El cálido invierno hace fuerte a la oruga procesionaria en Asturias

Este insecto supone un riesgo tanto para las personas como para los animales

La oruga procesionaria
La oruga procesionaria

Redacción

El calor de los meses invernales hace presagiar una temporada con altos niveles de un insecto que, debido a su elevada toxicidad, supone un riesgo tanto para las personas como para los perros. Ayuntamientos como León o Madrid ya han tenido que poner en marcha un plan de choque para acabar con la plaga

A las orugas procesionarias les gusta el calor. Más habitual de climas más cálidos (en el mediterráneo se trata de un insecto habitual), lleva décadas haciéndose más fuerte en el norte. El responsable de que esta oruga haya procesionado hasta Asturias es la subida del mercurio a consecuencia, explican los expertos, del calentamiento global. En nuestra región su presencia lleva décadas siendo, año a año, cada vez mayor. Tienen una peculiaridad, y es que mueren cuando en el interior del nido se registra una temperatura menor de 10 grados. Por encima de ese nivel sobreviven y continúan su ciclo natural. Y este invierno ha sido especialmente atípico en el Principado. Justo ahora, desde febrero hasta abril, la especie inicia su tradicional marcha, es decir, abandona el nido y desciende por el árbol hacia el suelo donde van a permanecer hasta convertirse en mariposa nocturna. No hay mucho tiempo para actuar y poder eliminarlas. El principal problema de llegar a constituir una plaga es su elevada toxicidad que puede entrañar riesgos para el ser humano y para los perros.

En zonas cercanas a nuestra región como León y en comunidades como Madrid, su presencia ya se ha convertido en un grave problema y ha obligado a las autoridades a poner en marcha un plan de choque. En el caso de Asturias, el atípico invierno, con temperaturas mucho más elevadas de lo habitual para esas fechas, hace presagiar que tampoco se vaya a escapar y sea esta una temporada plagada de procesionaria. Otra cosa es dónde haya anidado (en áreas urbanas o rurales), lo que determinará su riesgo. Y es que, el principal problema surge en las zonas urbanas. Su alto nivel de toxicidad eleva el riesgo a aquellas personas que entren en contacto con ella y sean alérgicas a ese tipo de toxina. No solo afecta al ser humano, puede llegar a provocar graves problemas también a los animales, especialmente a los perros. Lo explica el profesor de la Universidad de Oviedo y adscrito a Indurot (Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio), Antonio Torralba, que ha recopilado de los últimos episodios registrados en Asturias (los datos reflejan aquellos casos en los que se haya causado un problema en área urbana). Así, a finales de febrero, detectaron presencia de esta oruga en Mieres; en 2018 tuvieron que actuar en Gijón y en el concejo de Aller, y hace dos años, saltaron las alarmas en el concejo de Oviedo (en la zona de Ules) y en áreas de Castrillón.

Actuar sobre su nido y trampas para combatirlas

¿Cómo se debe actuar para combatir la procesionaria? Depende de la época. Ahora que coincide con la temporada en la que salen del nido (se les conoce como bolsones) para bajar al suelo, explica Torralba. Hay dos opciones: se pueden eliminar físicamente los nidos de los árboles (eligen coníferos como el pino o el cedro) o, en aquellas zonas de acceso complicado, utilizar trampas que colocan alrededor del tronco. Con las orugas que ya hayan conseguido llegar al suelo para esconderse bajo tierra hasta convertirse en mariposa nocturna es difícil actuar. Y es que no hay forma de localizar todos los lugares donde se entierran, con lo es muy difícil de controlar. Sin embargo, hay una segunda oportunidad: en verano. Desde junio a septiembre utilizan trampas con feromonas para atrapar a los machos que buscan a las hembras, disminuyendo así su probabilidad de apareamiento, matiza Torralba.

Y es que, a falta aún de un mes y medio para que todas las que han anidado comiencen su procesión, su alta toxicidad dispara los riesgos para aquellas personas que entren en contacto con ellas. Aquellas que no sean alérgicas, en condiciones normales, sufrirán una urticaria pero, el riesgo se dispara en el caso de personas que sean hipersensibles a este tipo de toxina. En cualquier caso, el problema surge con el contacto directo. En el caso de animales como los perros son aún más susceptibles porque su costumbre a rastrear multiplica la probabilidad a que les entre por la nariz y sufran graves problemas respiratorios.

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