Los intelectuales hablan en voz baja

Profesores universitarios y promotores de empresas culturales creen que Javier Fernández se equivocó al pedirles mayor presencia pública en la apertura del curso universitario. Sostienen que son la política y los medios quienes pasan por alto sus aportaciones

El presidente del Principado, Javier Fernández, junto al rector de la Universidad, Santiago García Granda, durante la apertura del curso
El presidente del Principado, Javier Fernández, junto al rector de la Universidad, Santiago García Granda, durante la apertura del curso

Redacción

Los intelectuales ni se han callado en los últimos tiempos, ni están callados ahora ni permanecerán callados en el futuro. Entre los catedráticos y los responsables de empresas e instituciones relacionadas con la actividad cultural que ha consultado La Voz de Asturias nadie comparte el diagnóstico que el presidente autonómico, Javier Fernández, incluyó a principios de este mes en su intervención durante el acto de apertura del curso académico en la Universidad de Oviedo. «Tengo la sensación de que, aturdidos por la inmensa grillera de tertulianos de cháchara, columnistas de erre que erre y ciberopinadores, se han alejado del compromiso cívico y moral con la sociedad, confinándose en sus disciplinas. Una zona de confort, un retiro en el estricto espacio intelectual donde pensar con una libertad que debe resultar necesariamente melancólica», dijo Fernández en un momento de su discurso. Ninguna voz le secunda. «Creo que el presidente desconoce la realidad asturiana. Puede que nadie mire para la academia, pero existe y no deja de generar discursos continuamente. En Xixón, mi ciudad, las cosas no son las que eran. Aun así, el movimiento cultural es constante», le rebate la editora de Suburbia Ediciones, Silvia Cosio.

A estas alturas del siglo XXI en España, de la alfabetización universal, de las altas tasas de estudiantes universitarios y del desarrollo de las redes sociales, probablemente ni siquiera cabe hablar de intelectuales en el sentido que tenía ese concepto en una sociedad donde aún había un porcentaje elevado de ciudadanos que no sabían leer ni escribir y por la que la información no fluía con la facilidad actual, apunta el director del Departamento de Historia de la Universidad de Extremadura, el ovetense Enrique Moradiellos. También Enrique del Teso, profesor de Lingüística General en la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo, tiene dificultades para acotar a quién interpelaba Fernández con sus palabras. «¿A quienes pueden colaborar con las autoridades en el diseño de políticas o a quienes pueden dirigirse a la opinión pública y participar en los debates de la actualidad?», se pregunta.           

Error de apreciación

Cosio no tiene dudas de que el presidente se equivoca sin matices. «Como feminista, solo puedo decir que el movimiento no deja de avanzar y hacer aportaciones distintas. En él hay muchas voces con cosas que decir», explica. Esa polifonía hace que el momento actual sea muy diferente del de las décadas anteriores. Si la muerte de Gustavo Bueno dejó a Asturias sin la última vaca sagrada del pensamiento, no hay en ello nada de malo. «Es muy preferible la pluralidad a que todo tenga que pasar por una sola persona», aduce la editora.

Moradiellos y Del Teso, en cambio, aunque no comparten todas las consideraciones de Javier Fernández, piensan que sí tiene razón al apuntar que voces surgidas de otros ámbitos compiten con las de los depositarios tradicionales del conocimiento y en ocasiones las sofocan en las redes sociales. «Creo que los intelectuales, sean quienes sean ahora, siguen hablando. Otra cosa distinta es que se les escuche o que sus palabras tengan bastante eco. Pero eso no tiene que ver con su trabajo ni con sus opiniones, sino con el tipo de sociedad en la que vivimos», apunta Moradiellos. Como especialista en Historia Contemporánea, ha aparecido mucho en los medios de comunicación, nacionales y extranjeros, en los últimos meses. Le reclaman intervenciones y artículos sobre la situación política de Cataluña o las políticas de memoria histórica y la exhumación del cadáver de Francisco Franco del Valle de los Caídos. Pero es pesimista sobre su alcance. «No soy el único, ni mucho menos. Sobre el Valle de los Caídos han hablado Paul Preston, Santos Juliá, José Álvarez Junco. Y en Cataluña se han expuesto mucho Teresa Freixas o Félix Ovejero, que tienen mucho mérito. Pero ya no estamos en la época en que Zola publicaba J'accuse y se tambaleaba la presidencia de la república. Ni siquiera el plagio, según parece, causa pavor intelectual. Si, hipotéticamente, siete premios Nobel apoyaran a un candidato en una campaña política y Madonna a otro, me parece que ella sola sería más influyente», reflexiona.

