«La descarbonización tiene que ir asociada a la protección de los trabajadores»

La activista Yayo Herrero debatió en Asturias sobre republicanismo pero también sobre transición energética y feminismo

Yayo Herrero, ayer, en Oviedo.
Yayo Herrero, ayer, en Oviedo.

Redaccion

Fue coordinadora de Ecologistas en Acción, es una reconocida experta en ecofeminismo y es directora general de la FUHEM, una institución que trabaja por una sociedad más justa y sostenible a través de la educación con un enfoque ecosocial. La activista ecologista Yayo Herrero (Madrid, 1965) participaba ayer en los Alcuentros de Primavera del Instituto Asturias 2030 para debatir sobre republicanismo en el siglo XXI y aportar una visión que trasciende de la forma de organización de un Estado e hila con su discurso de ecología social. «Ha sido un reto porque es un tema que nunca había trabajado y me ha resultado interesante pensar en la república no solo como una forma de gobierno con un presidente y sin monarquía, sino también en su utilidad para organizar la vida en común de tal modo que se resuelvan las necesidades de todos y todas», considera. «Si soy ecologista es fundamentalmente porque me gusta la vida y la gente. Me parece atroz el proceso de empobrecimiento y de explotación, no ya de la naturaleza, sino también de la vida humana», asegura durante la entrevista, en la que es inevitable comenzar preguntando por el reciente giro político del Gobierno de España en un momento crucial en la lucha contra el cambio climático.

-¿Qué espera de un ministerio que, de entrada, se denomina transición energética? 

-Tener un ministerio que habla de transiciones energéticas, cambio climático, medio ambiente y agua es una buena noticia. Como poco, aunque simplemente sea en el nombre del ministerio, se meten en la agenda asuntos que en el movimiento ecologista venimos reclamando como urgentísimos desde hace muchísimo tiempo. ¿Qué nos parece importante abordar? En primer lugar, efectivamente, una Ley de Cambio Climático y Transiciones Energéticas. El binomio energía-clima tiene que ser abordado de forma conjunta y esas transiciones energéticas implican transitar a un modelo basado fundamentalmente en energías renovables que requiere actuar no solo sobre la oferta en las fuentes energéticas sino también sobre la demanda. Es decir, que también requiere transformar el sistema de edificación, el modelo urbano, el sistema de transporte o los sistemas alimentarios con el objetivo de depositar mucha menos energía primaria. Por lo tanto, esperamos que el ministerio aborde esta transición energética de una forma compleja. La gran duda siempre es si el resto de los ministerios van aplicar políticas coherentes con las que necesitaría esa transición energética, que esperamos que se produzca en condiciones de justicia y con criterios de equidad para las personas.

-¿En qué situación se encuentra España en esa transición energética? 

-Mala. España, hace unos años, dio unos pasos bastante avanzados en torno a las renovables pero las políticas de los últimos gobiernos del PP han sido nefastas en ese sentido. Se han dado muchos pasos para atrás en energías renovables. Somos un país dependiente en un 80% de energías que vienen de fuera, y esa es una situación de tremenda vulnerabilidad en un contexto mundial del fin de las energías fósiles baratas. La transición energética no solo es una cuestión de justicia o de ecología, sino también una cuestión de seguridad para la vida de las personas. Partimos de una situación mala pero la parte buena es que hay muchísimo conocimiento y muchísima sociedad civil organizada en torno a las energías renovables, y la transición energética, insisto, tiene que estar combinada con la cuestión de la adaptación al calentamiento global.

-En Asturias está costando asumir que el el proceso de descarbonización del sistema energético es irreversible en todo el mundo…

-La descarbonización de la economía es sí o sí. En la situación en la que estamos ahora mismo, con el calentamiento global como el máximo problema que tenemos en todos los lugares, hay que avanzar para dejar las energías fósiles bajo tierra. Eso no quiere decir, sin embargo, que no haya que hacerlo con una consideración en términos históricos y de derechos con las personas que se han dejado la vida y la salud durante décadas y décadas para poner la base material que permitió construir esa sociedad industrial, que tiene contraída una deuda impagable con quienes han trabajado en las minas. Impagable. Para mal o para bien, esta fue la civilización industrial que se asumió como la buena durante muchísimo tiempo y que ha marcado una línea de progreso que al final se ha revelado errónea. Y, ahora que sabemos que esa sociedad industrial era nefasta para el futuro de la vida de las personas y para el mantenimiento de esa naturaleza sin la cual no podemos vivir, no pueden pagar el pato material de ese error. Ese proceso de descarbonización tiene que ir inequívocamente asociado a un proceso de protección de las personas que hoy trabajan en las minas y garantizar sus condiciones de vida ahora y en el futuro. 

