El presidente del Principado, que se preparaba para dejar la política al final de la legislatura autonómica, salta al centro de la política nacional para pilotar a un PSOE perdido en sus crisis
25 dic 2016 . Actualizado a las 02:23 h.En política, por la voluntad propia que declaró en la campaña de las últimas elecciones autonómicas al anunciar que esta sería su última legislatura antes de apartarse de la primera fila, Javier Fernández es un personaje crepuscular. Pero hay muchas formas de bajarse de un escenario, desde la salida discreta a una última réplica lapidaria, y el 2016 ha sido el año en que el presidente del Principado ha cambiado su mutis en plena obra. Después de una victoria electoral escasa hace un año y medio, sin posibilidades de controlar la Junta General como en los buenos tiempos del PSOE asturiano y atrapado en el bloqueo resultante de las combinaciones, variaciones y permutaciones de las seis fuerzas políticas con intereses propios que comparten el espacio parlamentario, sus últimos años en el poder parecían destinados a diluirse en la melancolía de la inacción con algún estallido ocasional de reproches contra quienes le atan las manos. Así fluía con pereza el argumento hasta que Pedro Sánchez decidió acelerarlo, estrelló contra el muro del comité federal el bólido de la renovación socialista y, de repente, el presidente de una comunidad autónoma pequeña y estancada en su eterna reconversión acabó al frente de la siglas centenarias en un momento crucial para la supervivencia del partido, o al menos de la percepción que los españoles han tenido del partido en los últimos cuarenta años. Para Javier Fernández, los últimos meses de este año han significado el momento en que saltó a media película del guion de Up al de Grupo salvaje.
Desde el 1 de octubre, el PSOE atraviesa un un interregno al que nadie aún ha puesto plazos precisos. Una nuevas elecciones primarias y un congreso extraordinario lo cerrarán, presumiblemente, hacia el final de la próxima primavera. Hasta entonces ?será el momento de la restauración sanchista o de la tan anunciada y nunca concretada toma del poder por la dinastía andaluza de Susana Díaz?, el secretario general de los socialistas asturianos y presidente de la comunidad autónoma estará en una situación nueva para él. Javier Fernández, que siempre ha rehuido los focos, es ahora la cabeza visible de uno de los grandes partidos nacionales y, como tal, vive sometido a un escrutinio constante de todos sus gestos y decisiones. Tal como sucedió el desenlace del bienio de Sánchez, el depuesto secretario general, defensor ruidoso y tenaz del no a Mariano Rajoy y de la confrontación sin cuartel contra el Partido Popular, se ha llevado consigo el pedigrí izquierdista del partido a ojos de la opinión pública y eso deja a Fernández, el rostro de los barones tradicionales, la presidencia de una gestora con una enorme lista de tareas. Aunque el PSOE parece haber tocado fondo en los últimos sondeos, el partido sigue hundido en las encuestas tras encadenar en las elecciones generales de 2015 y 2016 sus dos peores resultados desde el retorno de la democracia a España, dividido sobre la gestión de Sánchez e indeciso acerca del tono que imprimir a sus relaciones con el PP y con un Unidos Podemos respaldado por esas mismas encuestas en su pretensión de ser el segundo partido nacional y la principal fuerza de la oposición.
La doble responsabilidad de Fernández ?institucional en Asturias, partidista en Madrid? difumina las barreras geográficas. Ahora, lo autonómico es nacional y lo nacional es autonómico. El presidente aún sirve bajo la bandera de la socialdemocracia, despreciada por la derecha y cuestionada a la izquierda por el ascenso de Podemos, que plantea en otros términos su visión del mundo y sus propuestas a los ciudadanos. En estos primeros meses, Fernández ha descubierto una insospechada conexión personal con Rajoy ?el mismo presidente del Gobierno que durante años ignoró sus peticiones de una entrevista personal para abordar los problemas de Asturias? y ha visto cómo, por el flanco de la abstención en la investidura, se abría una nueva línea de ataque a su gestión por parte de Podemos. No conectan el presidente y el puñado de jóvenes dirigentes asturianos de la nueva fuerza política. Así ha sido desde el principio y nada lo ha hecho cambiar. Ni el roce parlamentario ni los encuentros negociadores han servido para deshelar unas relaciones cuyo bloqueo atasca la marcha de la comunidad autónoma. El PSOE sigue descalificando al partido de Daniel Ripa y Emilio León como una fuerza de agitación populista y los diputados morados, por su parte, igualan el largo periodo de poder socialista en Asturias con una etapa de tibieza ante la corrupción, estancamiento económico y emigración masiva de los jóvenes. Contra este telón de fondo, cualquier entendimiento nacional con el PP se recorta como una prueba añadida de la identidad esencial de las dos patas del bipartidismo.
Se hace difícil gobernar en esas condiciones. Aunque quisiera un acuerdo con Podemos (una hipótesis sin demostrar), Fernández probablemente va a recibir una negativa de la dirección morada, resuelta a sobrepasar al PSOE y alcanzar el poder en Asturias. En el pasado, cuando no había acuerdo con la izquierda, los socialistas han girado hacia el PP para desbloquear la aprobación de presupuestos o medidas importantes para la comunidad, pero esa opción parece descartada ahora. Un pacto con los populares en Asturias restaría credibilidad al presidente de la gestora cuando intenta afirmar a su partido como referencia de la oposición en el Congreso. Mientras medita sobre ese dilema e intenta encontrar una salida, Javier Fernández cierra un año paradójico que le ha dado más notoriedad y poder que nunca al mismo tiempo que limita su margen de actuación y encierra al Principado en un bloqueo y una inacción política no vista desde los tiempos del gabinete jibarizado de Sergio Marqués.