1968: el discutido legado de la utopía

Raúl Álvarez

ASTURIAS


Medio siglo después de la barricadas en París, los intelectuales aún debaten si el movimiento fue una revolución política fracasada, el inicio exitoso de una nueva época cultural o el agujero por el que se coló la nueva derecha

20 may 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo que sucedió no plantea dudas. Quedó fotografiado y filmado en miles de metros de película, narrado en cientos de horas de radio en directo, descrito en incontables testimonios orales y escritos de participantes y testigos. Sin embargo, lo que significó aquel mes de mayo de hace medio siglo aún enfrenta a historiadores, sociólogos, filósofos e intérpretes de los signos de los tiempos. ¿Qué fue aquella sacudida política, social, generacional? ¿Una revolución fallida? ¿Un hito en la evolución de las costumbres, la cultura y los modos de pensar? ¿Un parto de los montes que solo alumbró unos hijos intelectuales escuálidos? El debate no alcanza su final ni ningún punto de acuerdo. Es más, cambia con el tiempo, como señala el escritor Xandru Fernández, que recuerda el vigésimo aniversario, el primero del que se acuerda con claridad crítica. «Entonces yo estaba en el instituto y en esa época, a finales de los 80 y a principios de los 90, el filósofo decisivo era Marcuse. Hoy se habla de Foucault y Althusser, que participaron mucho menos que otros profesores y que la mayoría de los estudiantes y ni siquiera fueron autores de ninguna proclama», reflexiona.

Fernández contempla el 68 desde la izquierda y no encuentra muchos motivos para celebrarlo ni convertirlo en patrimonio sentimental. Su mayor crítica a su legado es la institución del símbolo de la revolución fracasada. «Es como si las revoluciones más puras, y las que aplauden el público y, lo que es peor, la academia, fueran las que no producen ningún cambio político o acaban por lograr uno de signo contrario al que pretendían. Porque De Gaulle acabó por ganar las elecciones», recuerda. Los frutos culturales, añade, tampoco son para montar una celebración desde su perspectiva. «Lo está celebrando la Europa unida encarnada en Emmanuel Macron. Y hasta Houellebecq, con su presencia antiizquierdista en la que la incorrección política pasa por progresía, representa mejor la herencia de 1968». Solo en la emancipación social, en el despegue de la lucha por los derechos de las minorías raciales, el feminismo y el movimiento LGTB se pueden apuntar tanto los soixante-huitards. «Y aun eso habría ocurrido igualmente sin mayo. Ya existía el ambiente para ello en Estados Unidos, Inglaterra o Alemania», concluye.

Ese aspecto del cambio en las conciencias les parece, sin embargo, mucho más importante a otros observadores. El historiador David Ruiz fue de los primeros en España a la hora de reflexionar sobre los acontecimientos franceses. En el mismo año de 1968, a la vuelta del verano, ya organizó una conferencia de Javier Ramos, un joven periodista con la licenciatura recién estrenada que se encontró sin saberlo en el centro de las protestas en París y después regresó a Asturias para trabajar en La Voz de Asturias de la época, para intentar comprender el alcance de lo ocurrido. No era fácil, bajo la mirada censora y represora de las autoridades franquistas, abordar esa clase de temas y no pudo hacerlo en la Universidad ni darle publicidad en la prensa, pero contó con la colaboración del Club de Cultura de Oviedo.

Auge de los universitarios obreros

No había más de 25 o 30 personas en la sala, recuerda hoy, y eso explica por sí solo las diferencias entre España y Europa en aquellos momentos. «Para nosotros, mayo era un país imaginario. Aquí era imposible, para empezar, porque, a diferencia de lo que pasaba en Francia, los hijos de los obreros no habían llegado de forma masiva a la universidad. Las protestas empezaron en un centro de reciente creación, el de Nanterre, mientras que en España no existían más que la docena de universidades de siempre. En Oviedo andábamos entonces entre los 3.000 y los 4.000 alumnos, cuando ahora hay 20.000 y entre medias se han alcanzado picos muy superiores», señala.

A su juicio, el impacto cultural de los movimientos del 68, no solo en París, sino en California y otros lugares, es innegable y duradero. «Rechazaron el consumismo y las capas más juveniles y dinámicas se sacudió el orden que surgió de la Segunda Guerra Mundial. Era pacífico y democrático, pero capitalista, muy organizado y compartimentado. Aquellos chicos, al llegar a la universidad, se encontró con un profesorado prestigioso que les abrió los ojos al lavado de cerebro que les habían hecho. Hasta los sindicatos obreros, que eran poderosos pero tenían aspiraciones muy diferentes, no encajaban con los jóvenes, porque imponían disciplina y ellos apreciaban la espontaneidad. Los hijos se enfrentaban por el futuro de Francia a padres afiliados al Partido Comunista», apunta.

