«Asturias es la cuna de mis luchas. Siempre algo me llevará ahí»

Socialista, de raíces asturianas y diputada del Parlamento Belga. Así es Julie Fernández, la mujer que confía en el diálogo para resolver conflictos y repudia los nacionalismos

Julie Fernández, diputada belga de origen asturiano

Redacción

Sin haber nacido en Asturias, Julie Fernandez es fruto de las consecuencias de las huelgas mineras: el exilio. Las luchas de entonces moldearon su figura política sobre las bases del ideario socialista desde mucho antes de nacer, en Lieja (Bélgica), hace ahora 45 años. En la actualidad, esta diputada del Parlamento belga confía en el diálogo como el mejor aliado para empezar a resolver los grandes -y pequeños- conflictos. En un contexto en el que los nacionalismos no dejan de ascender y el secesionismo catalán ha alcanzado las discusiones del país europeo, Julie Fernández se alza como la mujer que cree en construir solidaridades y derribar las fronteras.

-De pequeña solía veranear en Grado. ¿Qué recuerdo tiene de Asturias?

-En Grao, en el barrio del Casal... Hoy mi país es Bélgica, yo me siento profundamente belga, pero Asturias es parte de mi cultura, parte de mí. A mí me encanta beber sidra, me encanta la gaita, me encanta volver a Asturias y necesito volver. Es mi tierra porque son mis orígenes. De hecho mi padre está enterrado en Asturias y mis abuelos maternos también. Por lo tanto, siempre algo me llevará ahí. No voy todos los años pero sí hay momentos en los que la echo de menos. Mantener mis raíces es importante para mí para que el día de mañana pueda enseñarle a mi hijo por qué es importante que lleve el nombre de mis padres -que es fruto de una historia de lucha-, que mi abuelo ha hecho cárcel porque creía en un mundo donde cada uno podía existir siendo lo que es y defendiendo lo que creía. Asturias también es eso, es el origen de mis luchas de hoy. Si no hubiera sido nieta de republicanos asturianos, si mi padre no hubiera trabajado en la mina, si mi abuela no me hubiera contado lo que era ser una mujer en la España franquista, igual no sería lo que soy hoy y mi hijo no será lo que será mañana. Y Asturias es también todo eso, es la cuna de mis luchas. De hecho, a mí me han criado más con garbanzos y con fabada que con patatas fritas.

-Sus padres partieron al exilio desde Asturias por participar en las huelgas mineras. Entonces el exilio era sinónimo de miedo y también de salvación. Hoy, ¿ha cambiado de significado la palabra cuando parece que hay quien la utiliza a la ligera?

-Yo creo que la palabra no ha cambiado de sentido de verdad. Si me preguntan lo que es exilio para los refugiados que vienen de Siria o de Malí, les diré que no ha cambiado en lo que representaba para mis padres. Si me hablan de lo que define Puigdemont, eso es otra cosa; eso es exilio de lujo. Lo que él está haciendo es una propaganda a costa del exilio de verdad, de la gente que ha tenido que huir porque su vida estaba en peligro, porque estaban juzgados por gobiernos que no eran democráticos. No es el caso de España. España es una democracia y un Estado de derecho. De hecho, él ha cometido delitos en ese Estado de derecho. Por eso está perseguido por la justicia, no porque sea alguien que se opone a un régimen dictatorial. Es totalmente diferente del exilio que han conocido la generación de mis padres o que conocen hoy los exiliados de países que están en guerra o sometidos a regímenes dictatoriales.

-¿Cómo ha influido en su conciencia política su historia familiar? Además de sus padres, también es nieta de republicanos encarcelados y exiliados en Francia, todos asturianos, por cierto.

-Mi conciencia política está construida sobre el exilio, primero de mis abuelos a Francia durante la guerra y luego de mis padres hacia Bélgica. El desarraigo de mi familia significó construirse económicamente en un país nuevo, tener derecho a un hogar y una vida digna, acceder a la educación pública para hacer mis estudios cuando mis padres no tenían nada. Mis luchas políticas de hoy tomaron raíz en el exilio de mis padres. Exilio es huir de un país porque políticamente no correspondes al color del régimen dictatorial que está; es que te encierren. Esa es hoy mi lucha de cara a los refugiados en Bélgica. Yo no puedo aceptar que metan en prisiones -o centros cerrados que llaman- a gente que huye de un país porque está en peligro. También he visto que en España hacen lo mismo. Es una indignidad, para una democracia, encerrar a gente simplemente porque huye para salvar su vida.

-¿Por qué esa reacción por parte de los gobiernos?

-Primero, por una política de criminalización del extranjero, pensando que la gente que es extranjera es criminal, dando un falso sentimiento de inseguridad a los ciudadanos del país que los tiene que acoger. Cuando veo lo que cuesta meter a una persona en un centro cerrado -que son 15.000 euros de media en Bélgica- pienso en lo que se podría hacer en términos de integración, educación y acompañamiento de esa persona.

-Para usted la solución a conflictos como la crisis secesionista en España es el diálogo pero, ¿cómo dialogar cuando ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder?

-Efectivamente hay dos vías al problema catalán. Primero la voz democrática, respetar la democracia, la constitución y las instituciones. Esa es la base. Y luego, el diálogo. Pero solo se puede dialogar entre dos partes que están de acuerdo en hacerlo. En este caso, la situación se ha ido agravando porque los separatistas no querían diálogo, pero el gobierno tampoco. Esto ha sido difícil de explicar aquí al principio de la crisis en Bélgica porque no es una crisis de unos buenos contra unos malos; es la crisis de dos partes que no han querido dialogar. Si las elecciones del 21D salen bien, si todas las partes participan de forma democrática en las elecciones, con una campaña y formulando ideas, después tiene que haber diálogo.

