Ondas de gravedad en la corte del Reconquista

J. C. GEA OVIEDO

ASTURIAS

Crónica de una mañana de recepción real en la que todo el mundo miró hacia Cataluña pero casi nadie la nombró desde la vieja sede de la monarquía asturiana

20 oct 2017 . Actualizado a las 17:49 h.

«Es bueno que las miradas se vuelvan hacia donde todo empezó». Lo fascinante de una mañana como la de hoy en Oviedo es la cantidad de posibilidades de interpretación que pone en juego cazar una frase como esa en el aire del gran vestíbulo del hotel de la Reconquista. Sobre la alfombra del antiguo atrio transformada por unas horas en corte volante, se agolpaban a mediodía de este 20-O suficiente cantidad de actores, gremios, referencias y contextos como para no saber muy bien de qué podría estar hablando -pongamos- el presidente de la patronal asturiana cuando el cronista vagabundo entre corrillos cortesanos registra la frase casi tan al azar como los radiotelescopios atraparon esas ondas gravitacionales que valen tanto como un Princesa de Asturias y un Nobel. ¿Es Pedro Luis Fernández un admirador de los méritos de Barish, Weiss, Thorne y la red LIGO? ¿O se está refiriendo a las viejas escrituras donde, según Karen Armstrong, empezaron todas las religiones de la compasión que hemos ido olvidando? ¿O quizá a los orígenes del gran William Kentridge como dibujante, al primer trazo infantil del que salió toda su obra?

Podría haber sido, sin duda. Pero no. Pedro Luis Fernández no está hablando de viejas guerras de religión sino de nuevos conflictos políticos. Tampoco de líneas que se dibujan y se borran sino de fronteras que podrían dibujarse cualquier día de estos en el propio mapa. No habla el empresario de colisiones de estrellas de neutrones en los estados remotos del cosmos sino del estado presente de España y del (hipotético) choque con un (hipotético) estado de Cataluña sin Princesas de Asturias. Ese  evocador «donde todo empezó» del presidente de la FADE es en realidad el de la monarquía asturiana. El Big Bang de una nación española que algunos ven al borde de su Big Crunch, su implosión final si Puigdemont remata el Octubre catalán fundando su República.

Pedro Luis Fernández habla, por descontado, de lo que todo el mundo ha hablado hoy -pero casi siempre en subvocal como los espías de Misión: Imposible cuando se cruzan mensajes en clave en las recepciones del embajador- en un edificio que por una vez no solo ha concentrado toda la gravedad del Estado español sino también la de todo el poder de la Unión Europea. Como sucede con el universo que escrutan esos físicos de mirada cósmica (a los que les debe costar lo suyo entender la fisión de las naciones más que la de los atómos), en la corte del Reconquista una cosa ha sido esta mañana lo que que se ha visto y otra la que solo se ha podido escuchar desde los lugares adecuados y con un instrumental de espía galáctico. O de periodista.

Abajo y arriba

Lo que la luz ha mostrado ha sido lo de siempre: la política, la empresa o la cultura hechas mundanidad elegante y más o menos estructurada en una masa palaciega cuya composición incluye cada año más periodistas. Lo no oído, lo apenas oído, transportado por las silenciosas mareas de la gravedad del momento, ha sido la palabra «Cataluña». Solo el bombardeo de periodistas equipados con el instrumental adecuado y acreditación visible ha conseguido que los invitados a la recepción real declaren abiertamente sobre el asunto. Se intuía que el discurso de verdad masivo, el centro de gravedad del día, estaba en otra parte, ahí arriba, tras las puertas del salón donde Felipe VI y Antonio Tajani hablaban del asunto. El rey, que se ha dejado ver un instante a paso ligero por la balconada camino del saludo a premiados y patronos, tenía esta mañana menos aspecto de rey que de Jefe del Estado; eso que muchos recordamos que es en su duro discurso de lunes no feriado.

Pero de balconada abajo, apenas nada de secesiones y ciento cincuenta y cincos. Prueba experimental, pura estadística: un muestreo de casi media hora, de corrillo en corrillo, de diván en diván y de atrio en atrio solo ha registrado un par de señales de la palabra «Cataluña»; y una de ellas, la del integrante de la comitiva del presidente del Parlamento Europeo, un Antonio Tajani que cada vez que viene a Asturias es para recibir un reconocimiento como aquel que hace un par de años le organizaron los trabajadores de la planta gijonesa de Tenneco. Ahí, Tajani, entonces solo eurocomisario, sí medió. Ahora ha quedado claro que la UE no reconoce con quién mediar, porque no hay segundo en disputa entre el cual ponerse enmedio. «Cataluña necesita que Europa esté ahí», era lo que le decía al vigoroso italiano el acompañante de su comitiva, mientras el séquito apretaba el paso por un discreto lateral del vestíbulo.

Seriedad y ligereza

Es verdad que la mañana dejaba ciertos indicios de anormalidad, incluso de alarma. Un Revilla muy serio, casi demasiado serio, conversando con interlocutores como Blas Herrero en torno al mismo piano donde un momento antes se ha posado, sin sacarle una nota, la mano del casi exLuthier Carlos Núñez Cortés. Su gesto dulce y casi despreocupado, aún más dulce si cabe en su compañero Jorge Marona, era el de quien sabe que esta noche o mañana se coge un avión y se aleja de un país perturbado a pesar de la felicidad de esos niños de Noreña cuya «imaginación, encanto y cariño» aseguran Les Luthiers que no habían visto nunca antes. Y eso que cincuenta años son un antes muy largo.

Ligereza también de otro planeta las de los invitados más remotos, que se volverán aún más lejos que Marona y donde el idioma de nuestros líos se entiende menos. Antes de la irrupción del reino en el viejo Reconquista, William Kentridge y familia departen con cuaquiera que tenga a bien acercárseles y los robustos placadores de los All Blacks vuelven sudorosos de un entrenamiento en sus antípodas; o no hay piedad con la disciplina de la selección kiwi, ni siquiera el día de premio, o conviene combatir con ejercicio la sangre que -para ellos- aquí, boca abajo, se les sube a la cabeza.

En el extremo opuesto, la acumulación de periodistas que provocó a las puertas del vestíbulo la llegada, bien pasado el mediodía, de Albert Rivera. Dos o tres periodistas más, dos o tres micrófonos, grabadoras o cámaras más, y se forma un agujero negro sobre la alfombra más concurrida del planeta. Cosas más extrañas se han visto hoy en el Reconquista: ladridos, por ejemplo, justo a la hora del ángelus, cuando el Jefe del Estado ha vuelto a sonreír como Rey para recibir a los Premiados con las Medallas de Asturias, incluidos los perros de la Unidad Canina de Rescate. Ellos, en el fondo, han sido los únicos que no han sentido hoy en esta cumbre euroasturiana las ondas de gravedad emanadas desde Cataluña.