Proliferan en Asturias los locales que, junto a su actividad como librerías, cafés o restaurantes, funcionan como centros donde compartir y difundir con fórmulas abiertas ideas políticas y sociales en la estela de la izquierda o el libertarismo
09 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Más allá de la glosa del telediario a pie de barra o de la discusión del periódico del día, la cosa pública siempre encontró sus huecos en los locales privados. Siempre hubo en las ciudades lugares que, sin ser sedes de ninguna entidad política, tuvieron la política como parte consustancial de su identidad. La visible o la encubierta. Cuando no se pudo de puertas afuera, fue objeto de intercambio clandestino en trastiendas o altillos de librerías, cafés o bares de barrio donde se resistía y se conspiraba. Más tarde, ya a plena luz, se difundió y se practicó en bajos y salones de asociaciones vecinales o ciudadanas. Las libertades democráticas convirtieron en innecesarios los primeros y, paradójicamente, acabaron haciendo languidecer a los segundos. Sin embargo, en los últimos años, la reactivación de una nueva forma de entender y hacer lo político ha buscado de nuevo espacios a su medida. Son librerías, cafeterías o restaurantes en los que no solo circulan las ideas políticas y sociales sino que además también, en su propia estructura, en su financiación o en su funcionamiento, son reflejo de un modo u otro las ideas que los animan. La celebracíón, hace un par de semanas, en uno de estos locales -el gijonés La Manzorga- de un acto sobre el referendo catalán prohibido por Foro Asturias en un centro cultural público de Gijón puso en titulares, y descubrió para algunos de sus propios vecinos, este tipo de lugares políticamente cargados.
Aunque puedan parecerlo en un primer vistazo -e incluso aunque lo sean en una medida u otra-, no son sin más comercios híbridos, librerías con un toque de hostelería y espacio cultural o bares y cafeterías con algo de librería o sala de conciertos. En este caso el matiz diferencial es el ideológico: buscan ser nuevos lugares de encuentro para nuevas necesidades sociales, y circuitos de difusión de lo que se suele despachar con un impreciso políticamente «alternativo», y también organizarse de un modo que esquiva las fórmulas habituales del mercado y la empresa. La izquierda inorgánica o minoritaria, lo libertario, la llamada «nueva política», el viejo underground, el ecologismo y la permacultura, el feminismo... Todos ellos empapan una pequeña constelación de locales y que no solo están en las mayores ciudades de Asturias. En Oviedo, hay veteranos como El Local Cambalache, Lata de Zinc, Local Paraíso, El Manglar, La Hiedra. TOC Bikes… algunos de ellos nacidos del big-bang del desaparecido centro La Madreña. En Gijón, La Manzorga, Sestaferia, Alambique, Picu Rabicu,; Libélula Huerta, más centrado en la agroecología, en Avilés; la Casa Azul en Navia; la cooperativa Kiriricoop en Cabranes…
El Local Cambalache: la veteranía
Germán Domínguez es sangre nueva en el más veterano de estos locales en Oviedo: El Local Cambalache, en la rive gauche de la cuesta de la bullente calle Rodríguez Vigil: una fusión de librería, distribuidora y local social que nació hace ya tres lustros en el seno de la universidad. La educación popular y el espíritu de movilización y autogestión estaba en el grupo de estudiantes que, llegados al final del periodo universitario, decidieron que habia que dar continuidad, ya fuera, a su iniciativa. Lo consiguieron, seguramente mucho más allá de lo que esperaban.
Ese espacio se transformó en un proyecto cien por cien autogestionado en torno a una librería asociativa que aparte de ser punto de venta distribuye, principalmente para el noroeste de la península, publicaciones de una treintena de editoriales especializadas. Organiza además actividades de libre acceso o cede sus espacios para que otros las organicen -un rasgo común a todos estos espacios- en un rango variado: desde presentaciones de libros o cuentacuentos a talleres de todo tipo o sesiones de yoga.
«Organizativamente, se estructura en una asamblea con varios círculos concéntricos, por así decir. Hay un núcleo de cuatro personas, otras cinco o seis en un segundo nivel de implicación y un grupo que colabora regularmente con personas como la diseñadora Amelia Celaya», explica Domínguez. Además, de Cambalache han nacido proyectos editoriales como la revista feminista La Madeja. Y, respecto a la financiación, «todo el presupuesto se genera por el colectivo: aportaciones de socios, los beneficios de la librería y la distribuidora, el grupo de consumo…». El número de socios se ha mantenido más o menos estable desde el principio, aun con entradas y salidas: en torno a 120 o 130 personas. Todo un ejemplo de buena organización, fidelidad y también longevidad para un proyecto de estas características en una ciudad relativamente pequeña, como Oviedo.
La Manzorga, con mirada política
La Libre en Leganés, La Vorágine en Santander, La Marabunta o Traficantes de Sueños en Madrid fueron los modelos que tenía en la cabeza un trío de «compañeros con afinidad política» que, a la vista de que «había necesidad en gijón de montar un espacio crítico» se decidieron en el verano de 2013 a «construir en Gijón un espacio de librería que fuera algo más que un comercio, un espacio de difusión cultural y crítico que la gente tuviese como algo propio tanto en la gestión y en las actividades, pero también conformado de una determinada manera: asociativo y autogestionario». Lo recuerda Carlos Gómez desde detrás del mostrador de la librería de la calle Ceán Bermúdez de Gijón anexa al local donde hace unos días se daba asilo al acto sobre el 1-O prohibido por Foro.
