Ni en la fiesta hay igualdad

Un estudio de la Universidad de Oviedo indaga en las divisiones por género en los trabajos de preparación de las fiestas populares

Una representación delante del jurado del desfile de Les Carroces de Valdesoto.Una representación delante del jurado del desfile de Les Carroces de Valdesoto
Una representación delante del jurado del desfile de Les Carroces de Valdesoto

Redaccion

Tampoco en las fiestas somos iguales. Las celebraciones, aún suspendiendo en ocasiones las convenciones sociales, reproducen en ocasiones las distinciones de los roles sexuales y de género. Sin llegar a casos extremos de profundas polémicas y de rechazo a la participación femenina como se han dado en festejos fuera de Asturias como El Alarde de Irún, o los desfiles de Moros y Cristianos en Levante; en el Principado sí se mantiene la tónica de una división muy marcada en los festejos sobre qué le corresponde a cada género. «La fiesta es un reflejo de las mentalidades, de las construcciones culturales que tiene la sociedad que la celebra pero al mismo tiempo también tiene un carácter normativo o pedagógico, también proyecta esos significados y los reproduce y hace que sigan estando vigentes en la sociedad que celebra la fiesta»; lo explica el profesor Enrique Antuña, de la Universidad de Oviedo, que es autor del estudio «De reinas a majorettes: representaciones de la mujer en el ritual festivo de la España contemporánea».

Antuña destacó que en el Principado no se dan casos de exclusión tan marcada como los del Alarde o Moros y Cristianos «porque son fiestas de representación de hechos militares y se considera la vertiente masculina más importantes, y aquí no hay nada parecido». Sí ocurre que hay una distinción en dos aspectos que acompañan los momentos previos a los festejos, el profesor señala que hay una función «de organización, con una responsabilidad amplia como la gestión de recursos económico o la decisión de elementos del programa» y que queda casi siempre en manos masculinas, mientras que otra función de «preparación, con esas labores que hay que hacer para que la fiesta funcione pero que no conllevan tanta responsabilidad, al menos de cara al público, que son menos visibles; y que son femeninas». En un desfile de carrozas, ellos construyen las piezas, marcan el calendario, pero quedan para ellas, la elaboración de los vestidos de rituales, los adornos florales y, sobre todo, la comida.

El reino de les comadres

En la geografía asturiana se dan menos, o con menos importancia que en otras regiones, fiestas de invierno como las de Santa Águeda, en la que se suelen invertir los roles sexuales, festejos en los que en pequeñas localidades se elegía una alcaldesa (cuando ninguna mujer podía ostentar ese cargo) y el dominio femenino se establecía, al menos, durante un día. Sí hay está la celebración de Les Comadres en Gijón (distinta de la homónima de Pola de Siero), en la que se da una situación similar.

«Aquí podemos hablar también del sentido que tienen muchas veces las fiestas de catarsis, por decirlo de forma burda y sencilla, de compensar fuerzas que operan el resto del año y que, la fiesta a través de esas representaciones, funciona como una especie de espita o válvula de escape de fuerzas que operan el resto del año«, destacó Enrique Antuña, quien apuntó que la fiesta gijonesa puede entenderse en este sentido «como una de ellas en las que se da a la mujer explícitamente un poder que no tiene el resto del año, es una compensación. Un día en el que las mujeres pueden establecer un alto en las presiones que reciben el resto del año y dar salida a frustraciones fruto del tipo de sociedad en que vivimos».

Xanas y misses

El estudio de Antuña también hace referencia la introducción en los años 60 de la figura de la 'reina de las fiestas' que desde muy pronto en Asturias se singularizó en la elección de 'xanas' en recuerdo al personaje de la mitología autóctona. «En España las reinas de fiestas, trapadas de alguna forma en el limbo cultural delimitado, por un lado, por una concepción de la femineidad dotada de una fuerte carga estética y espectacular y, por otro, por las severas directrices morales dictadas por el contexto político y cultural-religioso, encontrarían, ya en la segunda mitad del siglo XX, competencia en otras representaciones festeras de la mujer». La competencia, en aquella España aún muy marcada por la represión sexual del nacionalcatolicismo, llegaría con la introducción de las majorettes en desfiles, desde mediados de los 70 en San Mateo llevadas como novedad por la Sociedad Ovetense de Festejos, y en el Gijón de los 80.

«Cuando empieza el proceso de transición política de la dictadura a la democracia empieza a haber importantes protestas sociales o bien para eliminar la figura de la reina de fiestas porque se considera vejatoria para las mujeres a medida que avanzan los planteamientos feministas, o también para que se modifiquen la forma de elegirlas, mediante elecciones por voto, con urnas en vez de la antigua elección que se hacía a través de los personajes notables de la comisión o de la asociación festera o lo que fuese. Es un ejemplo sencillo pero que representa muy bien esos cambios que se van produciendo poco a poco en la sociedad», destacó Antuña. 

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