«Somos una trinchera contra el patriarcado»

Blanca Cañedo-Argüelles es la fundadora de la clínica Belladona, pionera en derechos sexuales y reproductivos de las asturianas. Este año alcanza la treintena.

Blanca Cañedo-Argüelles
Blanca Cañedo-Argüelles

Gijón

Los derechos sexuales y reproductivos de las asturianas tienen, entre otros, nombre de flor: el de la belladona, que da nombre a una clínica gijonesa pionera y que es modelo para toda España. Belladona cumple treinta años este 2018, y su fundadora, Blanca Cañedo-Argüelles, responde con entusiasmo, en esta entrevista celebrada en su despacho, a preguntas sobre la historia de la clínica, los servicios que presta, las reivindicaciones que apoya y cómo de arriesgado y a veces sórdido era abortar antes de que la ley del aborto de 1985 lo despenalizara; algo que esta veterana feminista vivió en primera persona como trabajadora social y enfermera.

-Belladona acaba de cumplir treinta años.

-Sí, estamos celebrándolos ahora. Fue un proyecto que unió a un grupo de mujeres en una época complicada. Acababa de nacer la primera ley del aborto, pero Belladona no nació preocupada sólo del tema del aborto, sino de los derechos sexuales y reproductivos en general. Era una época en la que la educación sexual, el conocimiento del propio cuerpo, no se trabajaba; y en que una iba al ginecólogo y el ginecólogo era un señor que te miraba una zona concreta de tu cuerpo pero no todo el conjunto de engranajes que es un cuerpo y sus padecimientos. La comunicación médico-paciente era muy rígida. Las mujeres de Boston acababan de editar un libro muy interesante sobre el autocuidado y en Alma Ata ya se había hablado de la salud como una combinación de lo mental, lo físico y lo social. Y nosotras queríamos montar algo que bebiera de todo eso; un espacio de salud en el que las mujeres se sintieran seguras, respetadas y comprendidas. Éramos feministas, que era una palabra anatema que hoy ha cobrado por fin el sentido que siempre tuvo, que no es lo contrario del machismo, sino la igualdad. En aquel tiempo éramos poco menos que brujas.

-¿Por qué el nombre de Belladona?

-La Atropa belladona es una planta que produce atropina, un alcaloide que entre otras cosas dilata las pupilas y hace parecer los ojos más grandes. El mensaje que queríamos transmitir era que queríamos abrirle los ojos al mundo y recuperar ciertas cosas perdidas, como la sabiduría ancestral de las mujeres y de las viejas curanderas, que siempre utilizaron fármacos naturales que hoy sabemos que eran tanto o más efectivos que otros que hay que producir en laboratorios farmacológicos.

-Asociamos Belladona sobre todo al aborto, pero aquí se hacen muchas más cosas.

-Sí, sí. Fuimos creciendo, y ahora hacemos cosas de nutrición, de estética, etcétera, y también hacemos distintos estudios sobre sexualidad, anticoncepción, etcétera, y estamos metidos en una red nacional de clínicas que se prestan mutuamente apoyo logístico. Belladona, en realidad, ya es más grande hacia fuera que hacia dentro. Y también trabajamos temas medioambientales. Somos muy ecologistas; sabemos que la ecología es fundamental para el desarrollo humano, y hacemos muchas cosas de alimentación y relacionadas con el tema de los huertos urbanos. Cada jueves viene aquí un compañero a traernos productos de la huerta.

-Belladona también es un proyecto ideológico.

-Sí, sí. Somos una trinchera contra el patriarcado. Entendemos que todos somos víctimas de una cultura patriarcal que no sólo machaca a las mujeres, sino también a los hombres, a los que obliga a desempeñar una serie de roles: el hombre debe proveer; debe ser protector. Yo conozco bien a los varones, porque aunque tengo siete hermanas, soy madre de varones y abuela de varones. Las mujeres no queremos ser protegidas: queremos ser acompañadas. Y queremos luchar junto a los hombres contra un sistema que al mismo tiempo que somete a las mujeres, somete también a la naturaleza, agota los recursos y los acumula en favor de muy pocas personas. Todo está interrelacionado y la lucha por las libertades también debe ser una sola. En general, debemos preguntarnos qué mundo queremos dejar a nuestros nietos.

