480.000 remedios (botánicos) contra el cáncer medioambiental

El botánico gijonés Carlos Magdalena, que acaba de publicar su primer libro, «The Plant Messiah», advierte de que «sin las plantas no vamos a llegar al siglo que viene»

Carlos Magdalena, examinando un ejemplar de planta en Isla Mauricio
Carlos Magdalena, examinando un ejemplar de planta en Isla Mauricio

Gijón

Por grandilocuente que suene, el título de Mesías de las Plantas no parece incomodar en exceso a Carlos Magdalena. Más bien al revés: lo asume como una descripción no inexacta de su incansable labor de salvador ecuménico de especies vegetales en peligro. Y también, cada vez más -en una acepción de mesías que no recoge la RAE, pero sí los diccionarios ingleses-, como el rol de alguien cuya competencia y carisma le confiere el liderazgo en alguna causa. Y también la responsabilidad que eso conlleva. Al eminente horticultor y botánico gijonés de los Kew Gardens de Londres se le llamó así por primera vez en un titular de la prensa de su ciudad, pero el apodo alcanzó mucho más predicamento cuando le hizo gracia al legendario naturalista David Attenborough («muchos le llaman Dios aquí»). Ahora, ha quedado definitivamente fijado en otro título: el del libro sobre la vida y andanzas del asturiano editado el pasado junio por Penguin que pronto conocerá versiones al chino, francés, alemán, holandés y también al español. The Plant Messiah: Adventures in Search of the World's Rarest Species. «Aunque el libro habla más bien de mi infancia, de cómo me formé y llegué a este sitio y de algunas de las cosas que he hecho por ahi, me dije: "Bueno, si hay que lanzar algunos mensajes, a mí se me ocurren algunas ideas"». Y las lanzó , aunque -precisa- «de un modo muy subliminal».

La esencia de ese mensaje es sencilla: la amenaza de una crisis global medioambiental es real e inminente, los seres humanos somos completamente responsables de él y debemos que hacer urgentemente algo al respecto: asumir, de entrada, el cuidado del resto de las especies, y muy en particular, de las botánicas sin permitir que ni una de ellas se extinga. La alternativa es un apocalipsis que en este caso tampoco tiene nada que ver con acepciones religiosas de la palabra.

Carlos Magdalena intuyó algo de todo esto casi tan pronto como supo de su pasión por la naturaleza alimentada por su ambiente familiar: «Me di cuenta muy pronto de que quería dedicarme a esto, a los diez u once años. Mi madre dudó de que alguien pudiera ganarse la vida así, pero yo estaba seguro ya de que, si en 15, 20 o 30 años esta no era una profesión en la que trabajase mucha gente, nos iríamos todos al pairo, así que iba a dar igual si mi trabajo tenía o no cualificación», Magdalena está ahora aún más convencido de ello: «Si tuviese ahora 10 años, creo que tendría la certeza de que antes de jubilarme voy a ver el apocalipsis… y no sé si teniendo 45 como tengo lo voy a ver. No me hubiese creido con 10 años que vería fundirse el Ártico en verano».

Cáncer con metástasis

Su diagnóstico a día de hoy es terminante: cáncer con metástasis. Lo padece el conjunto del planeta «entendido como un organismo multicelular», y el ser humano es la célula de ese organismo que se está replicando de modo maligno. «Hace poco alguien me decía que somos unos parásitos. Pero no lo somos. Los parásitos nunca matan a su huésped. Para otras especies somos patógenos. En realidad, si piensas en el planeta como en un organismo en el que cada especie es un tipo de célula, hacemos lo que hace un cáncer: esa parte del sistema que ha tenido una mutacion -una mutación que en nuestro podría llamarse inteligencia-, que lo único que hace es crecer, reproducirse y expandirse por todo el organismo sin aportarle nada, sin aportar nada a la creación. Además, hemos entrado en fase de metástasis. Ni siquiera somos un virus. El VIH, por ejemplo, ha aprendido a no matar al mono al que infecta».

La contundencia de esas palabras -incluso el pesimismo que destilan- no implica, sin embargo, resignación. Ahí entra su rol de mesías, alguien con entusiasmo, conocimientos y recursos suficientes como para echarse esa causa a las espaldas, divulgarla y ponerse al frente de ella. «No hay que asustarse con ese título de mesías. Si lo piensas, quien convierte el agua en vino es el horticultor, nosotros hemos conseguido multiplicar los panes y peces mediante nuestros recursos y, al igual que Jesucristo curaba, lo que cultivamos, cura. Tres de cuatro medicinas son derivadas de plantas, y tres de cada cuatro compuestos medicinales que se sintetizan se han encontrado en plantas».

Como para los organismos individuales, Carlos Magdalena también considera que las plantas encierran la cura y que por ello merecen toda la atención que pueda darles. Aunque pueda parecerlo a veces, su trabajo no es el del herborista aventurero o el jardinero encerrado en su huerto como un monje, ensimismados en la belleza o la singularidad de cada especie. Aunque con eso ya bastaría.