En Asturias, Del Teso también opina que, para abordar la cuestión de la participación en el debate público, deben tenerse en cuenta el peso creciente de la presencia de las celebridades y el impacto de las redes sociales. «Incluso en la política se buscan y se meten personas que ya son conocidas por sus actividades anteriores. En todo caso, el ambiente no es muy propicio para que la gente con conocimientos y dada a reflexiones participe en nada. Si es para asesorar a instituciones, lo tienen difícil. A nuestros políticos les cuesta tener la habilidad de escuchar a otros y ajustar sus discursos a esas indicaciones. Y si es para el debate generalista en los medios, se les oye poco. Pero es que no son sus aportaciones lo que se suele buscar en estos tiempos donde priman los clics y el clickbait», indica. 

Pesimismo y retraimiento

Ni los medios de comunicación, ni el tiroteo de western en el que a veces degeneran las conversaciones en las redes sociales ni la estructura de los partidos políticos incitan a que los universitarios o los especialistas en algún ámbito del conocimiento compartan sus análisis más allá de los círculos académicos o empresariales. «Muchos no ven un entorno propicio para hablar a medida que las maneras de las redes sociales se cuelan en los medios. En ellos hay cada vez más atención solo a lo inmediato, más ruido que debate de ideas. Copan la actualidad cosas que, relativamente, son secundarias, como la tesis de Pedro Sánchez. Lo cual nos lleva a los partidos, que en España son estructuras demasiado cerradas, más preocupadas de la lealtad interna que de la transparencia hacia fuera, que tienden más bien a esterilizar el debate que a estimularlo. Lo que demuestran todos estos escándalos de masters y tesis es que, para los líderes de los partidos, los estudios son instrumentales, no un fin en sí mismos ni un afán de conocimientos, sino una forma de hacerse un currículum y un estilo. Está claro en el caso de Pablo Casado. Y, en el de Sánchez, probablemente su tesis sea mediocre porque la hace pensando en otras cosas, en su futuro político», razona.

También Moradiellos cree que algunos de sus compañeros se retraen de los debates públicos porque los formatos que adoptan los medios de comunicación, y en especial las televisiones, se alejan de los modelos académicos en busca del espectáculo. «Para empezar, no se pueden explicar ni resumir la teoría de la relatividad o los mensajes de la Biblia en tres segundos. Y luego están esos debates con normas que impiden el debate, como los que se organizan entre candidatos electorales», ironiza. Incluso cuando se fomenta la discrepancia de opiniones, los especialistas se sienten incómodos. «Lo que pasa es que hoy, en la política o en los medios, la apariencia anula el fondo. Hoy ni Manuel Fraga ni Santiago Carrillo, por citar dos personas de ideas muy distintas, podrían ser candidatos a nada. Se escapan de las normas de la comunicación política, que buscan personas jóvenes, atractivas pero no en exceso, y se olvidan del fondo. Los debates se escapan del modelo académico de argumento, contraargumento y búsqueda de la verdad. Se trata de ganar, o de dar la apariencia de ganar, y no de acercarse a la verdad. Ha revivido la premisa maniquea del diablo y Dios y muchos no aceptan esa premisa», señala.

Cosio es más optimista. «Lo que me gusta de esta época es que todo está en movimiento», resume. En su opinión, existe una corriente nostálgica que idealiza los años setenta y ochenta como épocas de mayor pujanza intelectual. «Pero en aquella época había muy poca gente que pudiera tener un discurso, que además solían ser señores y siempre los mismos. Como feminista y como mujer, prefiero lo actual, aunque haya más ruido de fondo y haya que hacer más esfuerzos para intentar que se te oiga. La gente joven tiene derecho a opinar. Yo diría que a Javier Fernández solo le interesa lo de siempre. Debería ser consciente de los cambios en la sociedad», zanja.

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