-Decía antes que tiene hijos y nietos. Usted misma es una impugnación viva de ese discurso de la derecha más cavernaria según el cual las mujeres feministas odian la maternidad. Se puede defender el derecho al aborto y no ejercerlo una misma.

-Evidentemente, y fíjate, una cosa que se está debatiendo ahora y que nosotros llevamos haciendo mucho tiempo es la jornada laboral de nueve a seis. Lo pusimos así para que nuestras trabajadoras con hijos pequeños pudieran compatibilizar la vida familiar y la laboral, y las que querían tener hijos pero la imposibilidad de la compatibilidad les hacía dudar de tenerlos los tuvieran.

-En Belladona, ¿todas las trabajadoras son mujeres?

-La mayoría lo son. Hay algún hombre: el urólogo es un hombre, el homeópata es un hombre y los médicos de medicina de trabajo son hombres. Y en el quirófano los anestesistas son hombres. Pero las ginecólogas son todas mujeres.

-Imagino que ser atendidas por una mujer dará más confianza a las mujeres que vienen aquí a abortar o a tratarse problemas de salud sexual o reproductiva que siguen siendo escabrosos de reconocer.

-Sí, pero la cuestión no es tanto ser atendidas por una mujer o un hombre cuanto cómo sea la atención. Cuando una mujer acude a una clínica como la nuestra con vaginitis o con candidiasis o con una micosis, no puedes centrarte en mirarle sólo esa parte del cuerpo. ¿Qué tipo de relaciones sexuales está teniendo esa mujer? ¿Cómo se está sintiendo en sus relaciones sexuales? Ese hombre, ¿qué sabe realmente de su cuerpo; qué sabe de la ternura, de la estimulación? Yo recuerdo que cuando se hacían las primeras campañas y te acercabas a los institutos a hablar con los y las jóvenes, para ellos y sobre todo para ellas era fascinante descubrir que no sólo se folla con el pene; que las posibilidades de una relación sexual no se limitan a la mera genitalidad; que hay todo un mundo de olores y sabores y músicas y preparaciones que también rodea a una relación sexual satisfactoria. Cuando alguien viene a Belladona, hablamos también de eso. No somos científicos fríos que traten a sus pacientes como máquinas averiadas, sino que entendemos las dolencias en el marco de todo lo que un cuerpo recibe de su entorno y todo lo que emite hacia él; y procuramos crear un entorno de confianza; un espacio en el que hablar con sinceridad, con tranquilidad y sin que nadie te enjuicie. Hay que pensar lo que era antes no ya para una chica, sino para un o una homosexual o un o una transexual acudir a tratarse de ciertas cosas; la vergüenza que pasaban. Hoy han cambiado mucho las cosas. Antes veníamos las mujeres solas a abortar; ahora, si vienes un día de quirófano, verás la sala llena de hombres; de jóvenes que están prudentemente en su sitio pero pendientes y preocupándose.

-Todos estos derechos y conquistas parecen muy consolidados, pero no necesariamente lo están. Hay pulsiones de regresión contra las que hay que luchar cada día, ¿no es así?

-Cada día, cada día, te lo puedo asegurar. Aquí tenemos suerte: la clínica es un espacio abierto a la plaza y tenemos una persiana blanca que se abre y se cierra cada día y que al día siguiente siempre amanece blanca. Nadie nos insulta, nadie nos agrede... Cuando lo del Tren de la Libertad, venían periodistas extranjeros a vernos y se quedaban alucinados; nos decían: pero, ¿dónde están las rejas? ¿Dónde está el sistema antibalas? Cuando les contaba que yo entro aquí cada mañana saludando a mis vecinos con toda tranquilidad, y salgo a tomar algo al bar de enfrente, y después como con mis amigas, que son de todos los partidos políticos, se quedaban maravillados. Eso es así y es un orgullo, igual que es un orgullo que podamos no cobrar nada a las pacientes porque tenemos un concierto con el SESPA por el cual nos pagan el cien por cien. Pero es verdad que el aborto sigue siendo un estigma, y que el aborto todavía no esté propiamente en el sistema público se debe a ello. De los médicos que se ocupan de estas cosas, no hay más que uno que figure en su ficha del Colegio de Médicos como abortero.