«Creo que esto es mucho más importante que estar aquí mirando las flores. No soy ni un hippie de las plantas, ni un perroflauta ni un elitista en un jardín de lujo. Es verdad que me interesa cada especie por sí misma porque, incluso sin que hubieran usos para nosotros, que tienen millones, todo ser vivo le da dos mil vueltas a la mayor obra de arte, es una obra maestra de la genética a la que le ha llevado 4.000 millones de años de estar aquí. Cualquier forma de ser vivo es eso. De forma totalmente altruista, debería tener derecho a existir. Pero nuestra empatía está a nivel de mínimos. Tú no eres nadie para extinguir una especie. No puede venir ninguna a decidir que otra sobra. Nada de los seres humanos como especie reina; más bien nos comportamos como las hienas del Rey León».

Pero este mesías no solo piensa en salvar plantas. Piensa también en salvar su especie a través de las plantas. En términos estrictamente «superegoistas y prácticos», a los seres humanos le interesa mantener en el planeta cuantas más especies botánicas, mejor. «Nuestra dependencia de las plantas es mucho mayor de lo que suponemos. Basta con hacer el ejercicio de pensar cuántas plantas has utilizado en un día. Treinta, cincuenta, más: tus sábanas son algodón y puede que tu almohada de seda producida por gusanos criados con morera; tu café, la leche que produce una vaca que consume , el azúcar que se extrae de la remolacha… y suma y sigue: los fermentos de tu yogur, la corteza de sauce de la que procede tu aspirina, la sidra y el barril de roble donde se ha guardado, hasta la ginebra del gin tonic con el que acabas el día», enumera.

Por eso -concluye- las plantas «Son la cosa es más importante del mundo». Y lo son «cada vez más»: «El 80 por ciento de las calorías del plantea las producen ocho ejemplares de plantas. Hay 15.000 especies de plantas que tienen uso culinario. Y en cuanto a medicinas, el 80 por ciento procede de plantas y hongos, y el 80 por ciento de los componentes sintéticos son similares a otros que existen en plantas. Incluso los combustibles fósiles proceden de plantas».

Hay además muchos procesos vegetales que podrían inspirar soluciones inéditas en la investigación sobre recursos energérticos. Se está estudiando la fotosíntesis en un cierto tipo de plantas de la selva tropical profunda, donde la luz es muy escasa. Sus cloroplastos, las estructuras que controlan el proceso de transformación de materia inorgánica en orgánica a través de la luz, son capaces de procesar esta varias veces, optimizando toda su energía; una enseñanza que podría aplicarse a los dispositivos para captación de energía solar.  

Lo que aún no sabemos

Eso, por lo que sabemos. Pero siempre hay más posibilidades de aprovechamiento. La historia de nuestra relación con el reino vegetal muestra que «el potencial es enorme, más allá de lo que ya sabemos», asegura Magdalena. Existen aproximadamente -recuerda- 480.000 especies de las que aún pueden surgir aprovechamientos tan extraordinarios como los que se derivaron de la extensión, en su momento, del uso de la patata, el maíz, el tomate, el chocolate, el café, la quinina…  «Cada vez que se extingue una especie de planta se nos extingue una cantidad enorme de compuestos que no conocemos o variantes de compustos que no conocemos», advierte el botánico.

Pero luchar porque el catálogo de plantas disponibles se mantenga íntegro y confiar en nuestra capacidad de aprender de ellas no tiene nada que ver con caer en simplificaciones y soluciones universales. Es más complejo que todo eso. «No hay una idea general y global que se puede aplicar a todos los casos, y no. La opinión pública, los movimientos y lo políticamente correcto se olvidan de eso. Lo vegano no tiene por qué ser necesariamente lo mejor. No hay una dieta universal o una política universal, un mismo tipo de valores para todos. Lo políticamente correcto tiene un contexto».

 «Ves muy mal pegarle un tiro a un oso en Asturias, pero no comerte no sé cuántos kilos de algo que contiene un aceite de palma que ha hecho quemar a una familia de orangutanes en un árbol. Hay gente que no quiere comer un chuletón porque dice que matas una vaca. Es verdad, matas una vaca, pero esa vaca alimena a 400 personas; y cuando comes una lechuga matas a seis babosas, cinco caracoles, quince lombrices y no comió casi nadie. Puedes estar sentado en una silla de un cedro milenario mientras rechazas ponerte abrigos de piel de conejo curtidas, que es una forma de reclclar», explica el botánico. Incluso, paradójicamente, la deforestación que favorece el cambio climático puede en ocasiones también paliarlo al reflejar la luz del sol con las humaredas y bajar así las temperatura de la atmósfera.

En resumen: «Sin las plantas no vamos a llegar al siglo que viene. Es un mensaje que llega cada vez más, pero no cambiamos las actitudes, y yo soy el primero que no lo hace. Estamos todos atrapados por el blues de Memphis, pero hay que decirle al pincha que ya vale. Que no se lo tome como algo personal. Nos quedan 30 segundos para que se acabe la canción pero no tenemos nada preparado».

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