Se dieron a conocer en la Semana Negra, en la vecindad precisamente de La Marabunta para poner en marcha un proyecto que no quería poner en circulación «una oferta para consumir, sino una idea de comunidad». Al núcleo inicial se fue añadiendo un pequeño grupo de gente que, con «mucho trabajo voluntario» fue configurando una asociación con «organización concéntrica»: está el grupo promotor, que trabaja por turnos en el local, con «implicación física y material en el proyecto» y alrededor un grupo de una treintena de socios que aportan «una cuota mensual de 20 euros que pasa íntegramente a una cuenta personalizada para compra de libros, con derecho a un pequeño descuento», pero que también participa de actividades y gestión
Las apreturas económicas -explica Carlos García- hicieron que, hace un año, La Manzorga diese «un empujón» creando la figura del «amigo», alguien que apoya sin contrapartidas el proyecto aportando 10 euros mensuales. El objetivo es llegar al centenar de amigos para permitir la supervivencia de un espacio cuyos impulsores creen «fundamental en términos políticos construir de espacios como el nuestro en Gijón, tanto por el contenido como por las actividades, con la idea de ayudar a consolidar un bloque político alternativo que propicie una mayor implicación de la gente».
Además de un buen surtido de libros en consonancia con ese objetivo de fondo, La Manzorga programa actividades «de corte más ideológico», otras más orientadas al debate municipal en distintos terrenos, y proyecta un tercer eje con talleres de formación impartidos por especialistas.
Manglar: restauración sin sectarismos y radicalidad democrática
También en Oviedo uno de los recién llegados, pero también ya de los más conocidos, es Manglar, solo un poco más arriba en la misma acera. La razón de esa popularidad está en su configuración: un centro social asociado con un restaurante que funciona. Nació hace un año en el mismo inmueble que acogió el histórico La Calleja la Ciega del impulso -recuerda Diego Díaz, uno de los promotores de la iniciativa- de un grupo de 70 personas que comprometieron aportaciones de entre 500 y 1000 euros y de una campaña de crowfunding. Se constituyeron como Asociación de Cultura Popular y acordaron intentar «un centro estable ligado a un proyecto de economía social en forma de restaurante, que se volvió más ambicioso con la incorporación de Carla Guerra a la cocina». El local emplea a tres personas en la cocina más otras cuatro a jornada completa.
El resultado va, en efecto, «más allá de una asociación en la que puedes tomar algo» mientras «das cabida a ideas genéricas de radicalidad democrática y transformación social», según referentes como el Ateneu Candela de Tarrasa o Katakrak en Pampolna. Pero El Manglar se ha propuesto también que esa «radicalidad política no deje a nadie en la puerta», de modo que «el ambiente, la decoración y la estética hagan que cualquiera se pueda sentir cómodo», con el añadido de una atractiva terraza que añade un plus de ambiente familiar. La actividad del restaurante, coma en él quien coma, puede convivir con «una historia de la CNT, una asamblea de cooperativa, un concierto rockabilly, una mesa redonda sobre causa árabe o cursos de yoga y una parte expositiva, también de contenido social, de la que se encarga el crítico Luis Feás», enumera Diego Díaz, que considera que El Manglar «otra forma de generar economía que es interesante, pero siempre genera contradicciones», a caballo entre la empresa convencional y fórmulas más sociales.
La Revoltosa: libros que revuelven (y café)
La Revoltosa, librería y café, en el barrio de La Arena de Gijón, no padece esas contradicciones. Nació directamente como un negocio familiar convenciona, un «negocio que diera para vivir de ello», de la iniciativa de Vero Piñera y Oriol Díez, que en Madrid se empaparon de la energía de referencias como La Marabunta y La Fugitiva y «a lo loco» decidieron lanzarse hacia algo parecido muy cerca del mar y en una zona de nueva hostelería pujante en Gijón.
«Desde el principio tuvimos muy claro cuál queríamos que fuese la temática, con contenido muy potente en lo político y en lo social, y al mismo tiempo que queríamos que fuese sede de actividades alternativas, fuera de la norma, para revolver conciencias y revolver también un poco la sociedad», cuenta Oriol. De ahí, claro, lo de La Revoltosa, que emplea a dos personas, aparte de sus fundadores. El orden es ese: primero los libros, luego el café. «Lo que más nos costó es hacer comprender eso, que no era un café con libros de consulta para ser leídos», añade Díez, que junto a su pareja ha convertido un local con una larga retahíla de negocios anteriores en un lugar vivo donde se organizan actividades promovidas desde dentro y se da hospitalidad a otras organizadas por diversos colectivos. Sus paredes pueden hablar, por ejemplo, del nacimiento y la conformación inicial del círculo de Podemos en Gijón.
«Tenemos un funcionamiento de centro social sin serlo, y sobre todo intentamos no ser sectarios, dar cabida a cualquier movimiento crítico y social que tenga que ver con la izquierda», señala el propietario de La Revoltosa, que ha conseguido congregar algo entre parroquia, asociación informal y familia de «unas 20 o 30 personas que vienen a menudo y colaboran mucho» junto a otras que aparecen «más puntualmente». «La familia va creciendo, y lo que más presta es que sientan que, como alguien me dijo hace unos días, somos un refugio, un nido, un islote en mitad de un mundo de mierda donde puedes estar rodeado de buenos libros y de buena gente».