Aparte de sumarse a la Marcha pola Oficialidá del sábado, Gaspar Llamazares se ha pasado el fin de semana en permanente condición de burlado. De doblemente burlado. Así dijo sentirse el sábado ante la «pura ficción» del pacto presupuestario sellado en Madrid entre populares y foristas, y burlado volvió a declararse el domingo ante la respuesta del Ejecutivo de Javier Fernández a una pregunta suya sobre la situación del Instituto de los Materiales y sus investigadores. Tanto, que ha pedido amparo al presidente del parlamento regional, Pedro Sanjurjo. La burlona respuesta consistió, según Llamazares, en un un mero «corta y pega de la página web del mencionado centro y de otras respuestas anteriores a otras preguntas» ensamblado por el Gobierno autonómico -se teme Llamazares- como un trabajo de fin de cuatrimestre remendado a toda prisa con retales de la Wikipedia y de El Rincón del Vago. Al parecer, por la precisión con el que el portavoz de IU cita las fuentes del collage, no ha colado. Al menos, no habría plagio en este caso. Como mucho, autoplagio.

La historia de una jornada histórica

De acontecimientos históricos está llena la prensa diaria. No hay día en que no se produzca alguno no muy lejos del lector. Los hay que ya suceden con predisposición a serlo. Así, la Marcha pola Oficialidá del pasado sábado en Oviedo. El adjetivo venía ya de fábrica: incluso solo con una docena de representantes políticos detrás de la pancarta y nadie más tras ellos, la manifestación hubiese salido de la rutina de estos años atrás y se hubiese convertido en historia. La simple presencia de Gimena Llamedo hubiese bastado. De ahí que no se acabe de comprender la insistencia en el argumento del número para abultar la historicidad de la cosa. Los 30.000 manifestantes que dijo haber contabilizado la organización fueron tan reales como el escaso puñado de «paniaguados» que vieron recorrer la calle Uría los opositores más extremos a la oficialidad. Entre medias, los contables de la Policía Local estimaron unos 5.000. Es evidente que ninguna de esas cifras importa al final gran cosa para justiciar de un asunto que no se va a justificar nunca seguramente por las masas en las calles ni su ausencia. Es menos cuestión de espacio ocupado que de tiempo ocupándose de ello. Y respecto a hacer historia de Asturias con muy pocos, no hay mucho que discutir al respecto en el año 1.300 después de Covadonga.

El deporte femenino asturiano se va de copas

Las mujeres siguen dando alegrías deportivas a Asturias. Hace un mes fueron las jugadoras del Hostelcur Gijón trayéndose a casa la Copa de Europa de hockey sobre patines; ayer, los laureles fueron para las luchadoras del Mavi Nuevas Tecnologías de La Calzada, que lograron alzar en Málaga una Copa de la Reina de balonmano a por la que han ido derechas, con una determinación y un aplomo insólitos en un equipo debutante en la competición y casi debutante en División de Honor. En ambos casos, las redes han echado humo con las felicitaciones, empezando por los políticos locales. Una alegría comprensible, pero que hay que llevar más allá del tuit entusiasta. Ambos triunfos son ejemplos de la excelencia que se puede alcanzar incluso con recursos y apoyos muy limitados, bregando en los márgenes del deporte-espectáculo, pero sin duda, Hostelcur y Mavi preferirían ser un ejemplo de equipos que consiguen esos mismos resultados con el mismo heroísmo en la cancha, pero con el riñón bien cubierto fuera de ella. Eso, al margen de la constante lección de deportividad pura y sin energumenismos que las arropa. La imagen de Sara Lolo, la capitana del Hostelcur, leyendo la pasada semana el manifiesto del Observatorio de la Violencia (y contra la violencia) en el Ayuntamiento de Gijón es el mejor complemento para las de los dos equipos posando con sus copas. El deporte, de hecho, es lo que hay antes y después de ellas.

Valora este artículo

10 votos
Comentarios

Gaspar Llamazares, de burla en burla