-El proceso de transición, en todo caso, no es reciente.

-Sinceramente, preferiría mil veces que los recursos que se han metido en tratar de avanzar en ese proceso de transición los hubieran recibido las personas que trabajan y trabajaron en la minería. Efectivamente, no nos podemos olvidar que este proceso de descarbonización, que ya era una realidad y un proyecto en marcha durante muchísimo tiempo, ha metido unas cantidades nada desdeñables de millones de euros durante todos estos años para garantizar las transiciones. Por lo tanto, me parece importante que en primer lugar se realice una auditoria seria para saber qué ha pasado con todo ese dinero. Es algo crucial. Y, por otro lado, habría que poner en marcha todos los mecanismos que hagan falta para que el proceso de cierre organizado de todo el sector del carbón tenga esos niveles másímos de protección de las personas que trabajan en él.

-Utiliza el concepto de crisis ecosocial para definir el momento actual…

-Cuando hablamos de crisis ecosocial nos referimos al hecho de que la crisis ecológica no es solamente la crisis de un planeta que nos es ajeno, que miramos desde el exterior o desde la pura instrumentalidad de ser una fuente de recursos. El planeta en el que vivimos es una condición básica para que se pueda reproducir la propia vida humana. Nosotros y nosotras también somos naturaleza. Ese agotamiento de recursos finitos, ese declive de los minerales, esa destrucción de la capacidad de regeneración de algunos ciclos como el del clima, el del carbón, el del fósforo o el del agua está en el corazón de la crisis económicas que estamos viviendo en la actualidad y en el de buena parte de los procesos de las guerras formales y no formales que se están dando en muchísimos lugares del mundo. En ese sentido, decimos que la crisis no solo es ecológica sino que por ser ecológica precisamente es también social. Y lo es porque afecta a la vida de las personas y genera tremendas desigualdades en todos los ejes de dominación: en términos de clase, en términos de procedencia porque afecta de forma muy distinta a las personas que viven en lugares de privilegio o a las personas que viven en lugares que son utilizados como grandes minas o como grandes vertederos, y en términos de género. Cuando confluye que eres pobre, que eres mujer y que además eres migrante o racializada, las desigualdades se agolpan generando una precariedad vital tremenda para muchas personas. Dentro de los países enriquecidos y también de los empobrecidos. La crisis de la naturaleza y la de las personas como integrantes de esa naturaleza van completamente unidas. 

-Sin embargo, todavía existen personas que no son conscientes de que los recursos de este planeta son finitos…

-Hay muchos autores que dicen que, en realidad, la crisis que atravesamos es una crisis civilizatoria precisamente porque, a pesar de su manifiesta gravedad, permanece social y políticamente inadvertida. Pasa inadvertida a los ojos de las mayorías sociales. En mi opinión, tiene mucho que ver, sobre todo en estas sociedades, con haber vivido en una cultura que ya desde hace muchos siglos es profundamente antropocéntrica. Las personas, sobre todo en los medios urbanos, no nos percibimos como dependientes de la naturaleza y desconocemos y estamos alejados de la idea de límites físicos. Es cierto que muchas veces, desde discursos dominantes de los ámbitos económicos, políticos e incluso mediáticos, los mensajes que se lanzan son ‘no se preocupen, que algo se inventará para resolver incluso los problemas que nosotros mismos estamos causando’. Y lo que permanece oculto a la mayoría de las personas es que muchos de esos procesos para afrontar la crisis ecológica, muchas de las propuestas tecnológicas, no son escalables a las mayorías sociales. 

