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«Ni siquiera ponemos la calefacción. Dormimos todas en el salón en los días de más frío»

Una afectada por el «tarifazo eléctrico», que vive con sus dos hijas en una vivienda de Vipasa plagada de humedades, relata su particular círculo vicioso de la pobreza. Es fija en su empresa de limpieza, pero cobra 673 euros al mes


Gijón

Hay hogares en los que las nuevas formas de la pobreza impuesta por el sistema se cumplen a la vez. Pilar vive en La Corredoria en Oviedo con sus dos hijas. Es una familia monoparental encabezada por una mujer. Pasaron por un desahucio. Ella trabaja pero ni siquiera cobra los 707 euros al mes que se han establecido este año como salario mínimo interprofesional. Como su jornada de trabajo es de cinco horas, su salario es de 673 euros mensuales. También ha estado dos años y cuatro meses esperando por el salario social. Su hija mayor estudia en la universidad con una beca. El piso de dos habitaciones, que no llega a los 50 metros cuadrados, en el que viven de alquiler es de Vipasa, la empresa pública de viviendas del Principado. El pasado verano le pintaron las paredes manchadas de humedades. Este invierno, han vuelto a salir las manchas. «Ni siquiera ponemos la calefacción. Nuestra fuente de calor es una estufa de butano que tenemos en el salón». A veces, el dinero no le da para poder comprar las dos bombonas que necesitaría al mes.

«Malvives porque es la verdad. Si echas cuentas, sale a 220 euros por cabeza y no llegas», resume. Hace tres años se mudó al piso de La Corredoria, en el que no había habitado nadie en años. Las imágenes de las paredes de las habitaciones hablan por sí solas. «Tiene muchas humedades. Vivimos en el último piso, que tiene orientación norte, y es muy sombrío. Nunca le da el sol. Y ahora con el frío de fuera salen más humedades. Es increíble», dice, explicando que en verano, tras advertir a Vipasa de la humedad acumulada en los meses anteriores, vinieron a pintar las manchas, pero en lo que va de invierno han vuelto a salir y cada vez son más. «Me decían que era por la condensación, pero no pongo la calefacción. Las calidades no son buenas y el que hizo estas viviendas está claro que no iba a vivir en ellas».

«Calentábamos el agua en potas para ducharnos»

La vivienda se la habían dado un 30 de noviembre, tras el desahucio. Antes tenía un buen trabajo, de ocho horas, con un buen sueldo. La mudanza la hicieron un 18 de diciembre. «Cuando llegamos la caldera no funcionaba y estuvimos casi un mes sin ella, hasta el 20 de enero. Calentábamos el agua en potas para ducharnos o tirábamos de amigas», recuerda. La caldera es de gas y es antigua. «Le faltaban piezas y le pusieron un parche. Al año siguiente se volvió a estropear al llegar el invierno y los técnicos calcularon que reponer las piezas que necesitaba costaría más de 300 euros». A Pilar le explicaron que la factura requería el visto bueno de Vipasa para llevar a cabo la reparación, pero no se dio de paso y «solo pusieron una pieza para regular la presión del agua».

En enero de este año la caldera, que solo utilizan para el agua caliente, volvió a dar problemas. Al llamar a Vipasa, le indicaron que ya no envían a los técnicos para estas reparaciones, «que me las arreglara con la compañía que tuviera. Me preguntaron cuál era y, como tiene un servicio de mantenimiento, me dijeron que recurriera a él». Pero no tiene ese servicio porque es cliente de riesgo. «Entonces me dijeron que llamara a un técnico y solo con la salida ya son 60 euros». Tampoco puede cambiar la caldera porque dice que Vipasa no lo permite, «así que no encuentro salida».

No es ni mucho menos la única inquilina de Vipasa con desperfectos en la vivienda. «No se responsabilizan de cómo está la gente viviendo», dice, mencionando, entre otros casos, a quienes han constituido una plataforma de afectados en su mismo barrio, en varios bloques de la calle Pedro Alonso Rato. «Son viviendas públicas que tienen grietas en la zonas comunes, en las que todo está hecho un asco y Vipasa dice que eso lo tiene que pagar la comunidad».

Este invierno, el de la ola de frío inmenso, en su casa solo tiran de la caldera de gas para el agua caliente. Como es cliente de riesgo -y esto quiere decir que hubo meses en los que el banco devolvía las facturas que luego paga en ventanilla-, al dar de alta los servicios de luz y gas en la vivienda, en la compañía eléctrica le explicaron que no podía beneficiarse de la bonificación de una factura conjunta de ambos servicios. «Sólo duchándonos, la factura del gas son 85 euros cada dos meses. A veces, en verano llegan a los 103 euros. Solo de agua caliente. Como la caldera es vieja, gotea de un sitio, y todo eso va gastando, pero no puedo llamar a alguien para que la repare». La factura de la luz son otros 73 euros.

«El IVA es de un 21% como si la luz y el gas fueran productos de lujo»

Tampoco tiene derecho, al tener una nómina «en precario», al bono social que conceden las eléctricas. Ni a las ayudas de Servicios Sociales por la misma razón, «en donde hay tal cantidad de demanda que quedas fuera». Pilar, que es miembro de la Plataforma contra los Abusos de las Eléctricas que se constituía recientemente en Oviedo, explica que si la factura de ambos servicios fuera conjunta ya solo el IVA sería menor: «Encima es de un 21% como si fuera un producto de lujo. Lo más normal sería que fuera el mínimo». 

