¿Cuándo el término «bable» pasó a ser despectivo?

Los defensores de la normalización del asturiano lo empleaban en los setenta, pero con el tiempo la palabra adquirió un matiz despectivo


«Bable» no era un término despectivo cuando, a finales de los setenta y principios de los ochenta, Asturias comenzó a llenarse de pintadas que exigían la oficialidad de la lengua asturiana llamándola precisamente así: bable, un término de origen incierto pero que ya se utilizaba en tiempos de Jovellanos. Al «idioma asturiano que allí dicen Vable» se refería Carlos González de Posada en 1794 en sus Memorias históricas de Asturias; y cuando, en 1974, un grupo de escritores decidió asociarse para promover la dignificación del idioma autóctono de Asturias a través de las páginas de la revista Asturias Semanal, fue Conceyu Bable el nombre que dieron a la sección de la que se ocupaban, a través de la cual irían sentándose las bases de la actual norma culta de la llingua, basada en el asturiano central; y que luego se convertiría en una activa asociación. Antes, en 1969, José León Delestal había fundado una asociación llamada Amigos del Bable, y en 1973 una Asamblea Regional del Bable presidida por Emilio Alarcos había plantado la semilla de lo que más tarde sería el Surdimientu: una eclosión literaria en lengua asturiana liderada por Xosé Lluis García Arias, Xuan Xosé Sánchez Vicente y Lluis Xabel Álvarez, quienes más tarde acaudillarían Conceyu Bable.

Hoy, el diccionario de la Academia de la Llingua Asturiana sigue definiendo la voz bable como «asturianu, llingua d’Asturies» y no hace indicación alguna que se refiera a un presunto carácter despectivo; y las ordenanzas que, en algunos concejos asturianos, han ido acercando a la llingua al estatus de oficialidad, suelen referirse a ella con la doble denominación bable/asturiano, tal como también lo hace el Estatuto de Autonomía. Sin embargo, el término fue adquiriendo con el tiempo un carácter despectivo. Es exclusivamente así, bable, como se refieren hoy a la lengua de Asturias -negándole tal condición- quienes se oponen a su dignificación. Tal es el caso del colectivo de agitación y propaganda neoliberal Club de los Viernes, vinculado al partido ultraderechista Vox y que acaba de lanzar una activa plataforma en redes sociales, «Cooficialidad No», que se opone con formas soeces a la oficialidad del asturiano. Por otro lado, colectivos de defensa del asturiano como la Xunta pola Defensa de la Llingua Asturiana rechazan explícitamente el uso de la voz bable.

¿En qué momento pasó a ser bable rechazado como glotónimo despectivo por los defensores de la llingua? Xuan Xosé Sánchez Vicente apunta dos factores que coincidieron en el tiempo, porque de hecho eran causa y efecto: «Cuando se funda la Academia de la Llingua Asturiana», explica el filólogo y escritor, «se funda con ese nombre, porque se entiende que el término bable es extraño en el conjunto de las lenguas del mundo, que siempre o casi siempre se refieren al territorio en el que se hablan». La creación de la Academia, recuerda Sánchez Vicente, y la inclusión del asturiano en el articulado del Estatuto, generaron una reacción contraria que acabó sustanciándose en una asociación que tomó el nombre plural de Amigos de los Bables, y que acaudillaban un Emilio Alarcos convertido súbitamente a la causa antiasturianista pese a que originalmente había defendido la normalización y un Gustavo Bueno cuyas groserías recuerdan a las que hoy emite la plataforma «Cooficialidad No»: al lema «Bable nes escueles», que por entonces coreaban los defensores de la llingua, Bueno solía responder, por ejemplo, «y gaites nes orquestes». Explica Sánchez Vicente que «esa adopción del término bable por los enemigos de la normalización ayudó a que pasáramos a verlo con recelo», explica el escritor.

Barbare loquentes

Motivos para preferir el glotónimo asturiano al término bable los hay bastante sólidos: así, por ejemplo, el tomo I del Atlas lingüístico de la península ibérica, publicado en 1962 y que recoge análisis efectuados en base a encuestas anteriores a la guerra civil, muestra que, a la pregunta relativa al nombre del habla local, la respuesta de los asturianos a principios del siglo XX solía ser asturianu y no bable; y distintos otros estudios han ido elucidando que el uso del término bable siempre fue más bien aristocrático que popular. Lo que no está claro es si ese uso aristocrático venía preñado, o no, de cariño y respeto hacia el idioma local. Se lo tenía, desde luego, Jovellanos, que aunque utilizaba la voz bable defendió la dignificación de la llingua y la creación de una Academia. Y a lo largo del siglo XIX se da el curioso fenómeno de que las clases populares utilizan las dos denominaciones, asturianu y bable, pero no indistintamente: asturianu es para ellas el habla coloquial y bable la lengua elaborada y depurada para su cultivo literario. En todo caso, ya entonces se detecta también un uso despreciativo de bable por parte de quienes se oponían a los primeros intentos de dignificación literaria.

En la etimología de la palabra bable, sea la que sea, y aunque se han apuntado varias, también parece latir un espíritu despreciativo. El Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de Joan Corominas barruntaba en 1980 que la palabra «seguramente es onomatopeya para indicar el habla confusa y balbuciente de las personas de lenguaje imperfecto», y la relacionaba con vocablos de otros idiomas como el inglés babble, el danés bable, el islandés babbla o el alemán pappeln, todos los cuales significan «balbucear»; así como con el francés babiller («charlar, cascar»). Y Juan Gil, en 1990, apuntaba una tesis más audaz que más tarde suscribiría García Arias: que la voz bable se remontaba a la época de la romanización de Asturias, cuando los romanos se encontraron con unos pueblos que «chapurreaban una lengua que sonaba extraña a oídos más romanizados; pues bable no ha de ser sino el adjetivo barbare, con que los hispanos cultos y latinados motejaban el desaliño de aquellos pastores y guerreros barbare loquentes».

Bárbara o no, la lengua asturiana ha ido abriéndose camino. Y el tiempo demostró que lo que Gustavo Bueno consideraba un disparate no necesariamente lo era. Actualmente, no sólo hay bable nes escueles, sino que también ha llegado a haber gaites nes orquestes, y aun en las más famosas del mundo. Que nada indigno o absurdo había en mezclar la gaita con los respetables instrumentos clásicos lo demostró el gaiteiro gallego Carlos Núñez en enero de 2015, cuando dio en la Sala Dorada del Musikverein de Viena (uno de los templos mundiales de la música por ser el lugar en el que se celebra cada año el famoso Concierto de Año Nuevo de la capital austríaca) un espléndido concierto en el que, acompañado por la orquesta austríaca Tonkünstler, interpretó un programa sinfónico que incluyó piezas de Pablo de Sarasate y Rimsky Korsakov, entre otras.

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