«González y Guerra construyeron un PSOE en el que se penalizaban la brillantez y la crítica»

El historiador logroñés repasa en su último libro la historia del PSOE durante la dictadura y la transición a la democracia

Juan José de la Fuente
Juan José de la Fuente

Redacción

Comprender el pasado para comprender el presente: tal es, seguramente, la misión principal de la ciencia histórica, si es que tiene alguna. Todo acontecimiento se comprende mejor si se conoce su genealogía; las raíces cronológicas de las que procede su savia. Y en estos momentos en los que el Partido Socialista Obrero Español atraviesa uno de los matchpoints más dramáticos de su historia y copa telediarios y portadas de periódicos con sus tormentosas primarias, el libro que al historiador logroñés Juan José de la Fuente Ruiz -formado en Salamanca y residente en Zamora- acaba de publicarle Ediciones Trea no podría haber llegado a las librerías con más sentido de la oportunidad. Mucho de lo que hoy sucede a las huestes del puño y la rosa se entiende mejor tras leer esta obra que fue la tesis doctoral de De la Fuente, y cuyo título completo es La «invención» del socialismo: radicalismo y renovación en el PSOE durante la dictadura y la transición a la democracia (1953-1982).

-La «invención» del socialismo. ¿Por qué invención? ¿Por qué entre comillas?

-Con invención me refiero al proyecto de socialismo que Felipe González y Alfonso Guerra, el grupo que yo llamo de los sevillanos, tenían a mediados de los años setenta. Según lo predicaron entonces, este proyecto iba a ser tomado como base para la construcción («invención») de un modelo nuevo de socialismo (y de democracia) no implantado aún en ningún país. Este proyecto ya había quedado esbozado o insinuado en una frase que los sevillanos sacaron a la luz por primera vez en un congreso que el PSOE celebró en el exilio en 1970: «El carácter revolucionario del socialismo» consistía «en mantener un enlace constante entre las metas a conseguir con carácter inmediato y la realización plena de la sociedad socialista». Es decir, para alcanzar una sociedad auténciamente socialista por primera vez en la historia era necesario mantener una especie de equidistancia entre lo posible y lo utópico; entre sujetarse a lo realista y no perder de vista el objetivo final del socialismo. Ellos no veían bien el socialismo soviético, el comunismo, y no querían caer en eso; pero, por otro lado, tampoco veían bien la democracia liberal.

-La democracia burguesa, que se decía entonces.

-Efectivamente. Ellos pensaban que la democracia se había traicionado a sí misma; que los demócratas europeos se habían traicionado a sí mismos en cuanto a que la democracia existente no era tal democracia; que había demasiados controles a la verdadera libertad desde ciertos ámbitos: el político, el económico, el militar, etcétera. Querían la democracia, pero una democracia que fuera un instrumento para alcanzar un objetivo: el socialismo. Y eso los enfrentaba a sus padres, que en los años cuarenta y cincuenta, tanto en el interior de España como en el exilio, habían pasado a ver la democracia como un valor absoluto, como un bien en sí mismo, no como una fase o escalón hacia algo.

-Esa nueva vía socialista que encontraron fue el llamado socialismo autogestionario, concepto que desarrollaron inspirándose en el modelo yugoslavo del mariscal Tito, en las colectivizaciones de la guerra civil española y en tratados teóricos franceses.

-Sí. La propuesta concreta la explicaron Miguel Boyer y otros economistas del PSOE en varios artículos. Básicamente pretendían dividir todo el sistema productivo español en tres sectores: uno en el que estarían todas las empresas estratégicas -minería, energía, etcétera- y que sería nacionalizado directamente, a la antigua, y gestionado por el Estado socialista; un tercer sector privado, el de las pequeñas empresas familiares, que ellos no creían que tuvieran que ser privatizadas; y un segundo sector (el más importante, por ser el de mayor tamaño) correspondiente a las grandes y medianas empresas, que sería el autogestionado. Esas empresas serían expropiadas a sus dueños -pagándoles, obviamente- y su control sería cedido a los trabajadores. Lo que proponían, vamos a decir, era una especie de NEP (risas). Claro, no lo decían así, porque Lenin era anatema para ellos. Tampoco decían en qué términos se traspasaría la propiedad de las empresas a los trabajadores. ¿Propiedad privada de los trabajadores? En el momento en que dejaran de ser trabajadores, dejarían de ser gestores, ¿no? Habría casi que volver a la Edad Media, a la propiedad de uso o algo así. Lo que por otra parte sí decían es que eso sería sólo el paso intermedio hacia la sociedad socialista, en la que la autogestión sería no sólo económica sino también política y social: en cada barrio habría comités autogestionarios, etcétera. Ésa era la idea general.

-Entiendo que las comillas del título se refieren entonces a que la realidad final caminó por otros derroteros muy distintos.

