: «Vosotras seguid, que después de la Guerra Civil tuvimos que luchar nosotras también por lo que es nuestro». Aunque José piensa que es un toque de atención para algunos ciudadanos también. «Que la gente joven tenga que estar durmiendo en la puta calle por defender los derechos de todos los ciudadanos es indignante», reprende.

Intento de boicot 

La jornada transcurrió con tranquilidad hasta que la presencia del agitador ultra Bertrand Ndongo cambió medianamente el ambiente. Un grupo de personas se aglomeró a su alrededor a grito de «¡fuera fascistas de nuestros barrios!». Se resistió a abandonar la plaza hasta que el movimiento de los presentes acabó por desplazarle. Todos, incluido el propio Ndongo, manos en alto para intentar mantener la inocencia.

Pero algunos exaltados rompieron con el pacifismo, con ataques velados a miembros de la prensa allí presentes y el propio propagandista ultra echando mano de un espray pimienta.

A los pocos minutos, concluyó el altercado para que acudiese otro compañero de Ndongo, Vito Quiles, que fue igualmente expulsado y se reanudó la reivindicación de conseguir una vivienda digna.