-Es una palabra fea.

-Sí, sí. No somos aborteros: hacemos abortos. Y los hacemos porque los métodos anticonceptivos fallan, igual que falla la educación sexual. En realidad somos el resultado de algo que no está funcionando muy bien en la educación; en la formación de la gente. Eso todavía hay que explicarlo; y todavía hay que luchar contra los Abogados Cristianos, que reciben una muy buena subvención por cada caso que abren, subvención que se le ha retirado a la Federación de Planificación Familiar Estatal por culpa de ellos, porque se dedican a poco menos que rebuscar en las basuras para encontrar cualquier mínimo pretexto que les permita abrir un caso. En este caso, los Abogados Cristianos denunciaron a la FPFE por incluir publicidad de medicamentos en su revista. Y a las clínicas de la Asociación de Clínicas de Interrupción Voluntaria del Embarazo (ACAI) no dejan de denunciarnos basándose en que en nuestra página web decimos que el aborto no supone peligro alguno para la mujer, de lo cual deducen que estamos incitando al aborto. Como dice nuestro abogado, lo que les molesta es que no digamos que el aborto es un pecado mortal. El caso es que nosotros, en el documento de consentimiento que hacemos, sí informamos de los riesgos que comporta una intervención de este tipo, que son mínimos. Mucho mayores eran los de los abortos clandestinos que yo conocí. Pero eso no lo nombran los Abogados Cristianos. La educación sexual siempre será un problema para las mentes oscuras, y el peligro de los intransigentes, de la gente que no entiende que la sexualidad no es un pecado sino una de las cosas más agradables que tenemos los seres humanos, siempre estará ahí, y no podemos bajar la guardia. Acabamos de salir del lío de Gallardón, y las jóvenes madrileñas todavía tienen problemas de acceso al aborto. Asturias, en ese sentido, es un orgullo: estamos en el mejor puesto a nivel mundial, y digo y digo bien «mundial» y no «europeo». La facilidad de acceso a este derecho que es el aborto que nuestros políticos han posibilitado a nuestras mujeres es para sentirse muy orgullosos. Pero es algo que hay que luchar cada día. Por eso Belladona está enraizada en el movimiento feminista. Para nosotros es un resorte brutal. Yo siempre lo digo: gracias a las redes estamos a un clic de enfrentarnos a cualquier peligro. Nunca lo hemos necesitado, pero yo sé que el día que haya algún peligro, en cuanto pida ayuda la recibiré; habrá inmediatamente ahí delante un grupo de gente para defender todo esto. Siempre que en un parlamento se ha tramitado un proyecto agresivo para con las mujeres, el movimiento feminista ha estado ahí.

-En cierta medida, Belladona nació para morir, ¿no es así? Su deseo sería que los servicios que aquí se prestan los prestara el sistema público.

-Claro, claro. El aborto es un derecho reconocido por una ley, y si es un derecho, las prestaciones correspondientes deberían estar en el servicio público, igual que lo está una operación de apendicitis o la extirpación de un mioma. También es verdad que el aborto tiene alrededor muchas circunstancias. Un aborto no es entrar cinco minutos al quirófano: es toda la llegada de la mujer aquí, cómo se la recibe, cómo se le coge el teléfono, la anamnesis que se le hace, todo el estudio que se le hace, cómo se habla con ella, el seguimiento que se le hace después, la confidencialidad... Aquí tú entras y nadie sabe a qué has venido. En la sala de espera verás a toda clase de gente: gente joven, gente mayor y hasta monjas.

