Y Carles Pilato se lavó las manos

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Dice el Evangelio de San Mateo: «Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo 'inocente soy de la sangre de este justo, vosotros veréis'». Cambiad el nombre de Poncio Pilato por el de Carles Puigdemont, coged su declaración institucional, y encontraréis algún parecido. Un nuevo San Mateo lo podría escribir así: «Entonces Puigdemont, viendo que si convocaba elecciones se promovía tumulto en el mundo separatista, hizo el gesto de lavarse las manos y pasó su decisión al Parlament de Cataluña diciendo 'inocente quiero ser de los estragos del injusto artículo 155. Vosotros veréis, diputados del Parlament'».

Todo osciló entre lo cómico y lo trágico. Lo cómico, ese ceremonial de convocar a la prensa y no hablar; de volver a citar y volver a aplazar, hasta llegar a las 5 de la tarde y hacer lo más insólito: decir que quiere las elecciones, pero lanzar el balón al tejado del Parlamento. Todo, eso sí, envuelto en papel de regalo con los ingredientes que señala el libro de estilo del buen separatista: un poco de relato épico para conmover; un buen ataque al Gobierno central para mantener el discurso de la opresión; unas palabras sobre el diálogo para seguirse presentando como el hombre bueno y generoso y la maldad está en el adversario, y una dosis de descalificación del Estado para seguir uniendo a la grey contra el enemigo común, perfectamente identificado.

La parte trágica de los episodios de ayer está en dos huellas que deja en la sociedad. Primera: después de una estrategia casi perfecta del independentismo para llegar a la independencia o a las elecciones; después de haber calentado al electorado independentista; después de crearle ilusiones sobre la inmediatez de la república catalana; después de haber presumido de una hoja de ruta casi perfecta, y después de haber aprobado unas leyes abiertamente inconstitucionales que hicieron enfrentar la supuesta legalidad catalana y la española, resulta que el señor Puigdemont llegó al momento cumbre sin saber qué hacer. Esto es de una gravísima irresponsabilidad en quien soñó con crear un Estado nuevo y partir a toda una nación.

La segunda también es muy grave: la convocatoria de elecciones corresponde al jefe de Gobierno. Es su competencia y su privilegio. Dejarlo en manos del Parlament es encomendarle que se disuelva a sí mismo. Y es, sobre todo, una renuncia al liderazgo que le corresponde al president. Ni el conjunto de Cataluña ni el independentismo tienen un líder. Puigdemont tiró ayer por la borda toda su autoridad, aunque sus adictos le hayan aplaudido. Y dejó palmariamente demostrado que no puede dirigir un país.

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