Lágrimas en el paraíso por la muerte de Tola

La osa parda, símbolo de la recuperación de la especie e icono turístico, se apagó en enero por su edad avanzada y sus problemas de salud

La osa Tola en el cercado de Santo Adriano
La osa Tola en el cercado de Santo Adriano

Oviedo

En invierno, cuando la imaginación popular pinta a los osos durmiendo el sueño de la hibernación en una cueva confortable, Tola se acostó para siempre. La mitad de la pareja de osas pardas que en las tres últimas décadas han simbolizado la lucha contra la caza furtiva, la recuperación de su especie, la riqueza natural de Asturias y su eslogan turístico más famoso llevaba semanas enferma cuando Roberto García, uno de sus cuidadores de toda la vida, la encontró muerta en el cercado que ocupaba junto a la Casa del Oso en Santo Adriano. El 18 de enero, ya entrada la noche, la Fundación Oso de Asturias, que gestiona esas instalaciones, difundió la noticia y el fallecimiento del animal encontró hueco de inmediato en la portada de los medios de comunicación de toda España. Era un icono merecedor de obituarios y un ser vivo cuya pérdida causó verdadera tristeza en la comunidad autónoma.

Se lo tomaron mejor quienes más cerca estaban de ella. Los empleados que se ocupaban a diario de su bienestar en Santo Adriano y las organizaciones para las que trabajan ya se temían el desenlace. Tola era vieja -29 años es una vida longeva, una ancianidad avanzada para una osa-, estaba enferma y había empeorado en los meses anteriores a su muerte. Una hernia en una pata mermaba su capacidad de movimientos y, aunque nunca fue frugal en sus comidas, había perdido una parte de su apetito característico. La sobrevive Paca, su hermana gemela, la misma junto a la que fue rescatada de un monasterio en ruinas después de que un furtivo abatiera a su madre. Sucedió en el concejo de Tineo en 1989. Eran tiempos tenebrosos para la especie. Se temía su total extinción en pocos años.

Otros enfoques

Sin embargo, las políticas de repoblación fueron un éxito y la situación crítica quedó atrás. La recuperación de las oseznas fue un éxito para el Seprona cuando esa labor de policía medioambiental encomendada a la Guardia Civil aún era nueva y estaba consolidándose. A la larga, dio al Principado un símbolo de compromiso conservacionista y valor medioambiental que también podía rentabilizarse como reclamo turístico. Llegado ese punto, han surgido con los años voces críticas en organizaciones verdes que consideran un error la humanización y la domesticación de la fauna salvaje, su dependencia de los seres humanos para su supervivencia y su encierro como atracción para los visitantes. Es una postura que pide que, si se repite un caso como el de Paca y Tola, se aborde de forma distinta.

Pero en 1989, sin precedentes ni protocolos establecidos, la solución fue alimentar a las osas con biberones. Aprendieron así a identificar el olor de los humanos como una señal amistosa, un anuncio de comida. Además, antes de instalarse definitivamente en Asturias, pasaron cinco años en instalaciones especializadas en Cataluña. Cuando regresaron, ya no era viable liberarlas en la naturaleza. Generaciones de escolares han crecido viendo a la pareja tras el cercado. En 2008, desde Cantabria llegó Furaco, un macho con el que la Fundación Oso intentó cruzarlas para que tuvieran descendencia. No fue posible. Tola llegó a dar a luz a un cachorro al que los cuidadores encontraron muerte. Se teme ahora por el destino de Paca, igualmente anciana y sola de repente después de pasar toda la vida junto a su hermana.

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