«Ni los intereses políticos ni los económicos pueden frenar a la tecnología»

«Los grandes retos de nuestra era ya no pueden ser abordados desde una única disciplina concreta, sino desde la interconectividad», afirma el químico e investigador asturiano, flamante ganador del premio de ensayo Jovellanos

Amador Menéndez Velázquez
Amador Menéndez Velázquez

Redacción

El ya premiado esfuerzo de divulgación del doctor en Químicas por la Universidad de Oviedo e investigador asturiano del Instituto Tecnológico de Materiales de Asturias Amador Menéndez Velázquez -laureado ya con premios como el Europeo de Divulgación Científica o el Prismas- acumula un nuevo reconocimiento con la concesión del prestigioso Premio Internacional de Ensayo Jovellanos. El galardón convocado por Ediciones Nobel con el apoyo del ayuntamiento de Gijón y Caja Rural de Asturias ha ensalzado la «excelencia divulgativa» de su trabajo Historia del futuro. La era del Homo Tecnológicus. 

-¿Cómo y desde dónde enfoca ese futuro en su ensayo?

-Planteando que el XXI es un siglo completamente diferente de los anteriores. Es el siglo de la interconectividad. Y no me refiero solo a internet, que ha hecho del mundo un lugar interconectado rompiendo barreras espaciales y temporales, sino a la interconectividad que existe entre las disciplinas científicas y tecnológicas. Los grandes retos de nuestra era -la salud humana, el cambio climático, el problema del agua en países subdesarrollados- no pueden ser abordados desde una única disciplina concreta. Diferentes disciplinas interaccionando crean un sinergismo en el que todo es mucho mayor que la suma de sus partes. A partir de ahí, yo me planteo en este libro una visión holística, lo más completa posible, de las diferentes ciencias y tecnologías que tenemos y como, interaccionando entre sí, logran un sinergismo mucho mayor.

 -¿Que nos lleva hacia dónde?

-Esa interacción entre diferentes disciplinas nos está llevando a una tecnología exponencial donde los cambios son cada vez más rápidos. Como dice el director de ingeniería de Google, en el siglo XXI no veremos 100 años de progreso tecnológico, sino 2.000 o más años. Hasta ahora, cuando había una tecnología disruptiva, hablábamos de revolución tecnológica: la agricultura, por ejemplo, es una de ellas, o la informática, o la nanotecnología. Pero la interacción de todas ellas nos va a llevar a lo que se conoce como «singularidad tecnológica»: cambios tan profundos que son difíciles de prever, y que nos van a llevar a un futuro muy desconocido.

 -La ciencia nos ha «prometido» en las últimas décadas muchos futuros que finalmente no han sido. ¿Se atreve, aun así, a predecir el futuro, o habla más bien de algo que ya está aqui?

-No hago ni ciencia-ficción ni predicción. Más que predicción, es extrapolación. Lo que hoy está en los laboratorios científicos, mañana estará en el mercado; no todo, porque pasar de laboratorio a mercado es una barrera que no siempre es fácil de superar, pero sí una parte. En ese sentido hablo de extrapolación. Un ejemplo: hace años se desarrollaron unas nanopartículas inteligentes que son capaces de matar a las células cancerígenas y dejar intactas a las sanas. Eso soluciona el problema de la quimioterapia convencional que mata indiscriminadamente células cancerígenas y sanas y provoca efectos secundarios. Bien, pues hoy tenemos en la farmacia un fármaco para el cáncer de próstata basado en eso. Hablo en ese sentido en el libro. Me muevo por diferentes laboratorios del mundo, analizo las diferentes tecnologías disruptivas que están emergiendo, y proyecto esas tecnologías hacia los impactos posibles que pueden tener en una sociedad científico-tecnológica, en la que no imaginamos la vida sin internet, sin el láser, sin GPS…

-¿Cuál de esas tecnologías disruptivas va a tener un impacto más directo en nuestras vidas?

-Hay una claramente que es la más disruptivo, que está sembrando promesas y a la vez muchos temores: la superinteligencia. Hemos visto grandes progresos en el campo de la inteligencia artificial (IA); una máquina capaz de ganar a Kasparov al ajedrez. Pero es una IA reducida. Gana a Kasparov pero en cualquier otra actividad intelectual, Kasparov es mucho mejor. Hoy se camina o se persigue la IA general, es decir: máquinas que sean capaces de emular o incluso superar al ser humano en cualquier actividad intelectual. Imaginemos una máquina tan inteligente, o poco más, que el ser humano. Esa máquina podría ser capaz de desarrollar otra máquina más inteligente, la cual a su vez podría hacer lo mismo, y así en un ciclo al final del cual tendríamos una máquina mucho más inteligente que el ser humano.

-Para bien o para mal...

-Sí. Personalidades como Elon Musk, director de Tesla, o como Stephen Hawking tienen esperanzas, pero también miedos hacia esa superinteligencia. Hawking llegó a decir que la superinteligencia puede ser la mejor o la peor cosa que le suceda a la humanidad. Imaginemos que esa máquina superinteligente decida que los humanos le estorbamos o que no servimos para nada.

-En cualquier caso es por principio inconcebible desde nuestra inteligencia actual: sus prioridades, sus posibles sistemas de valores...