-De hecho, ya están sufriendo las consecuencias del cambio climático…

-A quienes formamos parte del ecologismo social nos valen las propuestas que son universalizables, que son posibles para las mayorías sociales, no solo aquellas que son posibles para unos pocos y que van expulsando a la precariedad y a la marginalidad de la vida, incluso de la propia vida, cada vez a más gente. Lo vemos bien con la mal llamada crisis de los refugiados. En todos los lugares en los que se están produciendo migraciones o guerras masivas, en la raíz del problema, aparece el acaparamiento de recursos fósiles, minerales, hidráulicos, pero lo vemos también dentro de nuestros propios países y ciudades. En entornos de periferia donde hay mucha gente pasándolo muy mal con unos niveles de imposibilidad para cubrir sus condiciones materiales de vida y situaciones bastante angustiosas, con personas que se sienten solas, que a veces son tan pobres que incluso han perdido la riqueza de vínculos que te permiten establecer relaciones de solidaridad o de conformar luchas y resistencias que puedan confrontar contra esta apisonadora que Naomi Klein llamaba, por ejemplo, la doctrina del shock. 

-Desde esa precariedad de la mayoría social, con preocupaciones tan sencillas quizá como sobrevivir al día a día, es complicado que haya sitio para pensar en el cambio climático y sus consecuencias…

-Y no es fácil de transmitir porque muchos de estos problemas no se ven de forma directa, pero el elemento clave es que el cambio climático, el declive o el agotamiento de los recursos naturales está justo en la raíz de la crisis económica que estamos viviendo. La economía mundializada, prácticamente desde los años 80, no es capaz de crecer en torno a la producción de bienes y servicios reales de la economía real. Crece en torno a burbujas especulativas que, en el momento, generan un enorme crecimiento económico pero que, periódicamente, estallan llevándose la falsa riqueza que habían creado y tiene mucho que ver con esa superación de los límites físicos del planeta. Hay que saber hacer entender, saber llegar o saber plantear la íntima conexión que existe entre la posibilidad de salir de la precariedad y construir modelos de vida que sean mucho más locales, que estén basados en una producción más cercana al territorio, que sean capaces de componer un tejido rural vivo en donde se produzcan alimentos de cercanía y circuitos cortos de comercialización, y en los que se establezcan modos de vida sencillos en lo material con criterios de justicia. Hay personas a las que no les puedes pedir que sean mas sencillas en lo material porque es directamente se morirían. Y, por otro lado, hay otros sectores que, en términos materiales, utilizan mucho más de lo que les corresponde. 

-La economía crece pero es cierto que la precariedad también.

-Luchar contra la pobreza no es simplemente hacer crecer la economía como sea. En los últimos años, estamos viendo que no se resuelven las precariedades más intensas ni se generan cantidades enormes de puestos de trabajo, sino que más bien la economía crece incluso precarizando a quienes ya estaban en las peores condiciones. Ese cambio y esa mirada es clave. En el movimiento ecologista también tenemos que hacer un ejercicio autocrítico en este sentido y que quizá nos hemos centrado durante un tiempo demasiado en señalar que la naturaleza o los ecosistemas se estaban destruyendo y no hemos sabido conectarlo con las condiciones de vida de la gente. A veces, el movimiento ecologista ha sido un movimiento como de clases medias, que conectaba poco con las preocupaciones de las personas más precarias. Y ahí es donde tenemos un trabajo importante, en conseguir crear conciencia frente a la mirada cultural que se ha creado de espaldas a la naturaleza, con esa idea de que es un almacén inagotable, indestructible y que siempre es posible reparar. Sin embargo, los fenómenos de la naturaleza muchas veces son irreversibles. Una vez destruido algo, no hay marcha atrás.

-¿Como se puede compaginar esa precariedad mayoritaria, o por ejemplo la ausencia de conciliación de la vida laboral y familiar con hábitos de consumo más sostenibles?

-Lo primero que hay que entender es que solos y solas no podemos hacer esos cambios hacia un consumo más sostenible. La salida nunca va a ser individual por varios motivos. Primero porque para consumir individualmente de una forma ecológica muchas veces hacen falta unos recursos económicos que no tienes. Ademas, tenemos que estar alertas con considerar que las soluciones importantes son individuales, porque pueden alentar una especie de pijoecologismo que solo es sostenible para aquellas personas que tengan recursos. Hay un segundo elemento que tiene que efectivamente tiene que ver con los tiempos. Es verdad que, articulándose en dinámicas colectivas, grupos de consumo, espacios autogestionados, revertir la situación de los precios es más posible pero hace falta tiempo y se da la circunstancia de que muchas veces la gente más precaria y más pobre es también muy pobre en tiempo. No tiene tiempo para organizarse con otras personas o, a veces incluso en este proceso de desposesión, se ha perdido la capacidad de tener vínculos y relaciones potentes que permitan afrontar ese cambio de forma colectiva. Por ello, es importante que además de la autoorganización y la autogestión, seamos capaces de conseguir que las administraciones públicas faciliten un consumo sostenible. Si no avanzan en esa línea, tendremos muchas dificultades para que esos hábitos sean universalizables y se dejaría atrás a muchas personas que son pobres en tiempo, en recursos y en dinero. La combinación de la autoorganización con las políticas públicas es clave para poder hacer transiciones sin dejar a gente atrás.

