«El pasado sábado tendríamos que haber nombrado también a las putas asesinadas por violencia machista»

J. C. G. GIJÓN

ASTURIAS

Sofía Castañón
Sofía Castañón

-Al margen de la emoción, ¿cuál es la primera reflexión que uno debería hacer, en su opinión, después de escuchar un listado de casi 50 mujeres asesinadas por violencia de género en solo un año?

-Ceremonias como esa me parece bastante importante en el sentido de la solemnidad, de asumir desde la ciudadanía, la sociedad e incluso la institución. Pero las mujeres asesinadas en este país son más, espacios como Feminicidio hacen un cómputo bastante mayor. En cualquier caso, me parece importante que le estemos dando ese concepto de estado. Ya no hablamos de perturbados, de casos aislados o de pareja; esto es ya un problema social. A base de tener una ley desde 2004, de que los movimientos feministas hayan machacado mucho, al final creo que se va entendiendo. Un acto como el de Gijón el pasado sábado deja claro que incluso en una ciudad en la que hay un gobierno de derechas, se entiende así.

-¿Y toda esa solemnidad es operativa, se está trasladando a la maquinaria legal?

-Con los minutos de silencio siempre tenemos el riesgo de asumir que esto está fatal, y que se convierta en un lugar blanco, un lugar común de consenso en el que parece que ya está y no se hace nada. En ese sentido, nuestra abstención en el Pacto de Estado es importante, porque sin impedir que se lleve a cabo, hay que decirle a la sociedad que no es suficiente porque no erradica el problema de raíz, y porque la institución puede plantear cuerpo legislativo que a dia de hoy no existe para que este problema se erradique. Este Pacto era una oportunidad histórica, pero no supera el marco de la ley 1/2004.

-¿Es así también en otras administraciones, o hay margen para desbordar de algún modo ese Pacto en la práctica?

-Muchas Comunidades Autónomas han superado la propia Ley 1/2004, pero no ya ahora, sino anteriormente. La ley de la Comunidad de Madrid supera en muchos sentidos aquella ley que fue pionera en Europa en la introducción de muchos derechos de las mujeres. Tiene 13 años, hay que revisarla y mejorarla, pero el mayor problema es que no se ha ejecutado en condiciones. Nuestras fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado nunca han tenido recursos suficientes para llevar esa ley a cabo ni tampoco las administraciones públicas. Las locales pueden hacer mucho. De hecho, esta semana presentábamos una Proposición de Ley para devolver las competencias en materia de violencias machistas a los ayuntamientos, porque la Ley Montoro ha dejado muchos ámbitos sin competencias, y uno es este. En un Pacto en el que la mayor parte de las medidas tienen que ver con la parte asistencial, en el momento que se produce la violencia y no antes con medidas de igualdad y preventivas, las administraciones locales son fundamentales.

-¿Y las Comunidades Autónomas?

-En el caso de Comunidades Autónomas, sin darles los recursos presupuestarios necesarios, sin decirles que tienen que ser finalistas y no para que lo gestionen como lo consideren, también lo tienen difícil. En cuestiones que tienen que ver con la asistencia y con servicios sociales, nuestras comunidades autónomas y administraciones locales son quienes más pueden actuar. Pero más allá de eso está el cuerpo legal, que cambia el paradigma social, y ahí es donde consideramos que no hemos superado el marco.

-Pide ir a la raíz. ¿Adónde hay que llegar para ser radical en este asunto?

-Para ser radicales, en un acto como el del sábado se tendrían que haber dicho muchos más nombres. Tendríamos que haber nombrado a las putas a las que se asesina, que son víctimas de la violencia machista, y aceptar que su condición de putas las convierta en seres que se ven desde otro prisma. La violencia machista se ejerce en el ámbito de la pareja y expareja pero también en el laboral, en cualquier situación en la que por el hecho de ser mujer estés expuesta a sufrir violencia. Necesitamos una ley de violencias sexuales. Hay una cadena asistencial que se activa por una denuncia de violencia de género, pero que difícilmente si eres una víctima de violencia sexual que vas a poner una denuncia porque te han agredido o violado. Ahora mismo la ley no entiende que te hayan violado si te ha drogado con burundanga, porque como no estabas consciente eso no se entiende a nivel penal como violación. Necesitamos repensar todo eso. La violencia sexual no solo se produce por parte de conocidos que son parejas o exparejas, o desconocidos que van en manada. Necesitamos también pensar cuáles son los peligros que las mujeres que vuelven solas por la noche a casa nos enfrentamos, y dejar de cargar sobre las mujeres la responsabilidad de la denuncia, de la prevención, de la actuación. No hace mucho tiempo que estaba en el ministerio del Interior Fernández Díaz, que con todos sus apóstoles y todos sus ángeles de la guarda nos decía cómo teníamos que evitar ser violadas en lugar de lanzar una campaña explicando que no es admisible eso.

-Hay campañas oficiales que siguen manejando esa perspectiva. 

-Como no se piensa en profundidad, salen campañas tan absurdas como la de Murcia o la de Zamora, que pensando en provocar lo que hacen es reproducir sin espacio para la reflexión los propios chistes machistas que generan esa violencia, que son en sí esa violencia simbólica. Por eso hace falta ir a la raíz y promover medidas de igualdad. Para nosotras, durante la negociación del Pacto de Estado era terrible tener que explicar que existan de manera obligatoria no solo en colegios privados y concertados, sino también en los públicos, uniformes sexistas diferenciados por género. Eso es generador de violencia machista. Y no lo entendían, pensaban que era el tipo de medidas de igualdad que se han quedado fuera del pacto. Eso so se ha transitado en el Pacto. Se han tratado como si fueran cosas compartimentadas y separables, cuando el origen viene de ahí.

-Con todo, llama la atención la discrepancia entre lo que cada vez se formula de modo más unánime en la sociedad y el aumento de este tipo de violencias. ¿Qué está sucediendo?

-Es algo que tiene todo el sentido. Es necesario hablar del negacionismo de la violencia machista o de la violencia de género, si se prefiere. Hay un negacionismo que es consciente, y que luego es reproducido de una manera más inconsciente por las propias inercias en muchos espacios de la sociedad. Pero yo creo que sí que parte de una ofensiva neomachista muy consciente. Ante una mayor toma de conciencia del problema, y por tanto una mayor oposición, es lógico que se recrudezca la reacción por el otro lado. Lo explica muy bien una conversación a la que asistí hace un tiempo: dos mujeres mayores que decian «es que se han vuelto locos los hombres; de toda la vida se pegó a las mujeres, pero ahora las matan». Claro, ahora las matan porque no se dejan pegar, y se ven obligados a pegarles porque no obedecen... se va recrudeciendo la ofensiva neomachista, no solo en España sino en toda Europa. Todas aquellas batallas ganadas vuelven a estar en disputa.

-¿Y las estadísticas sobre el repunte del machismo en los más jóvenes?

-Sí que hay una parte en la que es muy alarmante, aunque tendríamos que revisarnos bien las generaciones mayores a ver cómo estamos ejerciendo; pero admitiendo que sí hay una juventud con unas dinámicas machistas que asustan, tenemos otra más movilizada que nunca en los espacios feministas y LGTBI, y tenemos niños y niñas trans en los colegios y compañeros y compañeras que les apoyan. Esto no lo teníamos en mi generación ni en las anteriores, ni sabíamos de lo que se nos estaba hablando. Es lógico que haya una respuesta más cruda de quienes quieren conservar todos estos privilegios.