Octubre duró 24 horas en Barcelona y 15 días en Asturias

El recuerdo de la declaración de Companys ha estado presente en las especulaciones sobre la DUI en las últimas semanas

Soldados se llevan detenidos a revolucionarios de Asturias en 1934
Soldados se llevan detenidos a revolucionarios de Asturias en 1934

Redacción

El 4 de octubre de 1934, el diputado socialista por Oviedo Teodomiro Menéndez viajaban en tren desde Madrid a la capital asturiana pero sin quitarse el sombrero. Debajo llevaba escondidas las órdenes para poner en marcha la que se conoció como revolución de Asturias, la última gran revuelta obrera de Europa occidental, en la que nació uno de los lemas fundamentales del bando republicano en la Guerra Civil «Uníos Hermanos Proletarios» y sus siglas UHP, fue también un error estratégico reconocido por Indalecio Prieto que muchos años después, ya a década de los 40, no dudó en pedir perdón por los acontecimientos desatados a la luz del conflicto de mayores proporciones que estallaría dos años después. Aún hoy historiadores y propagandistas ultras tratan de llevar el ascua a su sardina y cuentan la revolución de octubre como prólogo de la Guerra Civil cuando no su primera batalla.

La revolución de octubre de 1934 ha retomado relevancia en la actualidad informativa en las últimas semanas no por los sucesos de Asturias sino por la declaración del Estado catalán dentro de la República Federal Española proclamada por el entonces president de la Generalitat, Lluis Companys, en la mañana del 6 de octubre. Companys realizó su anuncio desde el balcón de la presidencia sin el respaldo de los sindicatos de clase y con la fuerza de los Mossos d'Esquadra, policía autonómica que ya existía en la II República. El Estado Catalán se rindió a las tropas del Ejército en la mañana del 7 de octubre en una lucha que saldó con alrededor de 40 muertos pero en la que apenas participó la población civil ni el movimiento obrero. En el presente, en el desarrollo del proceso soberanista desplegado en Cataluña , se especuló con la posibilidad de que Puigdemont diera paso a la Declaración Unilateral de Independencia coincidiendo con la efeméride, que se cumplió el pasado viernes.

En parte --y así fue para muchos de los coetáneos que vivieron los acontecimientos de aquel otoño del 34-- la diferencia entre lo que pasó en Cataluña y en Asturias fue la que hay entre anunciar que se hará una cosa y hacerla realmente. A la hora en que Companys se rendía en Barcelona, los revolucionarios de Asturias habían tomado por la fuerza (en varias y no pocas ocasiones a golpe de dinamita) la práctica totalidad de los 95 cuarteles de la Guardia Civil que se repartían en la región, se habían impuesto en batalla abierta en La Manzaneda a tropas policiales y militares lo que les permitió entrar en Oviedo hasta la plaza del Ayuntamiento. Dominaban también las fábricas de armas de Trubia y de La Vega, en la capital, lo que les permitió ampliar su arsenal y contar con cañones y, además, se preparaban para hacer frente en Campomanes a la llegada de batallones regulares llegados desde la meseta.

La revolución sí había triunfado en Asturias y si pudo ser dominada fue porque había fracasado en el resto del país, donde además de Cataluña, se produjeron altercados --prontamente controlados por el Gobierno de la República-- tanto en Madrid como en el País Vasco. En este vídeo de un noticiero británico de la época se pueden ver detenciones en Madrid y los disparos de artillería en los montes de Asturias.

¿Por qué se produjo la revuelta en Asturias y por qué sólo aquí contó con tanta fuerza? Simplificando mucho hechos muy complejos, la causa inmediata de la revolución fue la entrada de miembros de la CEDA en el Gobierno de Lerroux; para buena parte de la izquierda española aquello se percibía como un paso hacia un Ejecutivo autoritario que podría terminar en un gabinete de corte fascista. Años atrás, después de la Guerra de Irak, al filósofo Gustavo Bueno le gustaba provocar diciendo que la revuelta asturiana había sido un «ataque preventivo» a la manera en la que George Bush justificaba la invasión mesopotámica. En parte sí fue así, la prensa obrera asturiana, singularmente el periódico Avance, informó durante meses de la deriva de gobiernos europeos, de lo que ocurría en Alemania, en Italia o en Austria donde el partido católico aniquiló por la fuerza al poderoso grupo socialista del país formar un gobierno autoritario. La Europa de los años 30, atenazada por una crisis económica desgarrada, era testigo de cómo uno a uno se iban desvaneciendo los muy precarios estados democráticos que surgieron del final de la I Guerra Mundial.

En Asturias además se fraguó la alianza obrera, algo único que no se volvería a repetir, tampoco en la Guerra Civil. Los socialistas, con el partido y el Sindicato Minero Asturiano (SMA) eran la fuerza mayoritaria en el movimiento obrero, el anarquismo era muy fuerte en plazas como Gijón o La Felguera, el muy incipiente Partido Comunista decidió en el último momento sumarse a la insurrección. Tres fuerzas casi siempre divergentes, en muchas ocasiones enfrentadas abiertamente, se unieron para colaborar en una revolución para la que además se prepararon durante meses acumulando armas e instruyéndose en el combate militar.

El balance de la revolución fue terrible. Se convirtió en un símbolo épico para la izquierda, fue inspiración de carteles icónicos, de canciones, e incluso Albert Camus le dedicó una obra de teatro «Rebelión en Asturias». Pero dejó Oviedo casi destruida, una ciudad que además padecería con fuego y sangre los rigores de la Guerra Civil apenas dos años después, ardió la biblioteca histórica de la Universidad de Oviedo, se tiroteó (allí se refugiaron soldados) la torre de su catedral, saltó por los aires su cámara de tesoros de valor incalculable. Las perdidas humanas son aún motivo de debate entre los historiadores pero rondan o superan el millar. Además, después de la rendición de los rebeldes se desató un represión de extrema crueldad con relatos de muertes y torturas en las que participaron de forma singular las tropas coloniales de África que fueron dirigidas a Asturias a aplastar la revuelta. Y no sería la última vez en ocurrir.

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