-Sí. Yo creo que González y Guerra hacían aquellas prédicas sobre la autogestión por mero interés, igual que habían hecho los socialistas franceses antes. Esto, Donald Sassoon lo explica muy bien: el Partido Socialista francés, cuando adoptó la autogestión, era un partido carente de ideas; siempre lo había sido, y se agarró a la autogestión como un clavo ardiendo porque vio en ello esa idea distintiva que necesitaba para venderse como una opción socialista diferente y definida. Luego quedó en agua de borrajas.

-Igual que en el caso del PSOE.

-Sí. La autogestión que fue oficialmente adoptada en diciembre de 1976, fue olvidada a la semana siguiente. Con «olvidada» no quiero decir que desapareciera del todo: en el año 1979, el del famoso congreso del marxismo sí, marxismo no, la volvieron a recuperar, sobre todo porque el sector crítico había pasado a asumirla, pero como una cosa meramente simbólica; como una retahíla que permitía a los críticos diferenciarse y distanciarse ideológicamente del sector felipista pero nunca llegaba a efectos. Por otro lado, la autogestión también era una manera de introducir en el socialismo la idea del mercado como algo bueno, aceptable. A los dirigentes yugoslavos del régimen de Tito, de hecho, el modelo autogestionario que habían implantado les había servido para eso: para reconciliarse con el mercado y con sus propias conciencias y no sentirse mal moralmente con lo que ya estaban haciendo en la práctica, que era firmar acuerdos de comercio con Estados Unidos y otros países. La autogestión fue una especie de caballo de Troya que fue acostumbrando a los yugoslavos a la idea de que el mercado capitalista no era malo. Además, hay otra cosa: si tú conviertes a los trabajadores en gestores, también los obligas a responsabilizarse de ciertas decisiones que el libremercado obliga a veces a tomar. Para hacer una empresa competitiva, hay dos vías: la innovación y la moderación salarial. Si un empresario no le sube el sueldo a sus trabajadores es un explotador, pero si son los propios trabajadores los que deciden no subirse el sueldo para hacer competitiva su empresa, nadie dirá que se están explotando a sí mismos.

-Todo lo contrario: se les considerará héroes estajanovistas.

-Claro. Pues bien, en el caso español, aunque la autogestión no llegó a llevarse a cabo, me da la impresión de que sucedió algo así también, aunque probablemente de forma inconsciente; que la bandera autogestionaria fue una manera de ir introduciendo en el socialismo español, en cuyas carnes la idea antimercado estaba grabada a fuego, la idea del mercado como algo bueno. La mayor parte de la gente es conservadora con respecto a ideas nuevas, pero si tú disfrazas una idea nueva haciéndola pasar por una idea vieja, ya aceptada, entra mucho mejor. Si dices: «Oíd, esto que estamos haciendo no es de ahora: ya lo hacía Pablo Iglesias, ya lo hacía no sé quién». Es un mecanismo que se ha utilizado siempre y los sevillanos eran muy hábiles utilizándolo. Y había más cosas: el PSOE también tenía un gran complejo de inferioridad frente al PCE; a un PCE probablemente muy inflado por la propaganda franquista y por la suya propia, pero que efectivamente estaba presente en muchos más sitios que los socialistas. Y también estaba preocupado por la pluralidad de siglas socialistas que existía en aquel entonces.

-El PSOE está muy de actualidad, con estas primarias que probablemente sean o vayan a ser uno de los hitos de la historia del partido, al nivel de Suresnes y otros congresos clave. Hay mucho en juego, el PSOE atraviesa una crisis profunda y libros como el suyo pueden ayudarnos a comprender qué polvos trajeron estos lodos. ¿Cuánto de lo que pasó y de lo que se hizo entonces explica los males actuales del partido socialista?

-Hay una cosa que está clara y que ya vieron entonces Francisco Bustelo y sobre todo Pablo Castellano, que además escribió sobre ello en un informe para la Comisión Ejecutiva de octubre de 1976, poco antes de celebrarse el congreso de la radialización marxista. En ese informe, Castellano denuncia lo que él considera la deriva del PSOE hacia la derecha; hacia un partido muy centralista y que en absoluto camina hacia el federalismo prometido y hacia un hiperliderazgo de Felipe González. Yo en el libro hablo de culto de la personalidad, una expresión un tanto exagerada pero que considero útil a efectos prácticos.

-Ese hiperliderazgo gonzaliano, entonces, ¿sigue pesando hoy?

-Claro, porque impidió durante años que emergiera cualquier posible líder alternativo. Y si emergía, ahí estaba el aparato del partido para cortarle el paso. Esto no lo he contado en el libro, pero se sabe que fue así: en 1979 se hicieron unas purgas enormes en el PSOE en todas las ciudades. A mí me lo han contado diferentes personas de diferentes sitios, y Bustelo también lo cuenta. En Salamanca, por ejemplo, se puso uno de los que todavía están en el PSOE en una mesa y fue llamando a los militantes uno por uno y leyéndoles la cartilla. El que pasaba por el aro, seguía; al que no, le quitaban el carné. Esto me lo corroboró un profesor de historia de la Universidad de Salamanca. Muchos militantes se marcharon espantados, porque vieron que aquello era como el partido comunista de los peores tiempos, y los que no se marcharon o se adaptaron, o los echaron, o recibieron unas presiones tremendas. El aparato lo controlaba todo estrechamente. Ya era así sin llegar al poder, y cuando el PSOE llegó al poder, la cosa se intensificó más todavía: el partido se gubernamentalizó; pasó a ser controlado por el Gobierno.

