Un arquitecto, un cirujano y el exrector de la Universidad explican por qué han decidido prolongar sus carreras laborales. El amor a sus profesiones, los conocimientos y la experiencia pesan más que los factores económicos
09 jul 2018 . Actualizado a las 18:35 h.El arquitecto Arturo Gutiérrez de Terán tiene 76 años y ningún plan de cerrar su estudio. «Tengo salud, tengo encargos, tengo capacidad y tengo proyectos. O me piden informes.», cuenta. Ni se le pasa por la cabeza retirarse y no entiende la sorpresa que esa decisión causa a veces a su alrededor. «Me preguntan hasta cuándo. Los mayores no gustamos, no a los jóvenes», concluye irónico pero no del todo en broma. Él sigue sentándose todos los días a su mesa porque es la manera de vivir que ha elegido. «Se mezcla todo, pero antes que los ingresos o las cuestiones económicas, antes que la necesidad, está mi decisión. ¿Para qué me voy a jubilar si me gusta lo que hago?», se pregunta.
Continuar activos más allá de los 65 es más sencillo para quienes trabajan por su cuenta y pueden decidir por sí mismos cuándo lo deja. También para quienes desarrollan labores ligadas a la actividad intelectual en puestos en los que el esfuerzo físico y el desgaste que conlleva no son necesarios. Pero no es cierto que esas sean las únicas profesiones en las que pueden encontrarse carreras mucho más largas de lo habitual. Aunque ahora mismo no es el caso, en el sindicato agrario COAG se recuerda más de un ejemplo de afiliados que siguieron al frente de sus ganaderías hasta el filo de lo 80 años. «Los 65 son para quien lo necesita o para quien tiene problemas de salud. Seguro que un minero tiene que dejarlo antes. Y a los trabajadores de la construcción que veo en las obras no se les pueden pedir ciertos esfuerzos a esa edad. Pero a mí ni se me ha ocurrido pensar en ello. Aquí en Asturias tenemos el caso de un edificio bien famoso diseñado por Oscar Niemeyer cuando tenía casi 100 años, lo que demuestra que lo necesario son las ideas y la creatividad», argumenta Terán. Y en el equipo redactor del nuevo plan general urbano de Oviedo, aún en elaboración, está otro veterano arquitecto asturiano, Ramón Fernández-Rañada, de una edad muy similar a la suya, añade.
Terán, sin embargo, cuenta con el privilegio de no pertenecer a un sector regulado para fijar con antelación el final de la trayectoria laboral de sus trabajadores. Antonio Valle, cirujano vascular en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), quiso seguir trabajando después de los 65, pero la sanidad pública asturiana jubila a sus médicos a esa edad. Tras un tira y afloja con los sindicatos, para cubrir puestos que no se han renovado, la administración ha aceptado prorrogar algunas carreras, así que la negativa inicial a la solicitud del doctor Valle se ha transformado en un sí a un año adicional. «Quince días antes de la fecha en la que me tocaba irme, me llamó el gerente. Una compañera había tenido un accidente y afrontaba una baja muy larga, así que me concedían otro año para cubrir esa necesidad. Acabo de cumplir 42 años como médico y no llegaré a los 43. En mayo del año que viene acabo», explica. Aunque era lo que quería, le noticia le desconcertó durante algunos días. «Ya había asumido que me iba y me costó volver a empezar», admite.
No le costó, sin embargo, reincorporarse a las labores diarias. Pertenece al equipo de trasplantes de riñón y hace las guardias nocturnas a gusto, en las mismas condiciones que sus compañeros. Le gusta trabajar con los jóvenes. «Me piden opinión por mi experiencia y a algunos les gusta operar conmigo. Dicen que tengo mucha paciencia con los residentes y es verdad que los veo como a mis hijos», cuenta. Una experiencia similar tiene en la Universidad de Oviedo Vicente Gotor. El anterior rector, que es catedrático de Química Orgánica e Inorgánica, volvió a las aulas al dejar el cargo. Ahora, cumplidos ya los 70, ya no volverá a dar clases. Tiene ante él dos cursos más como profesor emérito y, si después de eso decide prolongarlos, otros dos como honorario. Le queda la investigación, de la que sigue disfrutando. «Mi grupo me respeta y me escucha porque aporto experiencia. Me gusta trabajar con los jóvenes. Pero es cierto que me jubilado, así que procuro no molestar», señala.
En la administración y en muchas empresas, un argumento a favor de la jubilación es dar descanso a los veteranos y facilitar el acceso de los jóvenes al trabajo. Gotor asegura que, si viera que así funciona el mundo, se apartaría. «Pero no es cierto. Aquí la gente se jubila y las plazas nunca se cubren, quedan vacías. Aun así, muchos en el mundo académico piensan en la jubilación desde antes de llegar a la edad de retirarse. A los 60 ya quieren tiempo libre para viajar o hacer otras cosas. Yo, sin embargo, nunca he pensado en ella. Siempre me ha gustado lo que hago», cuenta.
¿Influye el factor económico? En algunos casos, sí. Los buenos sueldos de estas profesiones significan que, al jubilarse, sus trabajadores probablemente pierdan ingresos incluso aunque tengan derecho a la pensión máxima. Los complementos por antigüedad o por la investigación no pasan a la pensión. «Pero no creo que los decidimos seguir lo hagamos por eso. Claro que nuestras jubilaciones dan para vivir. Pero, si estamos bien mental y físicamente, creo que pasarnos al retiro es una pérdida de conocimientos y experiencia muy grande para la sociedad. Que los médicos se vayan a los 65, con la formación que han alcanzado a esa edad y todo lo que pueden hacer, es una lástima», lamenta Gotor.