-Del cambio climático siempre se había hablado en futuro y quizá situar el escenario en el año 2050, en el 2100, no ha ayudado tampoco a crear conciencia social. 

-Sí, el cambio climático es algo que ya tenemos aquí y, pese a esa mirada tan eurocéntrica que habla de si podremos evitar el colapso y el cambio climático, ya hay muchas vidas colapsadas. Por ejemplo, detrás del drama de la población siria, además de la guerra, tenemos la expulsión de zonas por pérdida de agua con sequías agravadas por la dinámica del calentamiento global. Otro ejemplo es que el movimiento de Justicia Climática en Estados Unidos está creciendo de una forma intensa porque los eventos climáticos extremos e incendios están afectando sobre todo a las personas más empobrecidas. También tenemos zonas del planeta donde la fotosíntesis se está viendo alterada e incluso las propias proyecciones que realiza el panel intergubernamental de cambio climático para la península ibérica muestran cómo ya se esta produciendo una aridización del sur y del este de la península y una mediterraneización del norte. El cambio climático está afectando a lo que se cultiva, a cómo se reproducen las plantas, a cómo se regenera la vida, incluso a cómo se alteran las playas y las costas. Ya lo tenemos encima. Ya tenemos ciudades que, cuando llega el verano, registran olas de calor que enferman a las personas, o lluvias torrenciales en otros momentos y eso no quiere decir que todos los años y en todos los momentos el tiempo que haga vaya a seguir una curva absolutamente previsible. Estamos hablando de una dinámica cambiante y, por eso, no es fácil entender la diferencia que hay entre tiempo y clima. Pero lo tenemos aquí y nos tenemos que adaptar de manera urgente por cuestiones de salud pública, de supervivencia, de regeneración de la economía…

-2018 también está siendo un año de empoderamiento de las mujeres en muchos sentidos. ¿Qué plantea el ecofeminismo y qué papel puede jugar en esta revolución feminista?

-El ecofeminismo pone en diálogo la crisis ecológica con un modelo de organización social, el patriarcal, que está en el corazón de esa destrucción de la naturaleza y también está en la raíz de la subordinación de las mujeres en las sociedades que se organizan con esa particular división sexual del trabajo. Nuestros cuerpos son vulnerables y finitos, necesitamos a lo largo de toda nuestra vida, y sobre todo en algunos momento del ciclo vital, una cantidad ingente de cuidados que históricamente han sido desarrollados por mujeres. No porque estemos formadas genéticamente para ello, sino porque es el rol que asume la división sexual del trabajo. El sujeto determinante de la historia, que es el sujeto patriarcal, se ha concebido a sí mismo como emancipado de su propio cuerpo, de la responsabilidad de cuidar de los cuerpos de otros y de la naturaleza. Pero nadie puede vivir con esa triple emancipación a costa de los demás, sobre todo de las mujeres. Desde ese punto de vista, pensar en cómo se sostiene de forma digna y con vidas que merezca la pena vivirse la especie humana implica hablar de una sociedad que atienda la vulnerabilidad de los cuerpos y los límites físicos de la naturaleza. Ambas son dos condiciones absolutamente insoslayables para que la especie humana pueda sostenerse en el tiempo. 

-El argumentario de la huelga feminista del 8M iba precisamente por ese camino.

-Recogía muy bien todos esos aspectos. Hablaba de una huelga de cuidados para visibilizar que, sin ellos, no se puede sostener la vida. De una huelga laboral para visibilizar, además de la brecha salarial, que no hay sistema laboral y productivo que se sostenga sin el trabajo que se realiza en los hogares de forma gratis. Y de una huelga de consumo para llamar la atención sobre el hecho de que el actual modelo, por ejemplo, hace mucho más precaria y difícil la vida de muchas mujeres en otros lugares del planeta. El movimiento feminista del 8 de marzo supuso una enmienda a la totalidad, un cambio de modelo de arriba a abajo.

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