-Como bien dices, es inconcebible, y por eso se habla de singularidad tecnológica. Ya no se trata de una revolución, de un ordenador mucho más rápido, sino de algo conceptualmente distinto a lo anterior. Lo que planteo en el libro es que esa superinteligencia va a llegar, pero no en forma de una única máquina individual. Creo que el ser humano no va a ser capaz de diseñar una sola máquina, un robot, que sea superior al ser humano mismo. Muchos científicos y tecnólogos tratan de entender el cerebro humano y, a partir de ahí, construir una máquina que emule el cerebro y sea más inteligente. Pero aún nos queda un gran reto hasta que entendamos completamente el cerebro humano. Como decía Plank, nunca lo entenderemos porque nosotros mismos somos parte del misterio. En ese sentido, creo que llegaremos a una superinteligencia en forma de inteligencia colectiva.

-¿Una inteligencia-colmena?

-Eso es. Un ejemplo de la biología: una hormiga es un ser mínimamente inteligente, pero una colonia de hormigas interaccionando, la colonia, es inteligente. Es lo que se llama «inteligencia colectiva», que el biólogo Wilson ha estudiado. Es una estructura mayor fruto de las interacciones entre las partes. Esa colonia de hormigas es capaz de buscar comida, buscar refugio y sobrevivir durante miles de años. Yo planteo que en esta era de la interconectividad y gracias en parte a internet, podemos imaginar millones de seres humanos y máquinas interaccionando. Podríamos lograr una inteligencia colectiva fruto de ello, que nos llevaría a una superinteligencia mucho mayor que la de un ser humano o una máquina individual. Desde ese punto de vista, la superinteligencia no me plantea miedos, porque ya no tendríamos el peligro de una máquina individual que se vuelva loca y quiera atacarnos. Está distribuida entre millones de seres humanos y de máquinas.

-Y en todo caso ya vuelve a depender de nosotros, de nuestras decisiones.

-De nosotros, y de todos nosotros. Aunque un ser humano o una máquina se comporten mal, por encima está el colectivo. Lo que planteo es que la humanidad es más grande que el hombre, y la humanidad y la máquina juntos son más grandes y más superpoderosos. Eso nos lleva a un escenario optimista. Con nuestra limitada capacidad intelectual, podemos resolver algunos problemas pero otros no. A un señor capaz de encontrar un fármaco contra el sida y le damos el Princesa de Asturias o el Nobel; pues bien, esa superinteligencia va a ser muy superior a la del premio Nobel o Princesa. Podrá resolver muchos problemas que hoy la humanidad no puede resolver. En ese sentido, veo un futuro optimista.

-Pero para que ese optimismo sea viable hace falta mitigar los efectos de otras tecnologías que están impactando, por ejemplo sobre el medio ambiente. ¿Encontraremos el paliativo en esas tecnologías disruptivas?

-Yo creo que sí. Hoy en día el problema no es ya la tecnología. ¿Por qué no prospera la energía solar o el coche eléctrico? En parte por intereses humanos, políticos y económicos. Tenemos ya tecnologías para afrontar los problemas, pero por encima están esos intereses. Cuando tengamos tecnologías más poderosas, esos grandes problemas -el cambio climático, el calentamiento global- van  a ser abordados muy eficientemente… por supuesto, siempre que exista la voluntad de hacerlo.

-Y vencer otra resistencia, esta académica y de método: la ultraespecialización.

-Justamente en las conclusiones planteo una visión holística en la era de la interconectividad, en la que digo que en las disciplinas científicas el pensamiento disciplinario ha sido muy bueno, ha permitido el progreso científico y tecnológico, pero estamos llegando a una era en la que la excesiva especialización frena el progreso y no queda más remedio que la interacción entre las diferentes disciplinas. La aproximación reduccionista ha hecho avanzar la ciencia, pero tiene un límite: la dificultad inherente a la excesiva especialización. Si el conocimiento queda fragmentado en bloques independientes, se resiente el progreso científico-tecnológico. Hoy estamos en eso, en la interconectividad, y hay una disciplina científica, las ciencias de la complejidad, que tratan de abordar ese problema: cómo las interacciones entre personas y entre disciplinas nos llevan a un todo mucho mayor que la suma de sus partes. Lo que se llama el holismo tecnológico.

-Decía que para que todo eso salte de los laboratorios al mundo hay que pasar el filtro del mercado. ¿Hasta qué punto va a ser decisivo?

-Nada ni nadie puede frenar la tecnología, ni los intereses políticos ni económicos. Se puede ralentizar el ritmo, pero no frenarla completamente. Stephen Hawking dijo que incluso si todo el presupuesto gubernamental para la ciencia fuese suprimido, la fuerte competencia entre las empresas traería avances tecnológicos. Hay intereses que desaceleran o frenan el progreso, pero nadie lo podrá bloquear completamente. Todas esas tecnologías que están en los laboratorios, o una parte muy significativa de ellas, acabarán imponiéndose y nos llevarán a ese futuro que yo veo con optimismo, con grandes promesas, y con algunos problemas, como el desempleo tecnológico al que pueden llevar las máquinas, y que habrá que afrontar.

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