-¿Monjas también?

-Sí, porque vienen a reconocimientos médicos o a acompañar a una chica que ha tenido algún problema de violencia. Aquí prestamos toda clase de servicios, y al final nos hemos convertido en un recurso que es muy difícil que en el sistema público se duplique. Ahora el sistema público está queriendo incorporar el aborto y nos parece genial, pero nosotros exigimos una cosa: lo mismo. Que el servicio que se preste sea mejor o como mínimo el mismo. Si lo que se va a hacer es una chambonada, si se va a introducir el aborto farmacológico porque no se sabe montar el instrumental, si no se va a hacer el acompañamiento como lo hacemos nosotros, pues no. La reivindicación actual de la ACAI es ésa: mantener la calidad. Yo, que me jubilo este año, llevo treinta años aquí, y no puede ser que de repente esta generación arrase con lo que nosotros dejemos y tanto trabajo nos costó conquistar.

-Mencionaba antes los abortos clandestinos que usted conoció. Creo que es interesante que hable de ello para dar la medida de cuánto se ha avanzado y de qué significa este derecho que es el aborto. ¿Cómo eran aquellos abortos?

-Pues eran tremendos. Yo, además de enfermera, soy trabajadora social, y empecé a ejercer muy joven. Iba a ayudar como alumna a una trabajadora social que estaba en La Marina y el mismo día que yo entraba, un coche la atropelló y la mató. Y entré igual, pero allí no había más trabajadora social que yo, así que tuve que enfrentarme a realidades muy duras. Los abortos los había de dos tipos: el clandestino agresivo y horrible que hacían lo que llamábamos las ‘curiosas’ en sus pisos, y en el que se utilizaban agujas de coser y cosas así porque no existían los aspiradores, y el que practicaban algunos ginecólogos clandestinos a los que se les pagaba un pastizal y que hacían figurar esos abortos como legrados. En este segundo tipo había cierta garantía que no había en el primero, pero que no te pasara nada, porque en cuanto aparecías en el hospital con un problema te caía un puro. Después ya establecimos aquella red que nos unió tanto y que organizaba viajes a Londres. Prestábamos nuestras casas para la gente que venía de los pueblos y las llevábamos al aeropuerto; y luego las íbamos a buscar cuando volvían, prestándoles también nuestras casas para hacer noche. No era fácil, y había muchos riesgos. El problema mayor no eran tanto las muertes como mujeres que quedaban estériles debido a perforaciones de útero y cosas así.

-Yo he leído que había mujeres que llegaban a utilizar incluso lejía o disolvente para eliminar el feto.

-Bueno, aquí en Asturias no tanto. Aquí lo que se utilizaba era sobre todo agujas o la famosa percha, que es uno de los símbolos que hoy emplean las feministas francesas e inglesas. Se utilizaba el gancho de la percha para hacer raspados. Yo vi trabajar en Avilés a una famosa curandera que había aprendido a hacer legras; y los hacía así, con una percha. Claro, aquello comportaba unos riesgos enormes, entre otras cosas porque calcular el tiempo de gestación era muy complicado. La ecografía nos dio mucha cancha y disminuyó mucho los riesgos. Antes de la ecografía, tenías que oír 'cantar' a la legra; hacía un ruido, un 'clac, clac', característico.

-Abortar era muy caro, además. Lo siguió siendo hasta que se introdujo la gratuidad hace relativamente poco, ya con la ley del aborto en vigor.