Entre Xandru Fernández y otro historiador asturiano, el catedrático de la Universidad de León Francisco Carantoña, podría montarse un debate interesante acerca de la percepción de 1968 a medio siglo de distancia porque mientras el primero, heterodoxo, sostiene que a medida que pasa el tiempo lo que ocurrió en aquel año les parece más positivo a quienes no participaron en ello, ni físicamente ni en efigie, al segundo le parece detectar en quienes minimizan su importancia una afinidad con posiciones conservadoras. Fernández cree que mayo abrió camino a la nueva derecha en el mundo y que quienes más se preocupan ahora de difundir su imagen son quienes quieren desactivar las revoluciones y convertirlas en algo inocuo y fracasado. Por el contrario, prosigue, quienes tomaron parte sincera en él saben que triunfaron porque el objetivo nunca fue el cambio político y, sin embargo, han dejado huella en las costumbres. «Se ha dicho que fue más importante la píldora [que empezó a comercializarse también en los años 60] que mayo», recuerda.

Carantoña, por su parte, considera que no puede considerarse fracasado un movimiento que logra cristalizar todo un conjunto de movimientos anteriores y llegar a todo el mundo. «Es cierto que el poder nunca estuvo amenazado, pero también lo es que la sociedad cambió radicalmente», opina. «Creo, además, que es simplista reducir lo que ocurrió a un choque generacional. Hablamos de las sociedades de la guerra fría, en las que la libertad era limitada incluso en los países occidentales. No eran sociedades extremadamente ricas, no desde luego al nivel que estaban antes la crisis actual, antes del 2010, así que se exagera cuando se tilda a aquellos jóvenes de hijos de papá, aunque las cosas hubiesen mejorado desde la guerra mundial. Estados Unidos era una sociedad conservadora, obsesionada por el anticomunismo. Y las cosas eran peores en el bloque del Este. Los jóvenes, pero no solo ellos, veían las injusticias de ese mundo y reclamaban más derechos civiles o libertad sexual».

Nuevas costumbres

El historiador apunta que no solo en la España franquista había cortapisas a la libertad de las mujeres. «Se nos olvida que en la Francia democrática, en aquella época, las mujeres tampoco podían abrir una cuenta corriente sin permiso de su padre o de su marido. Una pareja no podía compartir una habitación en un hotel si no estaba casada. La libertad individual estaba restringida. Y era un mundo muy fariseo. Los que imponían y pedían esas normas recurrían a la doble moral, tenían amantes, llevaban una vida subterránea. En España, por supuesto, los homosexuales debían ocultarse para evitar que los persiguieran. Contra todo eso surge el rechazo que se expresa en la música, la ropa, los cortes de pelo. Pero también en los movimientos culturales y políticos y en las movilizaciones contra la guerra de Vietnam», señala. El rechazo a la sociedad falsa y basada en la apariencias se plasmó en las utopías y en el interés por las alternativas. Se discutía el maoísmo, el trostkismo, el situacionismo o el existencialismo. Esos pensamientos fuera de lo aceptado se desbocaron luego en el terrorismo europeo de la extrema izquierda en los años 70, descontento hasta con el reformismo de los partidos comunistas occidentales. La aceptación de las drogas tuvo también efectos negativos. En España, la heroína fue un azote para la generación que llegó a la mayoría de edad una década después de la barricadas de París.

Porque, a pesar del bloqueo de la dictadura, aquellas ideas se filtraron en España. Los medios oficiales no ocultaron los hechos, aunque los presentaran desde una óptica peculiar y entre elogios a la estabilidad que Franco aportaba al país. Y existía el tráfico clandestino de ideas. David Ruiz recuerda su primer viaje a Francia, en 1969, y la emoción y el miedo de cruzar la frontera en el viaje de regreso con el maletero cargado de libros prohibidos. Y Carantoña añade que los franquistas, a pesar de su jactancia tenían miedo. Las protestas universitarias en Santiago habían cogido por sorpresa al Gobierno y Manuel Fraga tomó nota: la policía disolvió un concierto de Raimon en Madrid el 18 de mayo de 1968.

El 68, por lo tanto, es importante. Consiguió un cambio tan grande en las costumbres y los comportamientos que sus resultados, cincuenta años después, parecen naturales e incuestionables. «Hoy vivimos más a la defensiva. Se ha perdido la utopía y la izquierda se centra más en defender lo que tenemos que en crear valores nuevos. En España, el del 15-M fue un momento optimista, pero efímero. Quizá es el peso de la crisis, pero todos los mitos nos decepcionan y no hemos dado con ninguna alternativa global al sistema», añade Carantoña.