Oro negro en Las Vegas

La comunidad de vecinos de Las Vegas, pionera y única en compostaje comunitario en Asturias, realizó hoy la segunda extracción a partir del resto orgánico

Los vecinos compostadores de Las Vegas / Elena Plaza
Los vecinos compostadores de Las Vegas / Elena Plaza

Corvera

Empezaron con el compostaje comunitario como algo anecdótico, con una inquietud acerca de qué hacer con toda la poda y la hierba de la siega de los jardines de la comunidad del edificio Topacio en Las Vegas, Corvera. «Había que llevarlo hasta el punto limpio y además nos parecía que era desaprovechar el material que generábamos», explica Francisco Begara uno de los vecinos implicados. Coincidió con que vieron la publicidad de Cogersa sobre esta iniciativa y, como les interesaba, se pusieron en contacto. Hoy, dos años después de sus inicios, procedieron a la segunda extracción del compost. La anterior, mucho más mediática, tuvo lugar hace un año. En aquel momento se sacaron unos 100 kilos de material. En esta ocasión hay que esperar al secado y cribado para proceder a su pesaje para conocer la producción.

Mientras que la campaña de compostaje doméstico que cada año el Consorcio para la Gestión de Residuos Urbanos organiza está totalmente asentado, al comunitario le falta todavía. El condicionante es algo mayor que el cada familia pueda llevar en su casa o finca particular. Como señala Ignacio Martínez, coordinador de medio ambiente de la comarca de Avilés, hace falta tener un espacio para ubicar unas instalaciones mínimas para guardar las herramientas, colocar la compostadora de 800 litros y un cubo para depositar los envases de plástico. Esta ubicación tiene que permitir también unas condiciones más o menos idóneas de humedad y calor (y de sombra, para ello plantaron un laurel) necesarias para realizar un buen compost, así como unas personas concienciadas y comprometidas.

Facilidades

Ls dieciséis familias de la comunidad que finalmente se implicaron en el proyecto afirman que «fueron todo facilidades tanto desde Cogersa, como desde el Ayuntamiento o la Mancomunidad». Recibieron por parte de los técnicos de compostaje del Consorcio cinco charlas formativas con las que aprendieron a manejarse y, aunque todo el vecindario que quiso implicarse baja a la compostadora sus restos orgánicos, son unas tres personas las que se encargan de comprobar las condiciones de humedad-sequedad, intercalando capas de restos húmedos y secos y de airearlo para favorecer la producción de un compost de diez.

Tan de diez que cuentan que uno de los vecinos quemó una planta por utilizar solo esta tierra tan rica. «Se recomienda que el compost suponga un 10% del total que se use. Ya nos avisaron de Cogersa que es demasiado rico y puede con las plantas», explican. Aún les queda material orgánico de la primera extracción que utilizan fundamentalmente para macetas.

Un proyecto vivo por sí mismo

Uno de los compromisos que la comunidad adquirió durante el primer año era llevar un pesaje de los desperdicios orgánicos que se echaban a la compostadora, que supone mucho más de lo que se saca teniendo en cuenta la cantidad de agua que se pierde en el proceso, sin olvidar el volumen finalmente compostado. Para este segundo año decidieron no llevar este control porque querían «naturalizar el proceso, que no se sintiera como una obligación a la hora de hacer el seguimiento. Y vimos que la cantidad ha sido la misma prácticamente que el primer año. Ésa es la prueba de que podemos aguantar», señala Begara.

Todos han interiorizado ya esta rutina de bajar a la compostadora, a la que visitan cada dos o tres días por lo general, una vez que llenan el recipiente donde recogen el orgánico. Más o menos la misma periodicidad con la que bajan la basura conocida como fracción resto, es decir, la que ya no es reutilizable después de haber separado todo lo separable, «se nota mucho que tiramos menos». Aseguran que no hay malos olores y que hay ocasiones donde bajan a compostar antes de llenar el cubo, ya que lo que les falta en la cocina es sitio. Ése es el verdadero problema al que se refieren más que al hecho de reciclar.

«Y la compostadora no da ni malos olores», cuenta José Luis Fernández. «Si el proceso se hace como debe hacerse, no hay moscas ni mosquitos, al echar la materia seca desaparecen. Lo que sí hay son merucos, pero eso es indicador de una buena actividad. En realidad la materia que se produce huele a tierra seca y ya sabemos qué cosas se pueden y no se deben echar. Nada de comida cocinada, ni carne, ni cítricos», explica pala de dientes en mano mientras procede a la extracción sobre un gran plástico negro en el que dejarán airear y secar todo el material. Una vez seco se cribará y lo que no se haya terminado de descomponer volverá a la compostadora para terminar su proceso. «¿No ves que ahora no tenemos obras que controlar los jubilados? Nos dedicamos a controlar el compost», le dice al alcalde de Corvera, Iván Fernández, quien asistió a ver la extracción.

Otro de los temas que en un principio les alertaba era la posibilidad de vandalismo, pero lo único que les ocurre de vez en cuando es alguna persona vecina del entorno que les deja allí la bolsa de basura. Y por supuesto gente que viene a curiosear. Eso sí, en cuanto sale el tema de conversación, cuentan a todo aquel que les quiera escuchar su iniciativa verde, su granito de arena para separar en origen y explican la importancia de reciclar en virtud de ese horizonte que se vislumbra para 2020 donde el 50% de los residuos deberá ser recuperado en lugar de terminar en el vertedero, «que Europa ya nos pegó el tirón de orejas… y no queda tanto para esa fecha», apunta Begara, jubilado de Arcelor Mittal con un máster de ingeniería ambiental a sus espaldas.

Señalan que en un principio hubo mucho que hacer y aprender, pero que la experiencia es del todo motivadora y, haciendo bien las cosas, funciona sola. «Bueno, no tan sola», apostilla Manolo Fernández, «hay que agradecer el gran trabajo que realizan cuatro personas, que son las que funcionan como catalizadoras y nos lideran al resto». Porque creen que en nuestra sociedad cada vez hay una mayor conciencia y lo perciben en sus propios nietos y nietas: «Estos pequeños que ya lo vienen trabajando desde el colegio y ahora nos ven con esta experiencia que cuentan en la escuela». Quizás esto más su predisposición por cuidar del medioambiente sean las claves del éxito de la única comunidad vecinal en Asturias que composta.

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