La temperatura del Cantábrico echa humo

Meteorología recoge una temperatura del agua anormalmente elevada durante la última semana. Gijón ostenta el máximo con 23 grados

Bañistas en la playa asturiana de San Martín, en Llanes
Bañistas en la playa asturiana de San Martín, en Llanes

Redacción

El agua del Cantábrico lleva toda la semana por encima de los 20 grados. La media oscila entre 21 y 22 grados. Pero lleva así, al menos dos semanas. De hecho, la temperatura máxima se alcanzó el pasado 29 de julio, a las 4 de la tarde. En Gijón, a esa hora, estaba a casi 23 grados. Este viernes, 10 agosto, el Cabo Peñas estableció su récord del año. A las cinco de la tarde, el mar estaba a 22,5 grados. Este es el techo de este ejercicio 2018, muy por encima del año pasado. Sin embargo, no es un récord absoluto, según los registros públicos de Puertos del Estado. La baliza de Gijón, por ejemplo, ya había alcanzado los 23 grados en 2013, el día 9 de agosto a las cinco de la tarde. Tampoco es un hito en la cornisa. Las aguas están más calientes en Santander, en Bilbao o en Las Landas, donde han llegado a los 26 grados.

Mapa de Aemet con la temperatura del mar durante los primeros días de agosto de 2018
Mapa de Aemet con la temperatura del mar durante los primeros días de agosto de 2018

El mapa de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) que resume la media de la última semana con una leyenda de colores no deja lugar a dudas. El Cantábrico no llega a los niveles del Mediterráneo pero ambos mares están en niveles inusualmente altos. Así en la costa levantina y en Baleares el plano se tiñe de un intenso rojo que quiere decir que está casi en los 30 grados. El norte es, en cambio verde, pero un verde amarillento que demuestra que se están rondando los 24 y los 25 grados. Esa sensación más clara se intensifica en el saco del golfo de Vizcaya, frente a las costas francesas. Ahí sí se han rebasado los 25 grados.

La inusual meteorología del exterior este verano explica, en parte, la inusual temperatura del interior del mar. El anticiclón de las Azores parece no asentarse en una posición fija, tal y como hace cada verano y la ausencia de vientos de componente norte tiene un efecto directo sobre la la hipertermia del agua. Rafael González-Quirós, jefe del área de Medio Marino del Instituto Español de Oceanografía de Gijón, explica «los vientos del este o nordeste provocan un desplazamiento del agua superficial que está en la costa hacia mar adentro y la sustituyen por agua profunda que aflora y que tiene una temperatura más baja». Un efecto que este año apenas ha tenido lugar en la costa del Principado y que se denomina afloramiento. No es la única razón que lo explica. Las periódicas olas de calor que azotan los estíos también tienen mucho que ver. Según una investigación publicada en la revista científica Nature, el número de días anuales de olas de calor en el mar en el mundo ha aumentado en un 54%. Trasladado a Asturias, ha habido temperaturas en el mar por encima de 21 grados, lo que se considera anormal la zon,- entre 5 y 15 días al año. 

Los bañistas no han necesitado termómetros para comprobarlo. Las playas asturianas se llenaban ayer de amantes del mar dispuestos a disfrutar las escasas horas de sol que está regalando el tiempo en los dos últimos meses. De hecho, las previsiones para hoy, domingo, ya son mucho más inestables. El agua estuvo llena durante toda la jornada de gente que buscaba refrescarse. Ayudaron los 22 grados y también que solo en Andrían (Llanes) ondeara la bandera roja. En el resto de la región se alternaron las enseñas amarillas y verdes.

El histórico

La temperatura de 2018 está siendo la más elevada de los últimos años. También es el año en el que más días acumula por encima de los 20 grados. Pero el récord más reciente, según los registros públicos que conserva Puertos del Estado, data del año 2013. El 9 de agosto de ese año la boya de Gijón marcó 23 grados a las cinco de la tarde. En 2017 no pasó de los 22 grados ni un día. En 2016, la máxima fue de 22,5, aunque la situación fue más puntual.  En 2015, se situó en 22,2 grados. En 2014, llegó a 22,9 también.

Esos datos indican que en la boya costera de Bilbao, en la que se mide la temperatura superficial del agua, el pasado 5 de agosto, a las cuatro de la tarde, se alcanzaron los 26,2 grados. Esto supone tres grados más que el récord anual medido en Asturias. Son temperaturas más propias del Mediterráneo. O, al menos, lo eran hace unos años. En este 2018, la baliza de Dragonera, en Baleares, solo por citar un ejemplo, ha alcanzado los 31,3 grados. Sucedió el último día de julio. Ese calor es superior al que se ha alcanzado en el exterior en el Principado durante la inmensa mayoría del verano. Sólo puntualmente, las estaciones han pasado de 30 grados.

Las olas de calor marinas ponen en alerta a los expertos

Natasha Martín
Playa de Cadavedo
Playa de Cadavedo

La altas temperaturas del Cantábrico, por encima de los 21 grados, benefician a los bañistas pero perjudican a los organismos marinos

«Si nosotros cada vez somos más, a ellos todavía les queda menos». Así explica el investigador y decano de la facultad de Biología de la Universidad de Oviedo, José Manuel Rico, cómo, conforme la población se expande sin cese y explota una fracción cada vez mayor de la biosfera, al resto de especies les queda una porción reducida a la par que tratan de adaptarse -si pueden- al acelerado cambio de sus ecosistemas. «Estamos transformando la superficie del planeta de manera que cada vez hay menos ecosistemas naturales porque la mayoría se han convertido como consecuencia de la actividad humana», sostiene el biólogo. Las consecuencias ya se están viviendo. Las más visibles afectan al ascenso de las temperaturas, la inestabilidad en las condiciones del clima, la aparición de especies invasoras o la extinción de las autóctocas. Las menos visibles ocurren en los mares y océanos.

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