-¿Y después del diálogo llega siempre la calma?

-Hombre, el diálogo también genera momentos de nervio. Aquí en Bélgica hay una larga tradición de diálogo y compromiso. Hay que ser constante. No se dialoga para resolver un problema y luego se para, tiene que ser constante como la democracia y el funcionamiento democrático de las instituciones. Hay que garantizar los derechos de todos, la expresión de las diferencias de todos, el respeto de esas diferencias y trabajar en soluciones para encontrar que cada uno pueda vivir con su identidad cultural propia pero en la convivencia de todos.

-En Bélgica tienen el mismo sentimiento nacionalista los flamencos pero el método de dialogar funciona y se mantiene. ¿Cuál es su secreto?

-En Bélgica los separatistas flamencos son muy duros pero en ningún momento han decidido hacer un referéndum porque siempre que ha habido protestas fuertes la gente se ha sentado alrededor de una mesa. La constitución ha habido que modificarla pero dentro de un proceso democrático y compartido por el conjunto de las personas que estaban alrededor de la mesa. En esos momentos tienes que escuchar. Cuando Cataluña dice que no está bien hay que oír que no está bien y hay que intentar entender el porqué, y luego sentarte e intentar que Cataluña se sienta mejor. Evidentemente respetando España -o Bélgica en su caso- y el conjunto de la sociedad española. Después hay que hacer compromisos y aceptar algunas cosas que no te parezcan lo ideal pero aceptarlas por el bien común. Creo que esa es la solución. En Bélgica hay una larga tradición, puede ser algo más cultural -la democracia de Bélgica es mucho más antigua que la española-, pero no hay otra solución porque si no se llega al conflicto, y nadie quiere eso.

-El tema catalán ha salpicado las discusiones del parlamento belga; sin embargo, el primer ministro, Charles Michel, sigue sin tomar parte en el asunto.

-Y eso que se lo hemos pedido. Hoy el primer ministro es el paje de los separatistas, tanto belgas como catalanes. Él está ahí porque está dentro de una mayoría donde los separatistas son mayoritarios. Que condenara el referéndum o que apoyara la unidad de España es ir en contra de los separatistas flamencos y eso, creo yo, le costaría su mayoría en el gobierno.

-No es el caso del secretario de Estado de Inmigración, Theo Francken, una figura polémica -que ha hecho declaraciones racistas- a la que usted se suele enfrentar.

-El secretario de Estado es el representante de los nacionalistas. Quitarlo a él sería como pedirle a los nacionalistas que apartaran parte de su ideología del gobierno y eso no lo van a consentir. Evidentemente, para los socialistas y la mayoría del resto de parlamentarios, sus intervenciones son indignas. Al día siguiente de su nombramiento como secretario de Estado, este señor fue a rendir homenaje a un antiguo colaborador de los nazis. Hablábamos antes sobre si mi exilio había construido mi identidad política y el antifascismo, evidentemente, también. Es inaceptable. Los socialistas hemos pedido y seguiremos pidiendo su dimisión cada vez que ese señor se salga de las bases de la democracia.

-¿Cuál cree que es el principal problema del separatismo?

-El separatismo es la ruptura de las solidaridades económicas, sociales, culturales, de paz... El separatismo es la ruptura de las solidaridades que han compuesto Europa y eso es muy peligroso social y económicamente, pero también en términos de paz. Las últimas guerras que ha habido en el continente han sido por sentimientos nacionalistas que se han despertado. Separatismo es también cerrarse en uno mismo, pensar que lo más importante es tu identidad, tu cultura y lo que representas. Se puede entender que en esa filosofía el racismo tenga su parte y el secretario de estado representa esa parte de la política y filosofía separatista de la N-VA (Nueva Alianza Flamenca), generando un discurso del miedo que crea angustia en la gente cuando piensa en el extranjero.

-Ese fervor con el que usted defiende sus ideales le ha valido el nombre de la Pasionaria entre sus compañeros, aunque su ideología sea distinta. ¿Por qué decidió meterse en política?

-Sí, es un poco diferente (risas). Yo no lo he decidido, las cosas de la vida... Mis padres son de izquierdas, por supuesto socialistas. Yo he crecido en la casa española, aquí, en Lieja. Yo siempre digo que empecé en la política bailando jota y flamenco -cuando los padres estaban en reuniones a nosotros nos daban clases de jota y flamenco- y luego, empecé mi vida laboral sin pensarlo en un gabinete político. Las cosas se han ido desarrollando así. Yo he hecho mucha campaña en la colonia española porque como mi padre hablaba francés había ayudado a mucha gente. Mi primera elección fue resultado del compañerismo y de la solidaridad de mis padres con los españoles en los años 70.

-Siendo socialista desde la cuna, ¿considera esa la ideología más adecuada para sus luchas abiertas?

-Yo creo que el modelo socialista es el más emancipador. Es el modelo que permite con libertad y fraternidad construir un modelo de solidaridad de sociedad en la que los que más tienen ayudan a los que menos tienen creando sistemas como la seguridad social. El modelo socialista me parece el más conveniente para construir una sociedad en el que cada uno tenga las mismas posibilidades independientemente de su origen y capacidades para que nadie se quede en el camino.

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