Un exrector en el aula

Vicente Gotor ha regresado a la vida universitaria de a pie, con su laboratorio y sus clases. Encuentra a los alumnos menos participativos y reconoce que hay que replantearse Bolonia

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Vicente Gotor vuelve al aula El exrector de la Universidad de Oviedo pasa su último curso antes de la jubilación entre el aula, el despacho y el laboratorio. Cuenta los cambios que ha detectado y las pocas ganas que tiene de colgar la bata definitivamente

Oviedo

En el aula 02, una clase de pintura amarilla desconchada, con las paredes cubiertas de orlas de antiguas promociones, a las cinco de la tarde, Vicente Gotor coge la tiza. Los alumnos no se quitan los abrigos. Hace frío. Gotor, en jersey, lo sabe bien. Las restricciones alcanzaron a la calefacción durante su mandato, obligado por el paulatino recorte presupuestario que sufrió la institución académica. El exrector de la Universidad de Oviedo apura sus últimas horas lectivas antes de su jubilación. El año que viene cumple 70 años y se verá obligado a colgar la bata, aunque se siente con fuerza para seguir. Por eso no ha aprovechado el año sabático al que tenía derecho y que le hubiera permitido enlazar el Gobierno universitario con el retiro. Gotor está en la Facultad de Química como en casa. Lo demuestra con la puerta del despacho abierta, en el trato con los trabajadores de la cafetería o con los estudiantes. «Observo con amargura a profesores que intentan evitar la docencia. No entiendo que sigas esta carrera y te paguen por algo que no te gusta hacer», lamenta.

Su regreso a la vida civil ha tenido momentos dulces y amargos. Ha podido dedicar más tiempo a la familia, que atraviesa por un momento delicado y que le necesita más que nunca. Ha regresado al aula y al laboratorio, dos de los grandes alicientes de su vida, donde es el líder del equipo. Respira vida universitaria por todos los poros. Pero también está viviendo en carne propia una institución académica con menos recursos y también un plan Bolonia implantado con lo justo. ¿Lo nota? «He descubierto que es mucho más estresante. Con unos calendarios un poco locos, con mil horas repartidas en toda la semana. La parte práctica está bien pero luego hay otras partes que no está tanto, con muchos grupos diferentes y tutorías grupales divididas... Creo que habría que replantearlo», reconoce. 

Los alumnos que le escuchan hablar de reactivos son de segundo de Químicas matriculados en Química Orgánica. Gotor insistió este verano en impartir clase pero no quiso desmontar el plan docente ya aprobado, así que alcanzaron una solución salomónica: los profesores titulares le cederían algunas horas. Eso es lo que está haciendo estos días. Tiene unas horas en esta parte del curso y el resto, en la recta final. «Los alumnos son más jóvenes, antes daba en tercero y estos son de segundo, y eso se nota. Todavía no hemos hecho ningún examen para saber cómo van de conocimientos, pero son menos participativos», comenta. También ha detectado que están más apurados y que pasan muchas horas en la facultad.

Dice con satisfacción que tiene el relevo asegurado con profesionales de su grupo, de los que dice que hacen buena la frase de que los discípulos superan al profesor. Ese revelo está garantizado tanto en el aula como el laboratorio. Sigue siendo el investigador principal de tres proyectos, de financiación regional, nacional y europeo, que acaban el año que viene, justo coincidiendo con su retiro. Su único pesar es la falta de recursos. Antes el equipo estaba formado por una veintena de personas pero ahora solo son una docena y solo cinco están en la tesis. «Antes presentábamos dos o tres tesis al año, ahora con suerte una por curso o cada dos. Y eso que tenemos un departamento con muchas publicaciones y con proyectos. No todos pueden decir lo mismo. Pero hace falta personal», explica.

No ha tenido problema en reintegrarse como docente e investigador de a pie. Mantuvo el contacto con el equipo, con los miembros de la facultad e, incluso, con los alumnos durante el primer mandato. «Seguí con la cuadrilla de siempre y no cambié», defiende. No obstante, siente dos resquemores. El primero, con una parte del alumnado. No se ha olvidado de los escraches que sufrió ni de las acusaciones de que expulsaba a 1.000 alumnos al año con el régimen de permanencia. «Esos alumnos me han defraudado. Supuso una gran decepción», insiste Gotor, que siempre ha presumido de sentirse cómodo en el trato directo con los estudiantes. El segundo es con el nuevo equipo rectoral, que no ha valorado la facilidad del relevo ni el hecho de que el equipo saliente dejará los presupuestos aprobados y las contrataciones docentes preparadas. «Eso no nos pasó a nosotros en su día», comenta.

Gotor pasea por el estrado del aula con las paredes escarchadas sin soltar la tiza. La profesora titular de la clase toma nota del temario que se está avanzando. El exrector solo tiene una subcarpeta marrón encima de la mesa, cerrada, con unas notas que no consulta. Está a punto de cumplir 70 años pero se resiste a abandonar las clases.

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