-Se suele contar la anécdota de que en los años ochenta era frecuente que a los congresos y asambleas del partido todos sus integrantes llegaran en coche oficial, porque todos detentaban un cargo público.

-Claro, eso dice mucho. Es interesante en este sentido leer las memorias de Joaquín Almunia o la entrevista que Tom Burns le hizo en 1996.

-Cuando uno detenta un cargo público se mueve menos, porque le va la vida en mantenerlo y sólo lo mantiene si conserva la confianza de quienes tienen el poder de otorgárselo.

-Claro. Y hay que pensar que en los años ochenta la gente entró en el PSOE como un aluvión, atraída por los cargos que el partido ofrecía casi a cualquier persona válida que jurase, por así decirlo, fidelidad al aparato del partido, o sea, a sus líderes máximos.

-Aquel partido que tenía 202 escaños en las Cortes y gobernaba prácticamente todas las comunidades autónomas y ciudades importantes tenía sillones para todos.

-Eso es. Después de 1979, salvo en Ávila, Santander y poco más, el PSOE, bien en solitario, bien pactando con el PCE, gobernaba todas las capitales de provincia. Había sillones para todos, sí. Pero claro, para conseguirlos y mantenerlos había que ser obediente. Y la gente con talento que no estaba dispuesta a pasar por ese aro, o se iba, o no entraba, o se quedaba arrinconada en la esquina de los críticos, a quienes nadie se tomaba demasiado en serio. Pablo Castellano siempre era la nota discordante, pero cuando aparecía la gente se lo tomaba a chirigota: «Bueno, va a hablar Pablo, nos va a decir alguna cosa». No se lo tomaban en serio.

-Izquierda Socialista, la tendencia interna que Castellano y Bustelo lideraban y con la que Guerra hizo la única excepción a su política de no permitir la constitución de tendencias internas organizadas, ¿era, y por eso se la mantuvo, una especie de Izquierda Unida del PSOE: ese rincón del descontento que no sólo no preocupa al sistema, sino que le conviene, porque le proporciona una válvula de escape para drenar el descontento interno; para que los antisistema se desahoguen controladamente?

-Algo así, sí. En efecto, las tendencias internas estaban prohibidas en el PSOE, solo se admitían corrientes de opinión, como se decía entonces. ¿Por qué Izquierda Socialista sí? Pues por eso, porque de alguna forma servía para canalizar el descontento. Por lo demás, el control de Guerra era férreo. Guerra también impulsó una forma de acceder a los congresos que se basaba en que prácticamente todos los delegados que cada territorio enviara fueran de la facción que hubiese resultado mayoritaria en ellos. Simplificando mucho, si una facción ganaba el 51% de los votos en un territorio, se llevaba el 100% de los delegados.

-Además, Andalucía era y sigue siendo el mayor territorio; el que más delegados envía.

-Y se votaba por orden alfabético, con lo cual Andalucía era la primera en votar. Se levantaba Guerra, decía tal o cual cosa y los demás se acojonaban y seguían la directriz así marcada. Todo esto, ¿a qué lleva? Pues lleva a reprimir el talento y la honradez ideológica. Ésa es mi opinión. Yo creo que la repercusión más grande que pueda tener lo que se hizo en aquellos años es ésa.

-Se acabó configurando un sistema que encumbraba a gente mediocre.

-Efectivamente. Que figuras como Susana Díaz o Pedro Sánchez aspiren a liderar el Partido Socialista Obrero Español, que lo ha sido todo en este país, es de locos. Estamos hablando de un partido en el que había gente muy brillante. Fijémonos en el primer gobierno de González: ahí estaban, aparte de Guerra y González, gente como Enrique Barón, economista eminente; José María Maravall, uno de los mejores sociólogos del país; Miguel Boyer, otro economista eminente que además había sido físico nuclear; Javier Solana disfrutó de una beca Fulbright en Estados Unidos; Fernando Morán, diplomático de carrera… Tipos muy, muy preparados al margen de lo que podamos pensar de ellos por lo demás. La comparación con los ministros de Zapatero, o con los líderes de ahora, es desoladora. Pedro Sánchez, ¿qué elecciones va a ganar? Es un tipo sin carisma ninguno. Se lo pones delante a Pablo Iglesias y se lo come con patatas. Pero es que Susana Díaz no anda muy lejos. Susana Díaz tiene una ventaja, si se quiere, que es que es hija de un fontanero, tal como ella repite constantemente. De un fontanero enchufao, podemos imaginar, pero hija de un fontanero al fin y al cabo. Su padre es obrero, y eso, de cara a los viejos militantes, es importante. Por lo demás, ¿quién es Susana Díaz? ¿Quién es Patxi López? ¿Qué solidez tienen como líderes del más que centenario Partido Socialista Obrero Español? Poca o ninguna.

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