El minero asturiano que pudo cambiar la historia de España

A Juan José Castro Mayobre, un socialista exiliado en Toulouse, Indalecio Prieto le propuso acabar con la vida del sátrapa excavando una galería bajo su casa de verano y colocando explosivos en ella

Visita de Francisco Franco y su esposa, Carmen Polo, a la iglesia de Santa María, San Sebastián
Visita de Francisco Franco y su esposa, Carmen Polo, a la iglesia de Santa María, San Sebastián

Redacción

La reseña de Juan José Castro Mayobre en el diccionario biográfico de la Fundación Pablo Iglesias (la que, vinculada al PSOE, preside Alfonso Guerra) es extraordinariamente escueta. Al contrario que de otros ilustres personajes de la historia del partido socialista, de Castro no se ofrece ni lugar, ni fecha de nacimiento y muerte, ni sinopsis biográfica alguna: sólo que fue delegado por Marignac en el VIII Congreso, de 1961, y que lo fue por St. Éloy-les-Mines y Montceau-les-Mines en el XII, de 1972. Por nada más recuerda la historia a este minero asturiano que se había exiliado en Francia, huyendo de la policía franquista, en 1960 y que, sin embargo, podría haber protagonizado uno de los hitos del siglo XX español si cierto plan ideado por Indalecio Prieto hubiera llegado a buen puerto: asesinar a Franco excavando una galería bajo la casa de San Sebastián en la que iba a veranear y colocando en ella una fuerte carga explosiva. Una especie de primera Operación Ogro.

La historia de aquel atentado que nunca llegó a llevarse a cabo se conoce porque el propio Castro se la relató en 1993 a los hermanos Carlos y José Martínez Cobo, que la hicieron pública en una historia del PSOE escrita por ambos y publicada por 1995 con el título La travesía del desierto: intrahistoria del PSOE (1954-1970). A Castro, la idea del atentado se la había propuesto Lezo de Urreiztieta Rekalde, un nacionalista vasco amigo personal de Indalecio Prieto al que el propio Prieto calificaba como «el personaje más importante de todos los de las novelas de Pío Baroja», que lo había visitado en su casa de Toulouse en 1961. Prieto, pese a ser un hombre moderado, había llegado a la conclusión de que la única manera de que España evolucionase hacia la democracia era matar al tirano.

Aquel no hubiera sido el primer atentado con que se intentaba acabar con la vida del sátrapa: ya en 1949, una partida de guerrilleros de El Bierzo había estado a punto de conseguirlo en Ponferrada, donde dispararon hasta tres veces con sus fusiles al coche que transportaba al dictador justamente a San Sebastián. A Franco, lo salvó entonces el blindaje del automóvil: un Mercedes 770 Pullman Limousine que le había regalado Hitler. La identidad de los asaltantes nunca ha podido ser confirmada, y del hecho, por lo demás, se sabe poco, porque nada publicó la prensa de entonces al respecto, temerosa seguramente de generar un indeseado efecto llamada que animara a otros antifranquistas a consumar lo que los maquis bercianos no habían podido.

Un par de años antes, el anarquista Marco Nadal también había ideado una forma contundente de ajusticiar al tirano: Nadal había recorrido todo el subsuelo de Madrid, había localizado en el dédalo de cloacas madrileño el punto exacto sobre el cual se erguía el actual Congreso de los Diputados y había llegado a pedir a Francia cerca de cien kilos de explosivos que planeaba colocar allí cuando Franco visitase las Cortes, que acababa de restaurar formalmente. Nadal fue detenido y condenado a muerte -pena que se le conmutó después por veinte años de prisión- en 1947 y nunca pudo llevar a cabo su plan.

El plan ideado por Indalecio Prieto tampoco llegó nunca a efectuarse, porque Prieto murió en 1962, cuando el proyecto estaba todavía en un estado muy prematuro, y ni Urreiztieta ni Castro trataron de sacarlo adelante una vez desaparecido su principal valedor. Quien sin embargo sí terminó intentando asesinar a Franco aquel año en San Sebastián fue el anarquista Octavio Alberola, exiliado en México y que ideó un nuevo plan para acabar con la vida del dictador colocando un explosivo en un huerto cercano al Palacio de Aiete. El explosivo llegó a colocarse, pero las pilas duraban siete días, y Franco llegó a los ocho. La bomba fue detonada controladamente antes de tiempo y fue atribuida a la recién nacida ETA.

De Franco se decía, ya en su época de militar africanista en Marruecos, que tenía baraka; concepto árabe que significa «bendición» o «protección divina» y que se atribuye a quienes superan inopinadamente situaciones muy peligrosas. Así fue, desde luego, con todos estos atentados y algún otro que siguió intentándose después. A Franco, tristemente, sólo lo acabó matando su propia vejez.

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