-Se hacían muchos abortos gratuitos, pero sí, en general había que pagar, y las chicas tardaban en reunir el dinero, sobre todo si eran jóvenes y si no podían contárselo a nadie. Necesitaban un tiempo, y llegaban con doce, trece, catorce semanas de gestación. Ahora la inmensa mayoría de los abortos se hacen con siete u ocho semanas de gestación. En cuanto la mujer se entera de que está embarazada, lo cual también tiene mucho que ver con la educación sexual y el control de la menstruación, viene aquí, se le dan los tres días absurdos que marca la ley para que reflexione, vuelve, se le hace y se acabó. La gratuidad ha sido un grandísimo avance, sí. Y será difícil que se revierta, que esto vaya para atrás después de lo que ha costad conquistarlo, pero hay que seguir luchándolo. Es verdad que luego, en el Congreso, lo tenemos complicado; que nuestros diputados y diputadas están muy mermados. Pero para eso está la ciudadanía y la movilización en la calle.

-La ley del aborto que aprobó el gobierno de Zapatero en 2010, y que el PP finalmente ha respetado en su casi totalidad, salvando el acceso al aborto sin consentimiento paterno para las menores de edad y mayores de dieciséis años, debido a la enorme movilización callejera que concitó el proyecto de Alberto López Gallardón de limitar sustancialmente el derecho al aborto, ¿sería a su juicio suficiente, o aún debería mejorarse en algún aspecto?

-Nunca nada es suficiente, y yo creo que habría que eliminar, por ejemplo, los tres días de reflexión, porque contemplarlos viene a decir que las mujeres que queremos abortar no reflexionamos lo suficiente, pero aquella fue una ley fantástica. Yo siempre recomiendo que se lean las tres primeras hojas de la ley, que son una maravilla; una cosa muy bien escrita que habla de lo que es la humanidad y lo que es el respeto al otro y a sus derechos. El gobierno de Zapatero y el equipo que la hicieron la hicieron escuchando a todo el mundo: a los a favor y a los en contra, y al final hubo que ceder en alguna cosa, como en ésa de los tres días. A veces no queda más remedio que ceder, que pactar. Pero la ley que quedó es una ley espléndida y fue absolutamente vanguardista y un ejemplo a nivel mundial. Ahora se está debatiendo despenalizar el aborto en Argentina, y el debate parte de la ley de Zapatero. A Zapatero le quedará el borrón de haber gestionado la crisis no tan adecuadamente como debiera haberlo hecho, pero en materia de derechos sexuales y reproductivos, chapeau: su nombre va a quedar para siempre en la historia como el de alguien que los hizo avanzar muchísimo.

-¿Cómo vivió la histórica movilización feminista del 8M?

-Estoy encantada con cómo se desarrolló todo. Todos nos centramos en el resultado final, en esa manifestación multitudinaria y transversal, con cuatro generaciones manifestándose juntas e integrándolo todo en una misma lucha, pero a mí me gusta destacar todo el trabajo previo, que duró un año y en el que para mí fue muy refrescante descubrir y conocer a muchísima gente joven; a esa generación que es muy activa en las redes pero a veces se la echa de menos en el cuerpo a cuerpo. El 8M fue un «basta ya», un «estamos hartas», y a mí me gusta mucho destacar también el trabajo de tus compañeros de la prensa, que nos dieron voz y dieron datos y organizaron mañana, tarde y noche debates muy interesantes en todas las cadenas en los que participarn científicas, juristas, investigadoras, filósofas… Ha sido maravilloso. El feminismo es una llama que se ha encendido y que yo creo que ya no va a haber nadie que apague. No va a haber nadie que nos vuelva a meter en casa. Las redes están muy bien, y yo me lo paso muy bien y me río mucho con las cosas que se hacen y se dicen en ellas, pero hay que tomar también la calle. Y tomarla pacíficamente, como se hizo el otro día: nadie rompió ningún contenedor, no se quemó nada, no explotó nada… No hay más que ver que salimos con nuestros bebés en silla, y que había niños pequeños marchando con sus tamborcitos. La manifestación era también por ellos, porque una de las reivindicaciones feministas más importantes es la de los cuidados. A mí me gustó mucho ver el cordón de cuidados que montaron los hombres después de reunirse en varias asambleas para permitir que las mujeres se pusieran delante, en la pancarta. Maravilloso, ya digo. Una unión maravillosa de la gente de hoy, de la de ayer, de la de mañana y de la de pasado.

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