La habitación de sus hijas está pintada de azul, pero este verano, cuando vinieron a tapar las humedades, utilizaron solo pintura blanca. «La pared de ellas es la peor, porque en esa habitación no da el sol nunca. Es una habitación pequeña, en la que solo entran las camas, una encima de la otra. Cuando sacamos la de abajo, da contra la pared, así que tienen el armario en el salón. Hacemos la vida en el salón y muchas veces las niñas duermen en él. Es una barbaridad pero es lo que hay. Tampoco te puedes quejar porque encima tienes un techo». En el salón es donde está la estufa de butano, la única fuente de calor de su hogar. «Estos días tan fríos no dormimos en las habitaciones, nos ponemos todas en el salón con los edredones, las mantas y los pijamas de franela» 

Su hija mayor va a los centros municipales de estudios, «en donde sí hay calefacción», para combatir el frío de su casa. Como tiene una beca, la presión que siente es enorme. «Siempre dice que solo le podría quedar una asignatura y, en estas condiciones, es todo presión. ‘Si me queda alguna y no lo supero…’, te dice. Y te empiezas a sentir mal, empiezas a pensar que no eres capaz de sacar adelante a la familia…»

«Todos tendríamos que unirnos porque la pobreza energética no es más que una estafa»

Pilar se hizo miembro de la Plataforma contra los Abusos de las Eléctricas porque cree que, con su experiencia en lidiar con todos estos obstáculos, puede contribuir en la causa y ayudar a quienes también se encuentran en su camino con las trampas del sistema. «Todos tendríamos que unirnos porque la pobreza energética no es más que una estafa». Por ello, lamenta tener la sensación de que a las personas que sí pueden pagar las facturas no les importe que haya quienes no puedan. «La gente no se solidariza, parece que impera la idea de que como no va conmigo… pero hay iniciativas como ésta y hay que apoyarlas», dice. 

Pilar trabaja como limpiadora. En sus cinco horas de trabajo diario tiene que limpiar doce comunidades vecinales y no todas están en Oviedo. «No te ponen vehículo y para trabajar necesito el coche. A Noreña no podría ir en autobús». El gasoil es otro de los gastos mensuales que tienen que salir de esos 673 euros que cobra al mes. Como tener internet en casa para que sus hijas puedan acceder a los apuntes del colegio y de la universidad. Por eso, algunos meses no le da para comprar una segunda bombona de butano, que cuesta 15,80 euros. «Vas sumando y sumando y a veces no se puede».

«El miedo paraliza mucho a la gente»

En la empresa en la que trabaja es fija, pero a base de haberles denunciado hasta en dos ocasiones. «Estaba fuera de convenio, como todas en la empresa; es lo que me ofrecieron. Se aprovechan de la necesidad que tenemos de trabajar. El primer mes cobré 450 euros por cinco horas diarias. Y sigues porque lo necesitas. Se puso de baja una compañera e hice su turno, pero no lo cobré». Denunció a la empresa y la despidieron. Fue a juicio y ganó. Tuvieron que admitirla de nuevo y volvieron a despedirla. Volvió a ir a juicio y lo volvió a ganar: «Ahora soy fija, intocable, y soy la que más gano, dentro de convenio, pero el resto de compañeras siguen fuera de él con los 400 euros y pico. Algunas incluso, al no tener coche, tienen que ir en autobús y eso significa que tienen que echar muchas más horas. Así es todo, el miedo paraliza mucho a la gente, pero una vez que lo pierdes ya no puedes perder nada más». 

Pilar cuenta que en la plataforma contra los abusos de las eléctricas, en la que se han agrupado perfiles diferentes de afectados por el «tarifazo eléctrico», hay una chica de Oviedo que también vivió un desahucio y a la que Vipasa le concedió una vivienda de urgencia, pero en Gijón. «Al no llevar un año empadronada en Gijón, no puede solicitar ningún tipo de ayuda. Si hubiera sido una vivienda de emergencia sí». Cualquiera, desde fuera, diría que emergencia y urgencia, en casos así, son sinónimos, pero no. «También tuvo dificultades para poder matricular a sus hijas en el instituto. Te encuentras en tierra de nadie porque no tienes acceso ni a los bonos de alimentos, ni a las ayudas de emergencia ni a las ayudas energéticas».

Pilar acumula deudas, porque tira de financiera para poder hacer frente a las facturas, y «estás en muerte civil total. No te recuperas nunca». En algunas ocasiones le han embargado el saldo de la cuenta por no pagar las facturas. «Tienes a lo mejor 130 euros y ya no puedes contar con ellos». Y eso pese a que el embargo de la nómina no debería realizarse cuando se cobra el salario mínimo profesional, como es su caso. «No pueden hacerlo, vas al banco a decirlo, ellos te dicen que se lo dirán a la parte contraria y al final tardas mes y medio en que te lo devuelvan». Así es como funciona el sistema. Del círculo vicioso de la pobreza, un concepto macroeconómico, no parece que haya escapatoria. «Una vez que has pasado todo lo gordo, luego ya sabes cuáles son las prioridades», dice, en todo caso, Pilar, «si no lo puedo pagar, no lo puedo pagar. Antes, priorizabas cosas que no eran lo importante hasta que te centras, pero hasta que todo eso pasa es muy duro. Cuando te ves yendo por primera vez a la Cocina Económica no eres consciente, no lo asimilas. Tardas mucho, pero una vez que te das cuenta solo te queda salir adelante».

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